¿Cómo evitar lo inevitable? Manotazos de ahogado. Solo eran manotazos de ahogado: el psicólogo, los amigos interesados, las palabras que no alcanzaban... Todo indicaba que su lucha se limitaba a una sola cosa: no volver a caer en la oscuridad. Resistir. Aguantar. Pero algo nuevo comenzaba a manifestarse.
Susana ya no tenía medios ni fuerzas. Estaba resignada, bajó los brazos. Decidida a buscar una solución y a priorizar a sus hijos, tomó distancia de Antonio.
La soledad fue despojando a Antonio de su egocentrismo y de su narcisismo, dejándolo acompañado únicamente por un orgullo tonto; ese orgullo que no permite ver la realidad, el que engaña, miente e impide crecer. En ese aislamiento, comenzó a reflexionar. ¿Dónde había quedado ese niño que seguía el ejemplo de sus padres? ¿Dónde el adolescente líder, rodeado de amigos? ¿Dónde el Antonio responsable, digno, lleno de vida? Todo eso parecía un recuerdo cada vez más lejano.
¿Cómo había llegado a ese punto? ¿Cómo la soledad lo había vuelto tan indefenso, vulnerable y desganado?
Y entonces apareció una nueva característica, una nueva patología: la depresión. Solo, vulnerable, angustiado y ahogado nuevamente en su enfermedad, cayó en un pozo profundo. Con el paso del tiempo, la dolencia fue mutando, mostrando distintos matices. Lo que había comenzado como una seducción engañosa se transformó en una luz oscura que lo arrastró hacia el fondo. Aquello que alguna vez resultó atractivo terminó siendo una venganza letal, llevándolo a estar cara a cara con la muerte.
Ahora, la depresión y la innombrable ya no ocupaban el lugar de una relación estable. Ya no era su novia; era su amante. Sabía que lo tenía a su merced, pero desde otra posición.
Antonio era consciente de algo fundamental: no podía permitirse volver a estar parado al borde. No podía regresar al umbral. Comenzó a imponerse límites difíciles, casi imposibles de respetar. Solo, encerrado en una habitación frente a su computadora, mataba el tiempo haciendo nada. Y nada surgía de la nada misma. Su creatividad y su capacidad para idear y planificar proyectos seguían intactas, pero habían perdido el sentido. Eran fantasías, proyectos vacíos; tan vacíos como su propio interior. El vacío existencial marcaba esta nueva etapa. Depresión. Lejanía. Falta de motivación.
¿Qué camino tomar?
Antonio hace una pausa. Frente a él, ve a sus sobrinos. Se les queda mirando con los ojos tristes, desconsolados. Cómo pasó el tiempo. El tiempo pasó y no perdonó. Pasó... y no piensa volver.
Todo se había vuelto insostenible. No fue un estallido, ni una crisis visible. Fue un clic. Un simple clic que lo llevó a tomar una decisión. Las noches de soledad, la desesperación, la espera de algo que no llegaba... Nada ocurría, nada cambiaba. Había una sola acción posible, una sola determinación que debía tomar. No hacia afuera, sino hacia adentro: la decisión de hacer algo por él, de buscar reparar el daño emocional, de dejar de resistir y empezar a hacerse cargo.
El vacío existencial lo hacía sentirse más solo que nunca. Y por primera vez, entendió. No podía seguir así. Antonio no volvió a su habitación, signada por la oscuridad y por una energía que ahora se lo impide.