—Si no fuera porque sé que es imposible, pensaría que han robado El Pilar—dice Liv con las manos apoyadas sobre el pretil de piedra gris—. No se ve ni el río.
La niebla se ha tragado nuestras vistas, una mañana de invierno normal en Zaragoza. Donde suelen correr las aguas del Ebro–más o menos caudaloso según la época—ahora solo hay un borrón blanco que no parece tener fin. No se ven ni las siluetas de los edificios que hay al otro lado.
—Entre el cierzo que casi se me lleva el otro día y la niebla aquí es imposible ir bien peinado—bromea. Resisto el impulso de sacar mi móvil para comprobar cómo de encrespado tengo el pelo—. Entonces, ¿te vas esta tarde?
—A las cinco sale mi bus—contesto con un suspiro. Tengo ganas de volver a casa y ver a mi familia. Les echo mucho de menos—. Vuelvo el veintiséis por la mañana, pero quería verte antes de irme.
No nos hemos visto desde el domingo que hicimos la maratón de películas. Me he estado concentrando en estudiar para los exámenes que tengo a la vuelta de vacaciones y tratando de aclarar mis ideas respecto a Liv. A pesar de no haberle dicho lo que siento sí que noto un avance en nuestra… «¿Relación?». Por lo menos ahora sé que está abierta a encontrar el amor, que sea conmigo ya es otra cosa. Poco a poco.
—¿Le has pedido algo a los Reyes? —pregunta sonriente chocando su hombro con el mío.
—Aprobar todo—respondo de manera automática. No puedo decirle que he pedido algo de valor y suerte para decirle lo que siento—. ¿Y tú?
—Es un secreto—dice divertida—. Si te lo digo no me lo traerán.
—¡Eso es solo para los deseos!
—Prefiero no arriesgarme. —Ladea la cabeza para que sus ojos claros se encuentren con los míos.
—¿Seguro que estarás bien? —no puedo evitar preguntar con preocupación.
—He tenido navidades más solitarias—dice—. Estaré bien. Ceno con mi tío y me he ofrecido para trabajar en el bar ambos días. Al menos estaré rodeada de alegría.
—Y borrachos—añado. Ella ríe.
—Sobre todo borrachos. —Se separa del pretil para retomar la marcha hasta la parada de su autobús.
No puedo evitar preocuparme por ella. ¿Echará en falta a sus padres en estas fechas? Para mí es tan importante estar todos juntos que me cuesta concebir otra realidad, a pesar de que conozco a gente que odia juntarse en Navidad por diversos motivos.Tal vez ella esté bien así.
—Ya viene—anuncia al verlo parado en el semáforo—. Supongo que nos veremos a tu vuelta. Me gustaría quedar con Carlos y Alicia también, seguro que tienen alguna historia para contar.
—Eso ni lo dudes—digo sin dejar de mirarla.
Estamos una en frente de la otra, separadas por apenas un par de pasos. No obstante, por alguna razón parece que estemos mucho más lejos.
—Al final eres tú la que se marcha primero—comenta. Sus palabras parecen tener un mensaje oculto.
—Volveré en un par de días—le aseguro.
—Sí que lo harás—musita acercándose al autobús para subir—. Feliz Navidad, Elena.
—Feliz Navidad, Liv. —Las puertas se cierran con la sensación de que debería haber dicho algo más.
⛸️⛸️⛸️
Después de una hora viendo el mismo paisaje empieza a volverse monótono. Bueno, el mismo no, pero todos son muy parecidos. Odio los viajes en bus, sobre todo si voy sola, se me hacen tan aburridos… Esta es mi mayor motivación para querer sacarme el carné de conducir, algún día. Mis padres me dieron la opción de escoger: me pagaban la autoescuela o los estudios presenciales. Me gusta pensar que elegí bien. Si hubiese estudiado a distancia no hubiese conocido a gente tan maravillosa. El coche ya llegará.
Duermo durante todo lo que queda de trayecto con una lista de villancicos sonando por mis auriculares. En cuanto el autobús para, me abro paso hasta la salida con la mochila—el único equipaje que llevo—colgando de mi hombro. Mis padres me esperan con los brazos abiertos junto a la puerta de la estación. En el momento que los abrazo soy consciente de cuánto los he echado de menos.
—¿Qué tal el viaje? —me pregunta mi madre mientras vamos hacia el coche. Lleva el pelo más largo que yo y parece que ha abandonado su habitual castaño oscuro por un tono más claro. La hace parecer más joven.
—Bien, aburrido—contesto metiendo las manos en los bolsillos del abrigo.
—Siempre dices lo mismo—apunta mi padre. A diferencia de mi madre, él ha decidido raparse el poco pelo moreno que le quedaba. Unos meses sin verles y casi no los reconozco. ¿Les pasará lo mismo conmigo? Yo no veo que haya cambiado tanto.
—Dejaré de decirlo el día que tenga coche—bromeo abriendo la puerta.
Mi padre me dedica una mirada que dice «ya puedes empezar a ahorrar». Podría decirse que no estaba muy de acuerdo con la decisión que tomé, adora a mis amigos y no puede quejarse de mis notas, pero eso no impide que me lo recuerde de vez en cuando.
Volver a casa se parece al abrazo de un ser querido al que hace mucho que no ves; no eres consciente de lo mucho que lo has extrañado hasta que lo tienes delante. Por lo menos, todo sigue igual que la última vez, los mismos muebles, la misma decoración… Por algún motivo, me tranquiliza saber que las cosas no han cambiado demasiado durante mi ausencia. Sí, no gestiono demasiado bien los cambios. Otra cosa que debo trabajar el día que decida ir a terapia.
No soporto la sensación de suciedad tras un viaje, así que, me doy una ducha rápida y me dejo caer sobre mi vieja cama durante unos minutos antes de reunirme con mis padres en el salón. Todavía tenemos un rato antes de empezar a prepararnos para ir a casa de mis tíos. Me muero por ver a todos de nuevo.
—¿Qué tal están tus compañeros de piso? Hace mucho que no les vemos—pregunta mi madre desde el sofá. Me siento a su lado.
—Tan liados como yo con la uni, pero bien—abrevio—. Hoy han vuelto a casa.
—¿Carlos sigue siendo tan…? —inquiere mi padre tratando de buscar las palabras correctas.
—¿Carlos? —termino por él—. Sí, sigue en su línea. De hecho, creo que uno de sus propósitos de año nuevo es volverse un poco más excéntrico. Está pensando en teñirse y todo. —Mi padre sacude la cabeza.