Déjà Vu

CAPÍTULO 18.

AVISO: QUERIDOS LECTORES, ANTES DE EMPEZAR A LEER SE RECOMIENDA NO HACERLO, SOLO ES PRODUCTO DEL LIBRO. SI ALGUIEN LLEGÓ A PASARLO O INTENTARLO, SE RECOMIENDA NO SEGUIR LEYENDO, PERO SI CREES QUE PODRÁS, ENTONCES PUEDES SEGUIR.

Z

22-diciembre-2021

—¿Por qué no has ido al gimnasio? —preguntó mi padre mientras se saboreaba sus Hotcakes.

—¿No te da miedo comer todos esos Hotcakes y acumular grasa en tu cuerpo? —miré el plato de mi padre horrorizada solo de imaginarme las calorías que contenían.

—¿Cuáles todos esos? Si solo son 3. Además soy como el quetzal.

Imaginé el quetzal y no le encontré sentido.

—¿Cómo el quetzal?

—Si, porque toda la grasa se acumulará en mi pectoral —se toca su pecho, orgulloso.

—Papá, los quetzales son pechugones por naturaleza. No por grasa.

—Tú que sabes. Aunque fuera así, si que rimó. ¿No? —Puse los ojos en blanco, intentado no sonreír a su ilógica rima—. Pero no cambies de tema, dime ¿por qué no has ido al gimnasio?

Regresé la mirada a mi pan para cortar un pedazo y llevármelo a la boca mientras pensaba:

«Porque tendría que acercarme con ese odioso coach que se cree la gran cosa y tiene una sonrisa hermosa.»

Porque sí, para mi era un odioso coach que quería tener su ego muy alto. Y luego con esa estúpida sonrisa que a decir verdad era perfecta. Una sonrisa tan encantadora que atrapaba a cualquier chica. Jamás había visto tal sonrisa que... me daba envidia por quererla tener.

«Una desgracia fue el no poder ver el color de sus ojos debido a esos lentes que llevaba.»

Sacudí mi cabeza para borrar esos pensamientos. ¿Por qué querría ver el color de sus ojos? Pff, tanto desvelo me estaba consumiendo todas mis neuronas.

—Zo.

Reaccioné ante el llamado de mi padre.

—¿Qué?

—¿Qué si alguien quiso propasarse contigo? —se muestra serio ante tal pregunta.

Jaja, ¿propasarse conmigo? Si que mi padre tenía sentido del humor.

¿Quién querría propasarse conmigo? Sabiendo que soy terriblemente fea.

—No te preocupes, que nadie lo ha hecho. Solo... no quiero morir en las garras de las que miran a mi hermano y que creen soy su novia.

Mi padre me miró de reojo y solo elevo la comisuras de sus labios.

Ok, sí. Mentí, pero fue por una buena causa. Al menos en este gimnasio no quedaban viendo a mi hermano.

—Iré a lavarme los dientes. Pueda que vea a tu madre antes de irme a trabajar.

Mi madre había ido a sus chequeos ya que decía que le dolía la espalda y sus huesos. Mi padre le hubiera encantado acompañarla, pero no le agradó la idea que todos los gastos corrieran por cuenta de mi hermano.

Ojalá pudiera trabajar para ayudar. Me siento como una inútil e insuficiente sin poder hacer nada.

Ya han pasado casi dos meses desde lo que pasó con Jeric y sigo viendo su perfil. Maldiciéndolo por haberlo conocido. Mejor dicho, por haber sido tan tonta en creer que pasaría algo entre él y yo.

Deslicé sus fotos hasta que vi algo que bajó más mi autoestima.

Una chica hermosa; rubia de buen cuerpo y ojos verdes. Jeric la sostenía de su cadera mientras le daba un beso profundo.

Quería vengarme. Quería que el pasara por lo mismo que yo pasé. Que hubiera alguien que le dijera tantas cosas hermosas; haciendo que él se las creyera y cuando no pudiera dejar a la persona; esta le dijera que nadie se fijaría en su patético rostro como hombre.

Fastidiada, decidí apagar el celular.

La sensación de mi autoestima se incorporó en mi mente y cuerpo. Me sentí culpable por haber comido mi pan que sabrá dios, el panadero y el nutriólogo cuantas calorías tenía.

Subí tan rápido como pude a mi habitación para expulsar las calorías. Recogí mi cabello para ponerme de cuclillas frente al inodoro e introducir mis dedos al fondo de mi garganta. Cerré los ojos para recordar las escenas en las que me encontré con Jeric y así me fuera más fácil.

Escuché un chiflido por parte de mi padre que indica: "Ya me voy" o "Ya llegué". Siempre lo hace.

Acarició mi garganta por el dolor que me he ocasionado en estos últimos días. Lavo mis manos con jabón y pongo un poco de pasta sobre mi boca para el olor de vómito.

Vuelve a chiflar mi padre.

—¡Voy! —trato de gritar, pero el dolor de mi garganta no me permite hacerlo bien.

—Ya me voy, Zoé. Cuando llegué tu madre...

Escuché algunas voces y me quedé en silencio para escuchar de quien se trataba.

Era mi madre y mi hermano que habían llegado. Mi padre les preguntó como les había ido y su platica se redujo. Eso me hizo ponerme en alerta de que tal vez algo no andaba bien.

Quería bajar rápido para saber de que se trataba, pero mis ojos hinchados ya estaban debido al esfuerzo que hice. Así que tuve que aguantarme.

Después de un par de minutos, mi madre preguntó:

—Zoé, ¿por qué no has recogido aquí?

—¡Voy!

El dolor de garganta seguía ahí. No hice mucho caso porque sabía que tarde o temprano se me quitaría. Como otras veces.

Bajé para ver a mi madre.

—¿Qué tal les fue? ¿Qué te dijo el doctor? —seguí acariciando mi garganta sin que fuera tan obvio.

—Solo son secuelas que me quedaron. Ahora ya no me puede pegar el frío y tengo que cuidarme para no enfermar de gripe o tos.

—¿Por eso te duelen los huesos de los pies?'—carraspee para mejorar mi habla, pero el hacerlo me dolía.

—Mamá, tienes que decirle.

¿Acaso había algo mas grave?

Archie se volvió a mí, serio.

—Le sacaron una placa y ahí detectaron que tiene un pulmón afectado. Eso les sorprendió a los doctores porque... —fijó su mirada en mi madre.

—¿Por qué, qué? —forme una pequeña line en mi entrecejo.

—Era para que muriera.

Un sabor amargo se instala en mi paladar y en el bombeo de mi corazón se siente un cosquilleo inquietante. Esto me ha dejado sin palabras. Lo terrible es que me imaginé que hubiera pasado si ella hubiera muerto.




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