La tristeza me invade.
Dejé de estudiar hace un año todo gracias a una pandemia llamada: covid-19; que fue detectada el 11 de marzo de 2020 y que vino a cambiarnos la vida algunos. Por fortuna, en ese año terminé mis estudios de preparatoria en línea, pero fue triste no tener fiesta de graduación y el despedirte de tus de amigos a los que jamás volverías a ver.
Los que enfermamos sabrán que la ansiedad no es la mejor compañía y que tu vida ha cambiado radicalmente. Que quedaron secuelas y ya no volverás a ser el mismo de antes.
Lo único que me mantenía viva del aburrimiento entre mis cuatro paredes de la habitación, eran las llamadas a altas horas de la madrugada con un chico que conocí en Facebook, y que sentía que ya lo había vivido antes, era como un: déjà vu.
Pero desde la última vez que hablamos, me volví fría y dura de carácter.
¿Ven a esa que está a punto de entrar al gimnasio?
Esa chica rubia con los labios rojos, cuerpo moldeado que tiene unas piernas perfectas y un glúteo redondo, segura de sí misma y que llamó la atención de todos los hombres en el momento que entró, no soy yo. Ella se me acaba de adelantar para entrar.
Yo soy la que viene detrás de ella.
Si. Esa chica que trae una coleta y que cubre su cabello con una gorra negra Nike, una sudadera azul y un pants que son holgados, que más bien diría mi madre que parezco un chico cholo, pero con eso me siento segura. Esa soy yo.
Me llamo Zoé Cano, y esta es mi vida.