Era momento de romper la burbuja.
Salir de la pecera.
Enfrentar la vida real.
Y enfrentar los miedos.
Alejandro armó su currículum y comenzó la búsqueda de trabajo.
La oportunidad no tardó en aparecer.
Consiguió empleo en una empresa importante y reconocida de Buenos Aires.
Eso lo motivó.
Despertó nuevamente su ambición.
Y supo aprovechar el momento.
La enfermedad seguía presente, pero había aprendido a construir hábitos.
Sostenía su vida con responsabilidad en el trabajo y conducta en el hogar.
Aun así, la soledad seguía siendo un territorio peligroso.
Un espacio donde la innombrable continuaba acechando.
Con el tiempo tuvo la posibilidad de poner a prueba sus capacidades.
La empresa le ofreció una promoción.
Superó la primera entrevista.
En la segunda instancia obtuvo 96 puntos sobre 100.
Un resultado sobresaliente.
Pero la tercera prueba lo enfrentó a un límite que siempre había ocultado.
Debía agrupar fichas de colores.
Y allí quedó expuesto.
Alejandro era daltónico.
Confundió los colores.
Cometió errores.
La promoción se desvaneció.
Eligió no insistir.
Ese cargo implicaba una responsabilidad que, bajo esa limitación, podía resultar riesgosa.
Continuó trabajando en su puesto y con el tiempo llegó a convertirse en supervisor de sector.
El cargo más alto al que realmente podía aspirar.
Tiempo después, la empresa entró en convocatoria y terminó cerrando.
Alejandro volvió a quedarse sin trabajo.
Pero esta vez no fue un golpe devastador.
Se sentía capaz.
Preparado.
Un vecino y amigo le ofreció empleo, confiando en su responsabilidad y en su compromiso.
Y aceptó.
Fue entonces cuando Isabel volvió a aparecer en su vida.
Habían sido compañeros en la secundaria.
Nunca imaginó que ella terminaría convirtiéndose en alguien fundamental.
Se reencontraron.
Hablaron.
E Isabel pudo ver algo que muchos no lograban percibir:
bondad.
Confianza.
Pero también angustia y soledad.
Un viaje a la costa terminó sellando aquello que ya no necesitaba demasiadas palabras.
Quince años de amor.
De compañía.
Y de límites claros.
Isabel lo cuidó sin invadir.
Lo dejó ser.
Y Alejandro respondió alejándose de la innombrable.
No fueron años perfectos.
Hubo decisiones difíciles.
Hubo límites innegociables.
Pero también hubo vida.
Y eso fue suficiente para comprender algo esencial:
no siempre se trata de vencer.
A veces,
simplemente se trata de elegir vivir.
Porque mientras exista vida,
siempre habrá una razón para seguir luchando.