Narra Noah
Han pasado tres días desde que vi a Isaac por última vez. Comienza a preocuparme, tal vez los guardias lo descubrieron hablando conmigo sin que nos diéramos cuenta y le han hecho algo. Esta idea realmente me aterraba; no quiero que algo le pase a Isaac. Me acerqué al cerco, como todos los días, sin mucha esperanza de verlo, pero, para mi sorpresa, él se encontraba ahí sentado. Me senté frente a él sintiéndome aliviado, al menos hasta que lo observé mejor y noté las heridas que tenía.
—¿Qué te sucedió? —dije preocupado, él se mantuvo en silencio—. ¿Qué te han hecho Isaac? No has venido durante tres días —Isaac comenzó a sollozar—. Isaac... —susurré, está vez levantó la mirada dejándome apreciar mejor su rostro con aquellos golpes que lo desfiguraban.
—M-Me han hecho algo horrible —dijo en medio del llanto, abrí la boca para preguntarle, pero viendo como estaba decidí quedarme callado—. M-me golpearon... m-me tocaron... —dijo entre llantos. Sentí la necesidad de saltar como fuera ese cerco y abrazarlo para que no siguiese llorando desconsoladamente.
—N-no digas más Isaac, no debe serte grato recordarlo —alargué con sumo cuidado mi mano a través del cerco, él la tomó y, acercándose más, la colocó en su mejilla, la cual acaricié delicadamente con mi pulgar—. Lamento tanto no poder haber evitado que te hagan eso —me mordí el labio inferior tratando de no llorar del enojo que sentía y de la tristeza que me daba verlo así; lo último que necesita Isaac ahora es que yo también llore.
—T-te he necesitado tanto... —esta vez habló más calmado—. He... he necesitado tanto poder ver tu rostro... —mi corazón dio un vuelco al escucharlo decir eso. Él cerró los ojos por unos segundos, respiró profundo y luego vi como una pequeña sonrisa se dibujaba en su rostro—. Eres lo que me mantiene cuerdo en todo esto —me miró con ojos tristes—. Eres mi única esperanza —besó la palma de mi mano con un leve sonrojo en sus mejillas y luego me soltó aun mostrándome su sonrisa. Volví a pasar mi mano por la reja, esta vez volviendo a acercarla a mí, miré unos segundos la palma de mi mano donde aún sentía el beso que me había dado.
—¿Ahora te encuentras mejor? —pregunté, Isaac se limitó a responderme asintiendo con la cabeza; entendí, entonces, que debía hablarle de otra cosa, haciéndole este tipo de preguntas lo que logro es que recuerde que algo le pasó. Abrí la boca con la intención de decir otra cosa, pero él se me adelantó.
—Cuéntame, ¿qué has hecho estos días? —me preguntó con una sonrisa. Comencé a contarle lo que había hecho estos tres días sin verlo. Mis actividades de los últimos días no habían sido muy interesantes, solo me limitaba a venir para verlo, pasar todo el día sentado frente al cerco y luego volver a mi casa, donde, una vez que mi padre decidía prestarnos atención, nos sentábamos en la sala a escuchar la radio hasta la hora de cenar. Isaac me escuchó con mucha atención a pesar de que no había dicho nada muy interesante.
Pasamos un rato más hablando de algunas banalidades. Alguna que otra vez, cuando sentía que estaba un poco decaído, intentaba hacer o decir algo estúpido para intentar que se riera un poco. Cuando comenzó a bajar el sol, ambos decidimos volver a nuestros respectivos lugares.
Al llegar a mi casa, mi madre me esperaba sentada en la sala con un plato lleno de galletas. Me acerqué a ella y me senté a su lado, me dedicó una sonrisa cuando la miré. Tomé una galleta, la mordí y la dejé sobre la mesa de centro. Comencé a jugar con mis manos mientras masticaba el pedazo de galleta que tenía en mi boca; sentí la necesidad de contarle a mi madre lo que está sucediendo con Isaac, pero no tenía el valor. ¿Y si es igual que mi padre? ¿Y si le pide a mi padre que castigue a Isaac o, peor aún, lo mate? No quiero que pase eso, no quiero que le sigan haciendo daño.
—¿Pasa algo, hijo? —negué con la cabeza rápidamente sintiéndome nervioso—. Noah —acarició mi cabello cariñosamente—, no quiero que me ocultes cosas. Sabes que me puedes hablar de lo que quieras —asentí sabiendo perfectamente que tarde o temprano ella se daría cuenta de lo que realmente pasa.
—No es nada —me levanté del sillón—. Iré a tomar un baño —dicho esto, subí las escaleras, me dirigí al baño y puse a llenar la bañera. De repente, comencé a pensar en Isaac, en todo lo que me había contado, solté un suspiro pesado al sentirme impotente, al sentirme completamente inútil.
Me desvestí y entré en la bañera. Recordé las heridas que Isaac tenía en el cuerpo. Sentí repugnancia por mi país, por todos a los que seguían al Führer, por mi familia y aún más por mi padre. A pesar del odio hacia él, debo agradecer que sea soldado, si no fuera porque nos trajo hasta aquí, no hubiera conocido a Isaac y nunca hubiera sabido las atrocidades que los nazis están haciendo con los judíos y todo aquel que esté en su contra.
—No hay mal que por bien no venga —susurré con una pequeña sonrisa amarga.
Luego de un rato, salí del baño, me encerré en mi cuarto y, luego de cambiarme, me acosté en mi cama. Di vueltas una y otra vez lo que me contó Isaac, no podía a sacarme eso de la cabeza, era demasiado fuerte para simplemente olvidarlo.
No sé en qué momento me quedé dormido, solo recuerdo que me pasé la mayor parte de la noche pensando en Isaac. Me senté en la cama con mucha pereza, bostecé y abrí los ojos un poco cansado todavía. Luego de asearme, bajé al comedor para desayunar. Artur estaba sentado mirando hacia la puerta que comunicaba a la sala, mientras mi madre servía el desayuno junto con una de las criadas.
—¿Qué tanto miras, Artur? —pregunté sentándome a su lado, él no contestó—. Artur —insistí.
—Cállate —dijo en un susurro—. Parece que un soldado está con papá. Seguramente viene a trabajar con él —¿otro soldado? Me sentí realmente desanimado de repente; la noticia me caía mal, seguramente sería un hijo de puta como los demás y le hará daño a Isaac o a todos los que están con él.