No he dejado de pensar en las palabras de Alicia, ni siquiera durante las clases o el trabajo. Por lo menos esta vez tengo una excusa para no haber prestado atención en lugar de achacarlo al aburrimiento. En cualquier caso, mi amiga tiene razón, tengo que quitarme el miedo y decirle a Liv que me gusta… en algún momento. Poco a poco, que Roma no se construyó en un día.
Me doy una ducha rápida en cuanto llego a casa del trabajo. Carlos me mete prisa aporreando la puerta. Esto me pasa por no ponerme música, seguiría ahí, pero al menos no le oiría.
—¡Me estoy meando! —grita entre golpes—. ¡Déjame entrar! ¡Te prometo que no miro!
—¡Ya salgo! —chillo a modo de respuesta.
Me pongo el albornoz y con el pelo enroscado en la toalla salgo para cambiarme en mi habitación.
—Tú tardas más que yo—le digo al salir antes de que se encierre con urgencia en el baño.
Liv llegará en una hora, lo que me da el tiempo justo para pensar en qué ponerme, terminar de peinarme, asegurarme de que la casa está presentable y encontrar mi gorro navideño. Sí, debería haberlo previsto. Aunque puede que consiga hacerlo todo si convenzo a Carlos de que me ayude; Alicia llegará en cualquier momento de trabajar.
—¡Oye! ¿Puedo pedirte un favor de amigo? —le abordo en cuanto escucho la puerta abrirse. La cisterna todavía no ha dejado de tirar agua.
—Joder, ni mear uno tranquilo—comenta con una mano en el pecho por el susto—. ¿Todavía estás así? —Señala mi albornoz. Lo único que he hecho ha sido quitarme la toalla del pelo.
—Has hecho pis muy rápido—me excuso—. Necesito que me ayudes a encontrar mi gorro.
—¿Yo tengo que ayudarte a encontrarlo? —A juzgar por la mueca que está poniendo debe de pensar que estoy de broma.
—Bueno, no creo que quieras ayudarme a decidir qué me pongo o a peinarme. —Señalo lo que imagino que parecerá un nido de pájaros sobre mi cabeza.
—No, que por qué debo ayudarte con tus cosas—recalca ese «tus».
—Porque eres un buen amigo y estamos en Navidad—añado con alegría. Él se cruza de brazos.
—Todavía no es Navidad.
—Pero sí eres un buen amigo. —Resopla.
—Empiezo a arrepentirme de serlo—refunfuña entrando en mi habitación—. ¿Dónde lo viste por última vez?
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Que Carlos haya encontrado mi gorro sí que es un milagro navideño, estaba perdido en las profundidades del armario que Alicia y yo compartimos. Se merece que no me ría de su jersey, pero si él empieza a hacer chistes sobre que Papá Noel se me va a llevar como ayudante no puedo prometerlo. También creo que me lo busco yo sola por llevar un gorro de elfo. No quedaba otra cosa cuando lo compré.
—¡Ya estoy en casa! —anuncia Alicia sacando las llaves de la cerradura. Ha tardado más de lo habitual—. Y mirar con quién me he encontrado. —Se aparta un poco para dejar pasar a Liv.
—Que conste que no estaba planeado el coincidir—explica quitándose el abrigo; va de rojo. Lleva un vestido rojo y los labios pintados a juego.
«Elena, no infartes o arruinarás la tarde».
—Las dos hemos tenido la brillante idea de coger el bus—termina de aclarar pidiéndole el abrigo a Liv para dejarlo en la habitación—. Cinco minutos, mis cojones. Como mínimo han sido quince. Ni mi ex me mintió tanto.
—Ya deberías estar acostumbrada, no acabamos de llegar, precisamente—le chincha Carlos.
—¡La esperanza es lo último que se pierde! —le grita antes de meterse en el cuarto para cambiarse.
—Supongo que este es el famoso jersey—dice Liv señalando a mi amigo—. Me lo esperaba peor.
—Cómo me gusta tener a gente con buen gusto por aquí. —Se estira la prenda para que se vea mejor. Es de color verde y tiene en el centro la cara de Jack disfrazado de Papá Noel—. Aunque siento decirte que ir de rojo no cuenta como algo navideño.
—¿Y ahora? —pregunta sacando un gorro rojo y blanco de su bolso. Lleva una bolsa de plástico colgada de la muñeca.
Carlos nos mira y repite la acción un par de veces aguantándose la risa.
«Cabrón».
—No voy a hacer un chiste—comenta sacudiendo la cabeza—. Me voy a hacer las palomitas para que no me pueda la tentación.
—¿Necesitas ayuda? —inquiero esperanzada. No sé si voy a poder decirle a Liv algo coherente ahora mismo. No vestida así.
—No, tú hazle compañía a nuestra invitada. —Me guiña un ojo desde la puerta.
«Lo mato. Lo mato y lo entierro en las obras de Arco Sur».
—Supongo que tendré que llevarte conmigo—dice Liv de repente. Giro el cuello tan rápido que por un segundo temo haberme hecho daño—. Como llevas un gorro de elfo y yo de Papá Noel…
—¡Ah, ya! —me río nerviosa—. Ni que lo hubiéramos planeado.
—¡Estaría encantada de que la secuestrases! —exclama Carlos desde la cocina.
—¡Habías dicho que no ibas a hacer chistes! —le grito de vuelta. Es la excusa perfecta para girarme y que Liv no vea mi cara de vergüenza. Seguro que estoy más roja que su vestido.
—¡No lo era!
—¿Qué son esos gritos? —pregunta Alicia salvándome sin saberlo.
Nos mira y ella sí que se ríe. Las campanillas de su diadema de reno suenan con el movimiento de su risa.
—Será mejor que vayamos mirando el catálogo de Netflix—comenta sin dejar de reírse. El olor a palomitas recién hechas inunda la casa.
Nuestro salón no es especialmente grande y el sofá en el que pretendemos caber todos tampoco. Por suerte, tenemos un sillón que Carlos recogió de la basura y, según él, limpió perfectamente. En cualquier caso, será su culo el que se siente ahí.
—Qué arbolito más mono—dice mirando el pequeño árbol de Navidad que tenemos al lado de la tele. Junto con las guirnaldas del pasillo es todo lo que tenemos para decorar—. Debería regalarle a mi tío uno así para que la casa tenga algo de espíritu navideño.
—Mejor un jersey como el de Carlos—bromea Alicia—. Así, seguro que sale corriendo y puedes decorar como quieras.
—¿Cuántas veces tengo que decirlo? —pregunta el susodicho con dos cubos llenos de palomitas—. El jersey se respeta. Además, si su tío tiene tan buen gusto como su sobrina, le encantará. —Liv se ríe por lo bajo, creo que no sabe dónde meterse.