Del otro lado del pasillo

Lucio

Lucio entendió que la estaba perdiendo.

La miró durante unos segundos.

Ya no veía en sus ojos a la mujer que alguna vez lo esperaba en casa.

Ahora veía distancia.

-Quiero que estemos juntos otra vez -dijo suavemente-. No me perdonaría perderte por un error que cometí.

Pria no respondió.

-Puedo arreglarlo. Solo dame una oportunidad.

Lucio señaló alrededor.

-Mirá todo lo que pudiste hacer y conseguir .

Las pinturas.

Las esculturas.

El atelier.

Todo aquello que había nacido de las manos de Pria.

Luego se señaló a sí mismo con una sonrisa.

-Podés conmigo también.

Pero Pria no sonrió.

Porque ella sí recordaba al Lucio del principio.

Y quizás por eso era tan difícil verlo ahora.

───

Lucio había crecido en una familia de clase media.

Vivía con sus padres y sus dos hermanos: Melany, su hermana menor, y Santos, su hermano mayor.

Su padre, Lorenzo Martínez, trabajaba como jefe de planta en una fábrica de automóviles.

Era un hombre trabajador, de esos que salían temprano y regresaban cansados, pero que jamás se quejaban delante de sus hijos.

Su madre, Dora, era ama de casa,pero además cosía para afuera.

Todas las tardes se sentaba frente a su máquina de coser y pasaba horas de una prenda a otra para ayudar con los gastos de la casa.

Lucio la observaba.

Veía cómo, al terminar cada jornada, se llevaba una mano a la espalda y tomaba un medicamento para aliviar el dolor.

También veía a su padre llegar agotado.

Y mientras crecía, una idea comenzó a instalarse en su cabeza.

No quería conformarse.

No porque despreciara la vida de sus padres.

Todo lo contrario.

Los admiraba.

Pero quería darles algo más.

Quería que algún día su madre pudiera dejar de coser.

Quería que su padre pudiera descansar.

Quería tener una vida diferente.

Cuando terminó la secundaria, consiguió un trabajo de medio tiempo y comenzó a estudiar Administración de Empresas y Contabilidad.

Por las mañanas, muy temprano, iba a la fábrica donde trabajaba su padre como operario junior.

Por las tardes asistía a la facultad.

Y cuando terminaban las clases, tenía un pequeño ritual.

En la misma calle había un bar tranquilo.

Allí comía algo, ordenaba sus apuntes y estudiaba un rato antes de tomar el último colectivo hacia su casa.

Siempre lo atendía la misma mesera.

Con el paso de los días, ella ya conocía sus gustos.

Cuando Lucio entraba, muchas veces su pedido ya estaba listo.

Un sándwich completo de tomate, lechuga, jamón y queso, en pan lactal apenas tostado y sin bordes.

Y un vaso grande de jugo.

Ella llegaba con una sonrisa, dejaba la bandeja cuidadosamente sobre la mesa para no manchar los libros y hojas que Lucio tenía desparramados por todos lados.

Lucio comía,leía,anotaba.

Repasaba mentalmente lo que había estudiado.

Y de tanto en tanto levantaba la mirada y cruzaba una sonrisa con la mesera.

Era una chica amable con todos.

Tenía grandes ojos marrones que parecían llenos de luz.

Vestía el uniforme del restaurante: camisa blanca con un pequeño lazo azul en el cuello y pantalón azul oscuro, corto durante los veranos

Su abundante cabello marrón siempre estaba recogido en una cola.

Llevaba un pequeño delantal con un bolsillo grande donde guardaba una libreta, una lapicera y algunas monedas y billetes que los clientes dejaban como propina.

En el pecho tenía un pin.

El nombre estaba escrito a mano.

Pria ❤️

Cuando terminaba de estudiar, Lucio la llamaba.

Pagaba la cuenta, guardaba sus cosas en la mochila y se despedía.

-Hasta mañana, Pria.

-Hasta mañana,Lucio

Y él salía corriendo para alcanzar el último colectivo.

Pria también trabajaba allí para poder pagar sus estudios en la universidad de Bellas Artes.

Durante dos años sus vidas transcurrieron casi en paralelo.

Dos jóvenes trabajando y estudiando.

Dos personas intentando construir el futuro que soñaban.

Hasta que llegó el tercer y último año de Lucio.

Fue el más difícil.

La carrera comenzó a exigirle cada vez más tiempo y tuvo que dejar su trabajo en la fábrica.

Ya no podía ir al bar todos los días.

Solo hacía una parada allí el primer viernes de cada mes.

Era poco.

Pero necesitaba ese momento.

Porque cuando se sentaba en aquella mesa, con sus apuntes delante y el ruido del restaurante alrededor, podía imaginar que algún día tendría la vida que tanto deseaba.

Después comenzó a estudiar en casa.

Pasaba horas con los libros abiertos mientras, desde otra habitación, escuchaba el sonido constante de la máquina de coser de su madre.

Quería aprobar.

Quería graduarse.

Quería conseguir un buen empleo.

Quería que todo el esfuerzo hubiera valido la pena.

Finalmente llegó el último examen.

Lucio casi no había dormido durante las noches anteriores.

Su madre había tomado un traje viejo de su padre y lo había arreglado para que le quedara a medida.

Con parte del dinero que había ganado cosiendo, le compró una camisa.

También le dejó los zapatos perfectamente lustrados.

Cuando Lucio salió de casa aquella mañana, Dora lo despidió orgullosa.

-Vas a poder..

Lucio sonrió.

-Voy a poder.

Entró al aula.

Horas después salió.

Tenía una sonrisa enorme.

Todavía no sabía el resultado definitivo, pero en el fondo sentía que lo había conseguido.

Estaba feliz.

Quería correr hasta su casa para contárselo a sus padres.

Y corrió.

Corrió tan rápido que, al doblar una esquina, chocó de frente con alguien.

-¡Perdón!

-¡Perdoname a mí!

Ambos hablaron al mismo tiempo.

Se quedaron mirándose.

Y después se rieron.




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