Narra Isaac
El sol comenzaba a bajar y la luz que empezaba a atenuarse me indicaron que debía despedirme ya de Noah. No es algo que me agrade hacer, pero tenía que volver con los demás. Luego de pasarme un rato despidiéndome de Noah, tratando de alargar el tiempo todo lo que pudiera para estar con él, volví con mi padre y los demás. Cuando llegué, me acerqué a mi padre y, como de costumbre, fuimos a las duchas. Una vez que terminamos y nos fuimos a lo que los guardias llaman cuarto, mi padre y yo nos sentamos en la cama para hablar.
—Te veo feliz hoy, ¿ha pasado algo? —me mordí el labio algo nervioso; mi padre aún no sabe que Noah y yo nos estamos viendo. No sé cómo pueda reaccionar si le digo que su padre es quien nos mantiene aquí dentro.
—No es nada —le sonreí nervioso. Estoy seguro que no reaccionará muy bien cuando le diga sobre él; seguramente lo verá como los demás nazis, cuando realmente no es así; no es como todos ellos.
—¿Seguro? Estos dos días has estado un poco serio y hoy parece que tu humor ha cambiado por completo —desde que nos separamos de mi madre, él está mucho más pendiente de mí, ahora se da cuenta de muchas cosas que antes ignoraba, puesto que pasaba poco tiempo conmigo.
—Sí, papá —sonreí desviando la mirada a cualquier lugar—. Solo me pone de buen humor los días tan bonitos como el de hoy —espero que no se dé cuenta de la mentira.
—Está bien, hijo —revolvió el poco cabello que había comenzado a crecer en mi cabeza—. Haré de cuenta que te creo, por ahora —pegué un respingo al escuchar aquello; realmente no soy bueno mintiendo, soy realmente transparente de modo que todo se nota en mi cara. Mi padre soltó una pequeña risa.
—Está bien —suspiré—. Prometo contarte todo luego —confesé, de esta manera, que tenía algo oculto, pero mi padre no tiene manera de saber que es, sigue y seguirá oculto por un tiempo.
Continuamos hablando hasta que mi padre no pudo más con el sueño. Una vez que se durmió, me acosté en mi cama y me dediqué a pensar. Por mi mente pasaban cosas al azar, nada realmente importante, o eso parecía hasta que recordé el rostro de Noah. De repente, solo podía pensar en él, en su forma de hablarme y en su sonrisa cariñosa; esto último logró que mis mejillas comenzaran a arder. Decidí, entonces, tratar de distraer mi mente con cualquier cosa, pero, como no podía centrarme en nada más que no sea su rostro, preferí dormir.
Desperté con los gritos de los guardias como todas las mañanas. A punta de pistola, nos hicieron salir a trabajar. Cuando salí pude notar que uno de los guardias me miraba mientras le susurraba a otro que estaba junto a él. Sabía que estaba hablando de mí, puesto que fui el último en salir.
—Espero que no se hayan dado cuenta de que me escapo del trabajo todos los días —pensé sabiendo que era imposible. Si bien nos vigilaban, solo nos prestan verdaderamente atención si alguno de nosotros intenta huir.
Rápidamente me dirigí con mi padre y los demás. El trabajo fue realmente agotador y bastante más molesto que de costumbre, dado que el guardia que había hablado de mí no dejaba de observarme, haciendo que me sintiera incómodo; por alguna razón no despegaba sus ojos de mí. Llegué a pensar que me había descubierto y que me daría una golpiza por no trabajar.
Las horas pasaron, supuse que, por la posición del sol, era mediodía. Seguramente en poco nos llamarían para darnos la miseria que llaman almuerzo. Sonreí al pensar en esto; que nos llamen a almorzar quiere decir que me podré ir a ver a Noah. Seguí trabajando impaciente. Quiero escaparme de esto lo antes posible e ir a verlo. Pasaron un par de minutos hasta que los guardias nos llamaron, mi padre me hizo una pequeña seña para que me fuera, pero, ni bien me di la vuelta, me tomaron del hombro, al volverme hacia quien me había tomado del hombro pude ver que era el guardia que no paraba de observarme.
—¿A dónde vas? —me giró bruscamente y tiró un poco de mi camisa inspeccionándola mejor—. Dime... 27859, ¿a dónde ibas? —tragué saliva nervioso y asustado—. Sabes que tienes que ir a comer con los demás, ¿verdad? —me mostró una sonrisa que seguramente buscaba ser amigable, pero estaba muy lejos de verse así.
—Y-yo no... n-no iba a ningún lado —tartamudeé con el miedo a flor de piel. Sentí como me apretaba un poco el hombro.
—No me mientas pequeña escoria —acercó su rostro al mío y se me quedó mirando por unos segundos con aquellos ojos azules, tan fríos como el hielo y que caracterizan a todos los soldados de Hitler—. Vendrás conmigo por ser un bastardo desobediente —me tomó con más fuerza y, alejando su cara al fin, comenzó a caminar arrastrándome. Las lágrimas comenzaron a caer por mi rostro.
—¡P-papá! —grité forcejeando un poco cuando pasamos junto a los demás—. ¡A-ayúdame! —volví a forcejear consiguiendo que el soldado tirara bruscamente de mi ropa haciéndome tropezar.
—¡Isaac! —mi padre se levantó de un salto e intentó acercarse a nosotros, pero un guardia rápidamente le apunto en la nuca—. ¡No se lo lleven, es apenas un niño! —gritó mi padre con la voz desgarrada. Comencé a escuchar a todos gritar mi nombre y rogar que no me hagan daño junto con mi padre, pero todos sabemos que tendré mucha suerte si salgo vivo de esta.
Mientras nos alejábamos dos o tres soldados se nos unieron a la caminata, todos fuertemente armados y amenazándome con que no se me ocurra hacer ningún movimiento raro; realmente no puedo hacer más que llorar. Además, ¿cómo se les ocurre que se me pase por la cabeza hacer algo? Apenas puedo caminar correctamente.
Me llevaron hasta una especie de cabaña donde, imagino, ellos vivían. Cuando entramos confirmé lo que había pensado en un primer momento, el lugar donde me trajeron era donde ellos dormían. Había unas cuantas literas puestas en fila prolijamente arregladas. El soldado volvió a arrastrarme hasta el final de aquella habitación, donde se encontraba una cama simple, mucho más amplia que las demás que, seguramente, pertenecía al soldado que tenía un mayor rango.