El Silencio Después de la Tormenta
Escribir estas páginas no fue un ejercicio de nostalgia; fue un acto de supervivencia.
A veces me preguntan si valió la pena. Si volvería a cruzar aquella calle para saludar a Lia
aquel primer día, sabiendo que el camino terminaba en un campo de espinas. La respuesta
no es simple, porque el amor —incluso el que nos destruye— es el maestro más implacable
que existe.
Cuatro años y medio no son un suspiro. Son mil amaneceres intentando rescatar a alguien
que ya no quería ser rescatado, y mil noches perdiendo pedazos de mi propia esencia en el
intento. Hoy, al cerrar este relato, comprendo que el "Del Amor al Dolor" no es solo el que el
otro nos da; es también el que nosotros permitimos que nos habite cuando dejamos de
escuchar nuestra propia intuición.
Me quedo con las ruinas, sí, pero sobre ellas he vuelto a construir. Aprendí que la pasión
sin principios es un incendio, y que la entrega sin límites es una condena.