Antonio tomó la decisión de internarse. Su familia lo apoyó; Isabel también. No fue un acto impulsivo; fue una decisión madura, nacida del cansancio más profundo y de la conciencia plena de que ya no podía seguir solo.
Sin embargo, tuvo la mala fortuna de caer en una institución donde corría más riesgos que estando en la calle. El psiquiatra a cargo lo medicó de tal manera que Antonio dejó de responder a los estímulos. La medicación lo apagó por completo, transformándolo en un paciente ausente, desconectado, sin ningún tipo de reacción.
Pero un grave error del lugar terminó de encender las alarmas de su familia. Cada vez que Antonio quería comer algo en particular, el staff de la clínica se comunicaba con ellos para pedir dinero y realizar la compra. Aprovechándose de esa mecánica, uno de los operadores llamó para avisar que Antonio había pedido una tabla de quesos.
La familia acudió de inmediato, pero con una sospecha clavada en el pecho: había algo que no cerraba. Antonio no come queso. Jamás le gustó ningún tipo de queso. Ese pequeño detalle fue suficiente para comprender que todo estaba mal.
Al llegar a la institución, lo encontraron en un estado deplorable: inconsciente, totalmente ido, incapaz siquiera de recordar su propio nombre. Su familia, sin dudarlo, lo rescató de ese infierno. La situación era mucho más grave de lo que habían imaginado, pero había que seguir adelante.
Así fue como llegó a la Fundación de Hudson, donde comenzó un proceso completamente distinto. Allí se corrigieron los graves errores cometidos en la institución anterior y se realizaron las denuncias correspondientes por mala praxis; con el tiempo, aquel lugar de horror terminó clausurado y sus responsables debieron enfrentarse a la justicia.
En la Fundación de Hudson, Antonio empezó a recuperar su vida. Recuperó sus valores, su sentido de la responsabilidad y su conciencia. Aprendió a distinguir lo que estaba bien de lo que estaba mal y, por primera vez, obtuvo algo fundamental: la verdadera conciencia de enfermedad.
Estudió, se capacitó y se preparó para trabajar dentro de la misma institución, ayudando a otras personas a cambiar sus vidas. Con el tiempo, fue convocado formalmente para formar parte del equipo de trabajo. Antonio al fin se sentía pleno, digno y entero. La vida le había regalado una nueva oportunidad para recuperarse y superarse.
Este es su testimonio vivo. La historia de un hombre que lucha día a día contra una enfermedad a la que no se le puede dar un solo respiro.