Del otro lado del pasillo

Dos copas de vino

- Ya en su
departamento, Pria se duchó y se dejó caer en el sillón. El día
había sido demasiado.
Cerró los ojos. Entonces escuchó que alguien tocaba la puerta. Se incorporó de golpe. Por un instante
pensó que era Lucio. Pero entonces escuchó un jadeo conocido.
Tomás. Abrió. Y allí estaba Dante. Serio. Pero esta vez algo
había cambiado.
Se había afeitado. Se había arreglado un poco. Y junto a él,
Tomás movía alegremente la cola.
-Hola -dijo Pria.
-Hola.
Dante levantó una botella. -No quise ser descortés. Hizo una pausa.
-No estoy acostumbrado a las visitas. Sonrió apenas. Casi parecía avergonzado por haberlo
dicho.
Pria sonrió. -Después de todo lo que pasó hoy... voy a
necesitar ese vino.
Tomó el arnés de Tomás y, guiándose con seguridad, caminó
hasta el sillón. Se sujetó del respaldo y se sentó. Pria fue hasta la
cocina. -¿Dos vasos? Dante sonrió. -Dos. Y por primera vez...
ninguno de los dos tenía prisa por terminar aquella conversación.que iniciaron
Hablaron casi hasta el amanecer.
De cosas tontas, de esas que no tienen ninguna importancia.
Como dos personas que beben un poco más de la cuenta, quizás intentando olvidar por unas horas todo aquello que querían dejar atrás.

Ninguno contó su historia.

Ninguno habló de sus penas.

Nadie mencionó su pasado ni sus sentimientos.

Esa noche no había lugar para nada de eso.

Se rieron de las pavadas que iban diciendo, algunas cada vez más absurdas por culpa del vino.
Por unas horas, fueron simplemente dos personas sentadas en un sillón, compartiendo una botella y disfrutando de una conversación que no necesitaba tener sentido.
Cuando finalmente se despidieron, la noche ya estaba a punto de convertirse en mañana.
Unas pocas horas apenas despues, el sonido del celular despertó a Pria.

Abrió los ojos con dificultad.
Le dolía la cabeza.

—Ay… Dios.

Se incorporó lentamente y miró alrededor.
Entonces las vio.
Sobre la mesa, junto al sillón, todavía estaban las dos copas y las dos botellas de vino completamente vacías.

Una sonrisa apareció en su rostro al recordar la noche anterior.
Dante.
Las risas.
Las cosas sin sentido que habían hablado.
Por primera vez en mucho tiempo, había pasado una noche sin pensar en Lucio.

Se levantó, se bañó, se cambió rápidamente y salió corriendo hacia el atelier porque, como era de esperar, llegaba tarde.
Apenas entró, vio a Roma esperándola.
Su amiga estaba sentada detrás del mostrador, seria y con los brazos cruzados.

—Llegás tarde, Pria. ¿Qué pasó? —preguntó, mirándola de arriba abajo—. ¿Y qué cara tenés hoy?

Pria soltó una pequeña risa.

—Nada. Bebí un poco anoche… pero ya está. Perdón.

Roma levantó una ceja.

—¿Estás bien?

—Sí, todo bien.

Pria respondió demasiado rápido.
Sin darle tiempo a su amiga para hacer otra pregunta, siguió caminando hacia su salón.
Se puso el delantal y comenzó a trabajar.
Pero esa mañana había algo diferente.
Tenía una gran sonrisa en el rostro.
Tomó el pincel y comenzó a pintar.
Pinceladas suaves.
Colores brillantes.
Cada pasada parecía dejar una pequeña parte de ella sobre el lienzo.
Poco a poco, comenzó a aparecer un paisaje de flores silvestres, pasto corto y montañas al fondo.
Era hermoso.
Y, por unas horas, todo estuvo bien.

Hasta que las puertas del atelier se abrieron.
Lucio entró vestido con un traje negro impecable.
Caminaba con esa seguridad que siempre había tenido, como si el lugar le perteneciera.
Al ver a Roma detrás del mostrador, se acercó.

—Roma… ¿ahora trabajas para Pria? —preguntó con una sonrisa burlona.

Roma dejó de hacer lo que estaba haciendo y se puso seria.
Se levantó lentamente de la silla.

—¿Qué querés, Lucio? ¿Qué hacés acá?

—Busco a Pria.

Lucio hizo un gesto con la mano, señalando hacia el interior.
—Andá a buscarla.

Roma puso los ojos en blanco y soltó un suspiro.
No tenía ninguna intención de discutir con él.
Se dio media vuelta y comenzó a caminar hacia el salón principal.

—Qué tipo insoportable!! No sé que le vio Pria !!! … —murmuró.

Pero cuando llegó, no la encontró
Miró alrededor.
El gran salón estaba prácticamente vacío.

El atril donde Pria había estado pintando seguía allí.
Los pinceles estaban apoyados a un costado, todavía manchados con pintura fresca.
Roma frunció el ceño.
Siguió buscando.
Entonces la vio.
Pria estaba sentada en un pequeño sillón de mimbre junto al ventanal, en el balcón, sosteniendo una taza de café.

Roma salió y se acercó.

—¿Estás bien?

Pria dio un pequeño sorbo antes de responder.

—Sí.

Roma levantó una ceja.

—Bueno… te tengo malas noticias.

Pria la miró.

—¿Qué pasó?

Roma señaló hacia atrás.

—Lucio está en la entrada.

Pria se quedó completamente quieta.

—¿Qué?

Se levantó de golpe y dejó la taza sobre la pequeña mesa.
Se acercó al enorme ventanal y miró hacia el hall.
Y allí estaba.
Lucio.
Esperándola.
Por un instante sintió que todo lo que había conseguido reconstruir dentro de ella volvía a tambalearse.
Sabía que, tarde o temprano, tendría que enfrentarlo. Y todo estaba indicando que ese momento era ahora ...

No podía seguir huyendo , ni retrasarlo más. Así que inspiró profundamente.
Apretó los puños.
Y comenzó a caminar.

Un paso.
Después otro.
Cada uno un poco más firme que el anterior.
Hasta que finalmente atravesó las puertas del salón y llegó al hall de entrada.
Y ahí estaba él.
El hombre que alguna vez había amado.
El mismo hombre que después le había destrozado el corazón.
Lucio levantó la mirada al verla.
Y sonrió.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.