Déjà Vu

CAPÍTULO 2.

ZOÉ

18-octubre-2021

Anoche desconecté el Internet de mi celular para no escuchar la notificación de mensaje por si me respondía. Sabía que no me iba a poder resistir ante ese tintineo. Por eso lo hice. Pero tampoco pude dormir en toda la noche al pensar si me habrá contestado el mensaje y ya no me llegó. Quería que amaneciera ya para poder seguir hablando con él.

Esta mañana, me desperté a las 8:25 a.m., antes de que sonara mi despertador que estaba programado a las 8:40 a.m. Lo primero hice fue agarrar mi celular de mi buro y encendí el Internet para saber si así me había llegado el mensaje, pero mi estado de ánimo se vino abajo cuando vi que solo dejo en visto el mensaje. Lo más raro es que se había conectado hace 5 horas. Hice cuentas para saber cuál fue la última vez que se conectó, y según yo; fue a las 3 de la mañana.

Mis dedos ya estaban sobre el teclado de mi celular, listos para escribirle y desearle una excelente mañana, pero si él no me ha mandado, no tendría por qué hacerlo yo. Él fue el que me dejo en visto y si lo hacía yo; pensaría que estoy necesitada de tener una conversación con un chico.

«Tal vez no me ha mandado mensaje porque está ocupado.»

Salgo de esa cuenta y cambio por la mía. Dejo el celular sobre mi buro y me levanto de la cama para dejarla respirar, quitándole las cobijas y me voy directo al baño para lavarme mis dientes y hacerme un chongo rápido. Lo primero que hago después de salir; es dejar hecho mi cama y una vez hecho eso, tomo mi celular y salgo mi habitación. Hay un silencio absoluto mientras recorro el pasillo y desciendo las escaleras.

Voy directo a la cocina y en el refrigerador veo un pos-it que dice:

He ido hacer las compras para desayunar.

Abro el refrigerador para buscar el poco jugo de naranja que sobró anoche, pero no lo encuentro en el primer apartado; así que, me agacho más para buscar en el resto de los apartados y lo termino encontrando en la última fila hasta el fondo.

—¿Qué haces?

Antes que pudiera tomar nada, me hace sobresaltar esa voz familiar que hizo a que me pegara en la cabeza con la parte divisora del refrigerador/congelador.

Me levanto y giro para ver a Archie; que acaba de dejar una bolsa de comida sobre la barra del desayunador de la cocina.

No tenemos a nadie que nos haga las compras, y él ya se ha recuperado del COVID. Sin embargo, no tarda mucho en hacer las compras; debido a que yo estoy un poco enferma y por el bien de las personas que no lo están.

—No me hables al tiro —estoy sobándome mi coronilla—, que me espantaste y acabo de pegarme.

—Así tendrás tu conciencia —bromea, sirviéndose agua de una jarra que está en el desayunador.

Ese chico de cabello negro, alto y ojos cafés claros; es mi hermano. Me lleva 7 años de diferencia y congeniamos muy bien. Cosa que no es común entre los hermanos, y menos de distinto género.

—¿A qué hora saliste? —cierro el refrigerador—, que no te escuché.

Termina de pasarse el agua y contesta:

—Como 7:30 a.m. para poder llegar antes de que hubiera más gente —jala un taburete para sentarse, recarga sus antebrazos en la barra y entrelaza sus dedos—, pero sabes que la pequeña sucursal está a 8 cuadras de aquí, y es más tardado si me voy caminando y espero a que abran. Ya sabes cómo es esto.

—¿Has comprado lo necesario? —echo un vistazo a la bolsa.

—Obvio —se enorgullece—. ¿Y mi papá?

—No ha salido de la habitación —estoy sacando las cosas de la bolsa—, pero ten por seguro que cuando le llegue el olor del desayuno, saldrá de su escondite —me doy la vuelta para acomodar las cosas en la alacena.

—Como gus-gus de cenicienta, en busca de su queso —bromea, y nos empezamos a reír.

Ambos sabemos que mi padre es de buen comer y siempre andamos poniéndole apodos.

Se escucha que va bajando las escaleras, me giro para ver a mi hermano y ambos nos quedamos mirando sorprendidos de que haya salido de su escondite antes de que empezara hacer el desayuno.

—Aquí viene gus-gus —murmura entre sonrisa Archie, para que no lo oiga mi padre.

—Ya te escuché —Demasiado tarde. Mi padre lo ha escuchado.

—Yo no dije nada, fue tu hija quien lo hizo —me señala y yo levanto la ceja, incrédula.

—Mientes —O tal vez no. Suelo ser yo quien más le pone apodos a mi padre, pero esta vez, no he sido yo—. Fuiste sido tú.

Suelta una risa que se delata.

Y al escucharla, me provoca risa. Es muy contagioso como se ríe que cualquier otra cosa. Desde que tengo uso de razón, mi hermano siempre ha sido muy feliz. No importa si está pasando por un mal momento. Él es más extrovertido. En comparación conmigo; soy más reservada y mi estado de ánimo se decae ante cualquier palabra que me digan los demás.

Nos quedamos en silencio cuando escuchamos el sonido de una llamada entrar al celular de mi padre.

—Es de un número desconocido que está intentado hacer una videollamada —menciona mi padre, agridulce al ver su celular.




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