Del otro lado del pasillo

El rescate

Al llegar a casa, Pria solo quería un baño caliente, una copa de vino y dormir durante una semana.

Y eso hizo.

Se metió en la bañadera con su copa de vino, cerró los ojos y, por un momento, intentó relajarse.

Pero lejos de descansar, una y otra vez volvía a escuchar la voz de Lucio en su cabeza.

—Volvamos a intentarlo.

Pria abrió los ojos y suspiró.

No quería pensar más.

Cuando salió del baño se puso solamente el pijama y sus pantuflas de osito, esas que tanto le gustaban. Fue hasta la cocina y sacó un tupper con la pizza que había sobrado.

La miró durante unos segundos.

Ya ni siquiera tenía hambre.

Se sentó a la mesa, tomó un pedazo y, sin saber exactamente por qué, comenzó a llorar.

Lloró en silencio.

Por Lucio.

Por todo lo que había perdido.

Por todo lo que todavía le dolía.

Cuando finalmente logró quedarse dormida, un golpe seco proveniente del pasillo la despertó.

Pria abrió los ojos sobresaltada.

Y apenas un segundo después escuchó unos ladridos constantes y desesperados.

Tomás.

Se levantó casi corriendo, abrió la puerta y se encontró con una escena que no esperaba.

Dante estaba tirado en el piso.

Tomás permanecía a su lado, ladrando sin parar.

—¡Dante! ¿Estás bien? ¿Qué pasó?

Pria se arrodilló junto a él y comenzó a moverlo suavemente.

No reaccionaba.

Entonces percibió el fuerte olor a alcohol.

Pria frunció el ceño.

—No puede ser...

Dante estaba completamente borracho. Al parecer había bebido hasta quedar inconsciente en el pasillo.

Miró a Tomás.

—Bueno... tendremos que ayudarte con esto.

Con un esfuerzo que ni ella sabía que tenía, Pria consiguió levantarlo por los hombros y arrastrarlo hasta su departamento.

Le costó muchísimo.

—Pesás una tonelada, ¿sabías?

Tomás la siguió atentamente durante todo el trayecto.

Finalmente consiguió llevarlo hasta el sillón y lo dejó caer sobre él.

Pria se quedó unos segundos intentando recuperar el aire.

Se secó el sudor de la frente y fue a buscar una manta.

Volvió, le quitó los zapatos y acomodó a Dante en el sillón.

Después lo tapó.

Por un instante se quedó mirándolo.

Incluso en aquel estado, había algo en su rostro que le provocaba tristeza.

¿Qué podía haberle pasado para terminar así?

¿Qué podía llevar a una persona a beber hasta desmayarse sola en un pasillo?

Pria le acomodó distraídamente un mechón de pelo.

Entonces decidió levantarse.

Pero justo en ese momento, Dante se movió

Fue apenas un segundo de lucidez.

Y, de repente, le tomó la mano.

—¡Estás acá!

Pria se quedó inmóvil.

—Sí... —respondió en voz baja.

Dante apretó suavemente su mano.

—Prométeme que no te vas a ir esta vez...

Pria dejó de respirar por un instante.

—¿Qué?

—No me dejes...

Pero antes de poder decir algo más, Dante volvió a cerrar los ojos y cayó nuevamente en un sueño profundo.

Pria permaneció inmóvil junto al sillón.

Miró su mano, todavía sintiendo el calor de la de él.

—¿Qué fue eso...? —susurró.

¿A quién le estaba hablando?

¿A ella?

¿O a alguien más?

Tomás se acercó lentamente, levantó la cabeza y le dio un pequeño beso en la nariz.

Pria lo miró.

—¿Vos tampoco vas a explicarme nada?

Tomás simplemente se acurrucó sobre la alfombra y cerró los ojos.

Pria volvió a mirar a Dante.

Lo tapó un poco mejor y finalmente regresó a cama

Se acostó en la cama y se quedó mirando el techo.

Pero aquella noche, por más que lo intentó, no pudo dormir.

Una sola frase seguía dando vueltas en su cabeza.

Prométeme que no te vas a ir esta vez.

Y por primera vez, Pria comenzó a preguntarse qué historia escondía realmente el hombre que vivía detrás de aquella puerta.




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