Carlos y Alicia no tardan en preguntarme nada más verme entrar por la puerta. Están sentados en el sofá con los apuntes en la mano y una cara de querer cotillear que no pueden con ella.
—¿Se lo has dicho? —interroga mi amiga.
Me dejo caer a su lado y apoyo la cabeza sobre su hombro.
—No—musito—. No ha sido por miedo, sino porque no me parecía lo correcto ahora mismo.
—¿Qué ha pasado? —pregunta Carlos preocupado. Se me hace raro verle así.
—Sus padres le han pedido que se vaya a Madrid para hacer las paces—resumo sin moverme—. No puedo pedirle que se quede aquí mientras estudia o encuentra trabajo de entrenadora. Teníais razón, he estado buscando excusas y complicándolo todo por miedo decírselo y ahora ya es tarde.
—¿Ha dicho que se va? —quiere saber Alicia. Despego la cabeza de su hombro.
—Se lo está pensando, pero yo le he dicho que se vaya. Es lo mejor, no quiero ponerla en la tesitura de tener que elegir.
—Igual ella no piensa así—sugiere Carlos. Ha dejado los apuntes a un lado para escucharme atentamente.
—Son sus padres—digo—. Cuando me habló de ellos y de cómo le hubiese gustado tener una infancia «normal» se le notaba que en el fondo le gustaría arreglar las cosas. Ahora tiene la oportunidad de hacerlo.
—¿Estás segura? —pregunta Alicia con tono suave.
—No sé. —Me encojo de hombros—. Si el destino quiere nos volveremos a encontrar.
—Y ahora se nos pone romántica—bromea Carlos tirándome una pelota de papel—. Solo medita bien tu decisión para no arrepentirte después, ¿vale?
⛸️⛸️⛸️
Preparar la cena de Nochevieja siempre es estresante, aunque sea con amigos. Bueno, lo es si eres una persona que se estresa hasta para decidir el color de las servilletas—como yo—y tienes como ayudante a alguien que lo soluciona todo diciendo «pues ponemos otra cosa». Tampoco ayuda que vaya a venir la chica de la que estás completamente pillada a pesar de que has asumido que por su bien no vas a decirle nada. Sí, va a ser un comienzo de año tranquilito.
—Elena, tienes que relajarte—suelta cansado de verme dar vueltas por la cocina.
—Carlos, no te lo he dicho una, ni dos veces, han sido muchas más—respondo tensa—. Jamás le digas a una mujer que se relaje cuando está alterada. Así solo firmas tu sentencia de muerte.
—Si eso significa dejar de verte desquiciándote por una cena la recibo con los brazos abiertos—contesta haciendo el gesto para darle dramatismo. Le doy un manotazo en el brazo.
—Es la primera vez que alguien viene a cenar, tiene que salir perfecto—argumento nerviosa. Creo que he levantado cuatro veces el mismo plato.
—Tú sabes que el objetivo en Nochevieja es llegar vivo a las uvas y no asfixiarte con ellas, ¿verdad? —Me quita el plato de las manos—. Si lo consigues, significa que la noche ha sido un éxito.
Quiero a Carlos, pero en momentos como este lo mataría con mis manos si no fuera porque, al final, siempre termina ayudándome a recuperar la calma. Entre los dos conseguimos preparar la cena—a excepción del pollo que lo hemos comprado hecho junto con lo que vaya a traer Liv—y ponemos la mesa con Last Christmas sonando en mi móvil.
—¿En serio vamos a utilizar servilletas navideñas teniendo un maravilloso papel de cocina que hace la misma función? —pregunta mientras coloca los cubiertos sobre las mismas. Son rojas con copos de nieve.
—No seas cutre. Es la última noche del año, vamos a terminarla bien.
—Oye, el papel puede ser también muy navideño si le echas un poco de imaginación. —Se encoge de hombros—. Es blanco como la nieve. —Sacudo la cabeza.
—¿Tú también piensas que me estoy equivocando?
—¿Con las servilletas? Desde luego. —Le dedico una mirada—. No lo sé, Elena, nunca he estado en tu situación, pero si yo fuera Liv querría saberlo. Al menos así podría decidir. —Asiento.
El sonido de las llaves en la cerradura impide que diga algo más.
—¡Ya estamos aquí! —anuncia Alicia con Liv entrando detrás de ella—. Ya pensaba que no llegaba por culpa de un gilipollas que no entendía por qué cerrábamos antes hoy. ¿Todavía no os habéis vestido?
—A mí solo me queda ponerme el jersey—dice Carlos acercándose a saludar.
—El día que te mueras te enterrarán con el maldito jersey—bromea nuestra amiga dejando las bolsas que ambas traen en la cocina.
—Por favor. —Se pone el maldito jersey que al parecer había dejado sobre su sillón—. Yo ya estoy, por una vez no soy el último.
Liv y yo nos saludamos con la mirada. Para ella nada ha cambiado, pero para mí… Solo pienso en que debería mantener un poco las distancias para que su decisión de marcharse sea más fácil. Aunque tampoco quiero que lo note para que no se haga ideas equivocadas. Estoy hecha un lío.
—Vamos a terminar de prepararnos—me salva Alicia tirando de mí hacia nuestro cuarto—. Ahora venimos, Liv. Carlos—lo mira—, no la espantes.
—Tranquila, no saldré corriendo—contesta ella. Por cómo me mira, tengo la sensación de que no se refería a nuestro amigo. Carlos se indigna.
Alicia le pide el abrigo a Liv para dejarlo en el cuarto. Lleva un top negro de lentejuelas y unos pantalones encerados del mismo color. Ahora soy yo la que tira de Alicia antes de que se me olvide respirar.
—Pues la noche pinta divertida—bromea tras cerrar la puerta—. Va muy guapa.
—No me lo recuerdes—farfullo abriendo el armario para cambiarme la camiseta—. Si ves que no respiro o digo algo estúpido me pegas una patada por debajo de la mesa. —Ella se ríe.
—No me lo digas dos veces, pero me temo que empezarás el año coja. —Le tiro la camiseta que me acabo de quitar.
Liv se acerca a mí en cuanto salimos de la habitación; lleva una copa de vino en la mano.
—¡Hey! Qué guapa vas.
—Gracias—formulo—. Tú también. —Alicia me da un pequeño codazo al pasar. —Me alegra que hayas venido.
—No me lo perdería por nada del mundo. —Sonríe—. ¿Os ayudo con los platos? —inquiere señalando la cocina.