Del hielo a la barra

Capítulo 9

Hay regalos debajo del árbol, están envueltos con papel de color rojo y estrellitas doradas. Hay pocas cosas que me hagan sentir como una niña, pero la mañana de Navidad es una de ellas. No es por los regalos en sí, sino por la emoción de desenvolverlos, de verlos bajo el árbol esperando a que les pongamos las manos encima.

—Has debido de portarte muy bien si Papá Noel te ha dejado algo—dice mi padre dándome el suyo. Es blando, así que será ropa.

—Yo siempre me porto bien—argumento rajando el papel. Su mirada indica que no se lo cree. Y eso que no sabe cómo llego a casa tras una buena fiesta.

Doy un pequeño bote al descubrir el contenido. Es la sudadera de la que llevo encaprichada todo el año y que no me había comprado porque… bueno, no se puede tener todo.

—¡Muchísimas gracias! —exclamo abrazándolos—. Abrid el mío. —Tiene forma cuadrada y es duro al tacto.

—¿Es una indirecta para que hagamos más cosas juntos? —pregunta mi madre mirando la caja de experiencias—. ¿Una escapada a una casa rural?

—Lleváis años diciendo que os gustaría hacerlo, pero nunca os animáis—explico encogiéndome de hombros—. Ya no tenéis excusa.

Mi padre finge tomárselo como una especie de soborno y tras intercambiar sus propios regalos nos metemos en la cocina toda la mañana para preparar la comida. Mi madre es la que sabe cocinar, se ocupa de los platos fuertes mientras nosotros intentamos estorbar lo menos posible bajo sus órdenes. A pesar del estrés, siempre resulta divertido.

No somos conscientes de lo rápido que ha pasado el tiempo hasta que el telefonillo suena de repente. La persona que espera abajo me responde con un típico «yo» y le abro sin pensármelo dos veces. A juzgar por la voz diría que es mi abuelo. Segundos después, el «yo» se convierte en un «nosotros» y al abrir la puerta todo sucede igual que ayer, abrazos, preguntas… Hasta que interrumpo lo que parece ser la continuación de una discusión que se ha alargado más de lo que debería.

—¡Prima, vamos a poner la mesa! —exclamo enhebrando mi brazo con el suyo—. Os la robo un rato que hace mucho que no nos vemos. Hay que ponerse al día.

Mis tíos no dicen nada, se limitan a echarle una mirada que dice «hablamos después». Mis padres me dedicaron muchas de esas durante mi adolescencia, la conozco demasiado bien.

—Gracias—me dice María por lo bajo. Tiene dieciséis años, pero me saca media cabeza. He debido de sacar los genes de la familia paterna.

—Nada, para eso están las primas—aseguro sacando las copas del armario—. ¿Quieres hablar de lo que ha pasado o prefieres que lo adivine?

—Lo de siempre, que son unos pesados—contesta colocando las servilletas. Las nuestras no son tan navideñas como las de mis tíos—. Mis amigos me han dicho de quedar luego y no me dejan.

—Bueno, a mí me gustaría que te quedaras porque ahora no nos vemos nunca, pero como yo también prefería quedar con mis amigos a estar con la familia cuando tenía tu edad, puedo entenderlo. Te ayudaré a convencerlos si es lo que quieres —Mi prima asiente con lentitud. Por lo menos se lo está pensando.

—Qué servilletas más tristes—comenta mi tío Roberto levantando cuadrado de papel blanco—. El espíritu navideño acaba de morir.

—Son del color de la nieve—defiendo lo indefendible.

—Son aburridas.

—Culpa a mis padres. —Me encojo de hombros—. Cuando hicieron la lista de la compra olvidaron apuntar «servilletas navideñas».

—¿De verdad estás criticando otra vez el trozo de papel con el que te limpias la boca? —inquiere mi otro tío barra novio con el que lleva desde que nací.

Habrá gente a la que le parezca una tontería, pero crecer en una pareja del mismo género en la familia me ayudó a descubrir mi propia orientación sin demasiados dramas ni salidas del armario incómodas o traumáticas. Fue todo natural, como debe ser.

—Mejor criticar las servilletas que la comida—argumenta levantando las manos a modo de rendición—. Es menos peligroso.

—Si lo haces mi madre te matará y ni siquiera tu hermano podrá salvarte—concuerdo. No lleva nada bien que se metan con su cocina.

—¿Qué tal llevas los exámenes? —se interesa. Suelto un suspiro pesado.

—En principio bien, aunque no veo el momento de quitármelos de encima. —Saco la cubertería.

—Me pasa, mis profes nos han dejado dos exámenes para la vuelta y unos treinta ejercicios de cada asignatura—se queja María ayudándome con los cubiertos—. Ellos descansarán, a nosotros que nos jodan.

—Esa boca—le reprocha nuestro tío en broma—. Si hablas así Los Reyes no te van a traer nada. —Mi prima le hace una mueca de burla.

⛸️⛸️⛸️

El plato estrella de mi madre es el cochinillo, le sale buenísimo. Y a juzgar por cómo todo el mundo está devorando su plato… Deben de pensar igual. He intentado replicarlo decenas de veces, pero por mucho que siga la receta al pie de la letra nunca me queda igual. Tiene que ser algún súperpoder de madre o sus genes segovianos.

—Dinos, Elena, ¿hay alguna chica especial en tu vida? —pregunta mi tía separando la carne de los huesos. Casi me atraganto con el vino. Tal vez sea una señal para que lo deje.

—Bueno… es complicado—respondo dubitativa. No me apetece demasiado hablar de esto en la comida de Navidad. No otra vez.

—No le metas prisa a la chica que todavía es muy joven—interviene mi abuelo con seriedad—. Mirad lo que pasó con la última, por correr.

—¡Es verdad! No me acordaba—exclama la mujer—. ¿Cómo se llamaba?

—Daniela—respondo más cortante de lo que pretendía. No quiero hablar de mi ex.

—Eso. No te merecía. —Sacude la cabeza—. Además, ¿qué clase de nombre es ese?

—Es un nombre normal—murmuro.

Debería decir algo. Debería decir que no quiero hablar de ello, pero no quiero estropear el ambiente. Si Alicia estuviera aquí me echaría la bronca por no marcar límites.

—Igual este tema no es el mejor… —Mi tío Roberto intenta cambiar de conversación.



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En el texto hay: navidad, romcom, sáficas

Editado: 14.01.2026

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