Lo primero que hago al llegar a casa es abrazar a mis amigos, a Alicia más bien, porque algo me dice que Carlos debe de estar convaleciente en la cama.
—¡Feliz Navidad en persona! —exclama estrangulándome.
—¡Feliz Navidad! —consigo responder con el poco aire que me queda—. No es por nada, pero me gustaría llegar a Nochevieja.
—¡Uy! Perdona—dice soltándome—. Te he echado de menos.
—Han sido solo dos días—le recuerdo llenando de aire mis pulmones.
—Sí, dos días que he pasado con mi familia—argumenta cruzándose de brazos.
La familia de Alicia es un poco… ¿Cómo decirlo de manera suave? «Criticona». Sí, esa sería la palabra.
—Me han preguntado cuatro veces que qué me he hecho en el pelo, si estoy comiendo bien porque me han visto más gorda y si pienso en algún momento cambiar de carrera a otra con más salidas. Eso solo en dos días. —Se encorva para apoyar su frente sobre mi hombro—. ¿Tú qué tal? ¿Te han dado mucha guerra?
—¿A mí? ¡No! —ironizo—. No tanta como a ti, al menos. Mis primos pequeños piensan que tengo novia, mi abuela me dio un discurso sobre las relaciones y mi familia paterna nos martirizó tanto a mi prima como a mí con una tesis sobre corazones rotos y la importancia de seguir estudiando, pero me lo he pasado muy bien.
Alicia me mira con una expresión indescifrable.
—También he decidido decirle a Liv lo que siento—añado como quien no quiere la cosa. Los ojos de mi amiga se abren.
—¿Cómo? —formula antes de salir corriendo hacia la habitación de nuestro amigo—. ¡Carlos! A Elena le pasa algo. Creo que nos la han cambiado por otra.
—No grites, que me duele la cabeza—protesta tapándose con la almohada.
—¿Todavía tienes resaca? —pregunto ignorando los comentarios previos de mi amiga.
—Como para no tenerla, me mandó un audio borracho a las once de la noche. —Alicia consigue quitarle la almohada de la cara.
—Mi primo de dieciocho años bebió más que yo y ha amanecido mejor—se queja—. Me estoy haciendo mayor.
—Deja de dramatizar—dice dándole un golpe con la almohada—. Espabila y escucha, Elena va a declararse.
—¿Cómo? —Se reincorpora tan rápido que por un momento dudo que su dolor de cabeza sea real—. ¿He oído bien o la resaca me está afectando a la audición?
«Serán cabrones. Debería cambiar de amigos».
—Has oído bien. Es un milagro navideño—bromea mirándome—. ¿A qué se debe ese repentino ataque de valentía?
—Pues… Quizá se deba a los constantes discursos que me habéis dado todos acerca de cómo me arrepentiré toda mi vida si no se lo digo y sobre mi miedo a que vuelvan a hacerme daño si empiezo una relación con alguien—resumo dejándome caer sobre la cama. Carlos suelta un quejido—. Tenéis razón, todos. Así que, he decido hacer lo más maduro.
—¿Ir a terapia?
—Decírselo para que me rompa el corazón ahora y no cuando me haya enamorado perdidamente de ella—respondo sin asimilar las palabras previas—. ¿Creéis que debería ir a terapia?
—Sí—dice Alicia.
—Por supuesto—concuerda Carlos más despejado de lo que debería—. Que quieras decirle que te gusta para que te rompa el corazón es un buen indicador de que tu cabecica no está nada bien.
—¿Tú no tenías resaca? —Le quito la almohada a Alicia para pegarle yo.
—Estoy con él, Elena—afirma con voz suave—. Ese miedo que tienes, perfectamente justificado, te está impidiendo ser feliz del todo. Además, si sigues dejando que te controle perderás la oportunidad de dejar entrar a gente que podría aportarte muchas cosas buenas, como Liv. Le gustas de verdad y vas a perderla por escuchar al miedo. —Me da un apretón el brazo—. Piénsatelo, ¿vale?
⛸️⛸️⛸️
Liv me abraza en cuanto me ve. Se ha escondido en la primera esquina que ha encontrado para evitar al cierzo que arrasa la calle principal; tiene el pelo completamente despeinado a pesar del gorro.
—Feliz Navidad—dice sonriente.
—Ya nos hemos felicitado las fiestas dos veces—contesto nerviosa—, pero Feliz Navidad.
—Las felicitaciones nunca sobran—argumenta peinándose el desastre que se imagina que debe de ser su pelo—. ¿Vamos a algún sitio cerrado? Casi salgo volando. —Asiento.
Entramos en la cafetería más cercana. El barullo de la gente dificulta la conversación que quiero mantener. No obstante, también nos da la intimidad de no ser escuchadas por los demás.
—¿Qué tal fue la vuelta a casa? —pregunta interesada sujetando el café para calentarse las manos.
—Genial, hacía casi un año que no los veía—contesto con una sonrisa sincera—. La última vez que estuve no pude ver a todos. Casi no reconozco a mis primos pequeños, han crecido tanto… ¿Por qué crecen tan rápido los niños?
—¿Quién sabe? Igual para que no vuelvan locos a sus padres—responde encogiéndose de hombros—. ¿Quieres tener hijos?
Me atraganto con mi bebida.
—¿Estás bien? —inquiere preocupada.
—Sí—digo entre toses—. Se me ha ido por el otro lado. ¿Qué decías?
—Que si te gustaría tener hijos—repite pasándome una servilleta—. Como estábamos hablando de niños…
—Pues… Sí, ¿no? —dudo—. No sé. No lo descarto, pero ahora mismo no puedo tenerlo claro. ¿Tú? —Con cuidado doy un trago a mi refresco.
—Pienso igual. —Bebe café—. Me alegra que pasaras una buena Navidad, aunque extrañé no veros por el bar.
—No te preocupes, en nada nos tendrás allí dando por culo otra vez—bromeo sin poder deshacerme de los nervios—. ¿Qué tal fue la tuya?
—Mejor de lo que esperaba, la verdad—dice—. Me dejó poner unas luces que compré en el salón, me regaló una bolsa nueva para los patines y me estuvo contando anécdotas familiares.
Sonrío sin dejar de mirarla. Parece más feliz, más animada que el otro día cuando me habló de su familia. Me alegro por ella.
—También sucedió algo… inesperado—comienza a decir y mi corazón vuelve a acelerarse—. Es lo que te dije ayer que quería contarte.
—Yo también tengo que decirte algo. —Consigo que no me tiemble la voz—. Tú primero.