Del otro lado del pasillo

Dante (parte 1)

Ese mismo día...

Dante se despertó al escuchar a Pria correr por el pasillo.

El sonido de sus pasos se alejó rápidamente hasta desaparecer detrás de las puertas del ascensor.

Dante se giró en la cama.

A su lado, Tomás levantó la cabeza inmediatamente y se acercó para comprobar que estaba despierto.

Dante sonrió y acarició su cabeza.

—No... todavía quiero dormir un poco más.

Tomás volvió a acomodarse.

Y Dante hizo exactamente eso.

Durmió unas horas más.

Cerca del mediodía se levantó y caminó hasta la cocina.

Pulsó el botón de la cafetera y esperó a que el café estuviera listo.

Mientras tanto, abrió uno de los muebles, sacó una bolsa de alimento y se agachó para llenar el plato de Tomás.

El perro comenzó a comer inmediatamente.

—Buen provecho, amigo.

Dante tomó su taza y caminó hasta el sillón.

Se sentó, encendió el equipo de música y dejó que una melodía clásica llenara el departamento.

Podría haber sido una mañana cualquiera.

Una de esas mañanas tranquilas que Dante había aprendido a disfrutar desde que su vida había cambiado.

Después se cambió de ropa, colocó el arnés de Tomás y salió a caminar.

Como todos los días.

Pasaron por el mercado y compraron algunas cosas.

A la vuelta, Tomás comenzó a tirar del arnés apenas reconoció el camino.

Dante sonrió.

—Ya sé, ya sé... querés entrar.

El perro comenzó a ladrar.

—Sí, ya sé, amigo. No te hagas el sorprendido.

Dante abrió la puerta de la peluquería canina.

Tomás entró feliz.

Le tocaba su baño mensual.

Dante se sentó en una silla mientras esperaba.

Del otro lado sonaba la radio.

Canciones alegres llenaban el lugar.

Y, de vez en cuando, Dante tarareaba alguna.

Por unos minutos parecía estar bien.

Cuando terminaron, Tomás apareció completamente renovado.

Baño, corte de pelo y perfume.

Venía feliz, moviendo la cola.

La chica se acercó para saludarlo.

—¡Mirá qué lindo quedó!

Dante sonrió mientras volvía a colocarle el arnés.

—Está hermoso! súper suave

Se levantó y preguntó cuánto debía.

Pagó.

—Muchas gracias.

—Gracias a usted —respondió ella amablemente.

Dante hizo una pausa.

—Perdón... no te pregunté tu nombre.

La sonrisa de la chica se amplió.

—Mi nombre es Lara ..

Dante dejó de sonreír.

Todo cambió en su rostro.

Como si aquella palabra hubiera apagado de golpe la luz que había tenido hasta hacía apenas unos segundos.

—¿Dije algo malo, señor? —preguntó ella, confundida.

Dante no respondió.

Agarró el arnés de Tomás y salió de la peluquería casi a toda velocidad.

Caminó.

O intentó hacerlo.

Apenas había avanzado unos metros cuando sus piernas comenzaron a aflojarse.

Tuvo que detenerse.

Respiró profundamente.

Volvió a caminar.

Otra vez tuvo que parar.

Lara.

Ese nombre no dejaba de repetirse en su cabeza.

Finalmente llegó a su departamento.

Cerró la puerta.

Soltó el arnés.

Y buscó a tientas el sillón hasta encontrarlo.

Se dejó caer.

Tomás se acercó inmediatamente y apoyó la cabeza sobre sus piernas.

Dante lo apartó.

—Salí de acá, perro estúpido...

Su voz se quebró.

Tomás retrocedió.

Pero apenas unos segundos después volvió a acercarse.

Despacio.

Con cuidado.

Y apoyó nuevamente la cabeza sobre sus piernas.

Dante bajó las manos hasta él.

Lo abrazó.

—Perdón, amigo...

Lo sostuvo con fuerza.

—Perdón...

Y entonces comenzó a llorar.

Primero fue apenas un llanto.

Después el dolor se hizo insoportable.

—¡AAAAAH!

El grito salió desde lo más profundo de su cuerpo.

Dante cayó al suelo.

Tomás no se movió de su lado.

Permaneció allí.

Acompañándolo.

Dante lloró durante minutos.

Quizás una hora.

Quizás dos.

En aquel departamento vacío, el único sonido era su respiración entrecortada y los pequeños movimientos de Tomás a su lado.

Hasta que finalmente se arrastró hacia la cocina.

Abrió un mueble.

Sacó una botella de vodka.

La abrió.

Y comenzó a beber.

Solo.

Con Tomás a su lado.

Tirado en el suelo del living, Dante siguió bebiendo hasta perder la noción del tiempo.

Tomás lamía su cara de vez en cuando.

Dante reaccionaba.

Se incorporaba.

Volvía a beber.

En algún momento se levantó tambaleando para buscar otra botella.

Después volvió a caer.

La tarde desapareció.

La noche cayó sobre el departamento.

Y Dante seguía allí.

Hasta que, en algún momento, se incorporó nuevamente.

Agitó la botella.

Nada.

La acercó a sus labios.

Vacía.

Dante soltó una risa amarga.

—Ya no queda nada...

Tomás levantó la cabeza.

—Vamos a comprar.

Balbuceó las palabras mientras intentaba ponerse de pie.

Se sostuvo de las paredes.

Llegó hasta la puerta.

La abrió.

Dio un paso.

Después otro.

Tomás salió detrás de él.

Dante apenas alcanzó a avanzar unos metros por el pasillo.

Entonces sus piernas dejaron de responder.

Cayó al suelo.

El golpe fue seco.

Tomás corrió hacia él.

Comenzó a ladrar.

Le lamió la cara.

Volvió a ladrar.

Una y otra vez.

Intentaba despertarlo.

Intentaba conseguir ayuda.

Y entonces, del otro lado de una puerta...

Pria abrió los ojos.

Había escuchado los ladridos.

Se levantó sobresaltada.

Abrió la puerta.

—¡Tomás!

Corrió hacia el pasillo.

Y allí estaba Dante.

Tirado en el suelo.

Inconsciente.

Con Tomás desesperado a su lado.




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