El 24 de septiembre de 1992, una chica llamada Daniela fue transferida a un nuevo instituto en Nueva York, ya que sus padres decidieron mudarse por motivos de trabajo. El primer día de clases, Daniela estaba tan nerviosa que las manos le temblaban debajo de su suéter. Al ingresar, se presentó ante todos sus compañeros; varios de ellos quedaron fascinados por su belleza: era una chica bajita, esbelta, de ojos azules y piel blanca. Todos la recibieron cordialmente.
Las primeras horas transcurrieron muy bien. Al llegar el recreo, como era su primer día y aún no tenía amigos, decidió salir a conocer el instituto. Mientras recorría cada pasillo, se quedaba admirada de lo grande que era su nuevo establecimiento. Al caminar, se encontró con otro chico nuevo llamado Andrés. Ella se acercó a él y conversaron largo rato; ambos descubrieron que iban en el mismo salón y que tenían gustos muy parecidos. Se hicieron amigos y se llevaban de maravilla.
Un año después, ya se tenían tanta confianza que incluso compartían tiempo y espacio sin reservas. Pero un día, mientras almorzaban, un chico llamado Lucas se acercó con un ramo de flores y le declaró su amor a Daniela, pero ella lo rechazó. Andrés vio todo: al ver que Daniela lo rechazaba, esbozó una sonrisa de satisfacción. Cuando ella terminó de hablar con Lucas y volvió con él, Andrés le preguntó por qué lo había rechazado. Ella respondió:
—Porque aún no estoy lista para eso.
Él dijo:
—Pensé que sería por otra razón.
Ella se acercó y le preguntó:
—¿Por qué otra razón?
Pero él ya no le contestó y cambió el tema de conversación, como si nada hubiera pasado.
Más tarde, cuando terminaron las clases, Andrés acompañó a Daniela hasta su casa. Durante el camino hubo un silencio no incómodo, sino cálido. Al llegar a la puerta, Andrés se despidió:
—Nos vemos en clase.
—Adiós —respondió ella.
Se despidieron con un beso en la mejilla, algo muy normal en su amistad.
Ya en casa, al saludar a sus padres, su madre le dijo:
—Daniela, ve a cenar.
Ella contestó:
—Ya voy, mamá.
Mientras cenaban, su madre agregó:
—Ese amigo tuyo, Andrés… lo vi cuando se despedía de ti. Es un buen chico, pero hay algo que no termina de convencerme.
Daniela defendió a su amigo:
—Mamá, son solo ideas tuyas. Él es muy bueno, amable y, al final, perfecto.
Su madre notó que su hija estaba enamorada de Andrés y no dijo nada más. Al día siguiente, Daniela llegó al instituto y Andrés ya la esperaba en la puerta con un ramo de flores. Ella se emocionó mucho al verlo; al acercarse, él le entregó el ramo y una tarjeta que decía: “Daniela, ¿quieres ser mi novia?”. Ella no pudo evitar sonreír y aceptó sin dudarlo: para ella, ese fue el mejor día de su vida.
Durante el recreo, caminaban tomados de la mano sin decir nada, hasta que Andrés habló:
—Daniela, sabes que te amo y que haré cualquier cosa con tal de demostrarte mi amor por ti.
Ella sonrió y respondió:
—Claro que lo sé, por eso yo también haré todo lo que sea por ti.
Andrés la miró con una sonrisa y le pidió:
—Entonces, quiero que cumplas algo: no hables con otros chicos que no sea yo, que no mires a nadie más y que todo tu tiempo y tus pensamientos sean solo para mí.
Daniela se sintió extraña, pero como nunca había tenido una relación, pensó que así era el amor y aceptó:
—Claro, Andrés. Desde hoy no hablaré con nadie más.
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Editado: 29.07.2026