Pria no había podido pegar un ojo en toda la noche.
En su cabeza solo había preguntas.
¿Por qué Lucio había vuelto?
Y después estaba Dante.
¿Por qué ella se fue????
¿A quién se lo había dicho?
¿Por qué se lo había dicho a ella?
El despertador sonó.
Pria lo apagó rápidamente para no despertar a su visitante nocturno, que todavía dormía desparramado en el sillón.
Se levantó despacio y caminó hasta la cocina.
Encendió la cafetera.
Tomás levantó la cabeza y enseguida se acercó a saludarla.
Pria se agachó y lo acarició.
-Parece que vos sí pudiste dormir...
Tomás movió la cola.
Cuando el café estuvo listo, Pria se sirvió una taza y preparó unas tostadas.
Entonces miró a su dormilón vecino.
Quizás también debería llevarle café.
Era preferible eso a que se despertara de golpe, desorientado y sin saber dónde estaba.
Llenó otra taza y se acercó al sillón.
-Dante...
Lo llamó suavemente mientras tocaba apenas su hombro.
Nada.
-Dante...
Esta vez un poco más fuerte, lo sacudió suavemente.
Nada.
Pria miró a Tomás.
-Tu dueño es bastante dormilón, ¿no creés?
Como si hubiera entendido perfectamente, Tomás soltó un ladrido.
Pria soltó una pequeña risa.
-Ah... veo que estamos de acuerdo.
Tomás se acercó a Dante y comenzó a lamerle la cara.
Dante se movió.
-Dejame dormir un poco más, amigo...
Pria aprovechó.
-¿Cuánto más necesita dormir el señor?
Dante se sentó de golpe.
Aturdido, giró la cabeza intentando ubicarse.
-¿Pria? -preguntó confundido.
-Sí. Buen día. Te preparé café.
Dante frunció el ceño.
-¿Qué hacés acá?
Pria levantó una ceja.
-¿Yo?
-Estoy en mi casa. Y vos estás en mi sillón.
Dante parecía todavía más confundido.
Tocó el sillón.
Después el respaldo.
Luego volvió a llevarse una mano a la cabeza.
-¿Qué...? ¿Por qué estoy en tu casa?
-Porque anoche decidiste salir a dar un paseo en mitad de la noche después de beber vaya a saber uno cuánto...
Pria hizo una pausa.
-Y caíste redondo en el pasillo.
Dante permaneció en silencio.
-Tomás y yo tuvimos que cargarte hasta acá. No iba a dejarte dormir en el pasillo, ¿o si
-El café está aca . Te va a venir bien.
Y agregó con una sonrisa:
-Eso y varias aspirinas.
Dante cerró los ojos.
Necesitó unos segundos para recordar.
No recordaba todo.
Pero sí recordaba haber bebido.
Mucho.
Demasiado.
Entonces extendió la mano hacia Tomás.
-Vamos a casa, amigo.
Tomó el arnés y comenzó a caminar hacia la puerta.
-¡Esperá! -dijo Pria.
Dante se detuvo.
-¿Y el café?
Él negó suavemente con la cabeza.
-No puedo.
Pria lo observó unos segundos.
-¿Estás bien?
Dante permaneció de espaldas.
-Perdón por lo de anoche.
Su voz era baja.
-Me tengo que ir.
Abrió la puerta.
Y se fue.
Pria quedó parada en medio de su living.
Mirando la puerta cerrada.
¿Quién era realmente su vecino?
¿El hombre malhumorado y solitario que había conocido al principio?
Ese hombre serio, distante, que medía cada palabra cuando hablaba con ella.
¿O era el Dante que había conocido después?
El hombre que la había salvado dos veces.
El que había pasado una noche riendo con ella.
El que podía ser amable, divertido...
Incluso tierno.
Quizás él también tenía sus propias oscuridades.
Quizás, como ella, estaba intentando sobrevivir a un dolor demasiado grande.
Quizás también había sido abandonado.
Quizás también había perdido a alguien que todavía no podía olvidar.
O quizás no.
Quizás Dante simplemente era así.
Tosco.
Distante.
Solitario.
Pria tomó su taza de café y miró nuevamente hacia la puerta.
Y por primera vez sintió curiosidad por conocer al hombre que realmente vivía detrás de aquella.
No al vecino.
No al hombre que todos podían ver.
A Dante.