Del otro lado del pasillo

Dos puertas

Pria fue a trabajar.

Aunque su cuerpo estaba en el atelier, su cabeza parecía dividida en mil pensamientos.

Dante.

La noche anterior.

Lo que él había dicho.

La mujer que había amado.

Y aquella pregunta que todavía no podía quitarse de la cabeza:

¿Por qué se lo había contado a ella?

Intentó dejar todo eso de lado.

Necesitaba trabajar.

Se colocó el delantal, preparó sus pinturas y se paró frente al lienzo.

Y entonces comenzó.

Pintó durante horas.

Sin parar.

Como si cada pincelada pudiera ordenar un poco el caos que tenía adentro.

Cuando finalmente se alejó unos pasos del cuadro, se quedó inmóvil.

Lo había terminado.

Frente a ella estaba Dante.

Pero no era exactamente Dante.

Llevaba sus clásicos lentes negros y una leve sonrisa en el rostro. Tenía una mano levantada, tocando la imagen que aparecía frente a él.

Un espejo.

Pero el reflejo no era igual.

Era él... y al mismo tiempo no.

El Dante del espejo tenía el ceño fruncido, la mirada perdida, el cabello desalineado y una barba apenas crecida. Sus labios estaban endurecidos, como si estuviera conteniendo una furia que llevaba demasiado tiempo guardada.

Y una lágrima le atravesaba la mejilla.

A ambos lados del espejo estaba Tomás.

El mismo perro.

La misma postura.

La misma mirada.

Como si Tomás perteneciera a los dos lados de aquella imagen.

Solo Dante estaba dividido.

Dos versiones de un mismo hombre.

Pria había pintado exactamente lo que veía en él.

El hombre que mostraba al mundo...

y el hombre que escondía dentro.

Se quedó contemplando la obra durante largos minutos.

—¿Quién es ese hombre?

La voz de Roma la hizo salir de sus pensamientos.

Pria giró la cabeza.

Roma estaba parada frente al cuadro, mirándolo con curiosidad.

Pria sonrió y caminó hacia la pequeña mesa donde preparaban el café.

—Es una larga historia.

Roma levantó una ceja.

—Entonces servime una taza y contame todo. Ya.

Se dejó caer en uno de los sillones de mimbre.

—Vamos, amiga.

Pria soltó una pequeña risa.

Preparó dos cafés, llevó uno hasta Roma y se sentó frente a ella.

Y comenzó a contarle.

Todo.

Le habló de su vecino.

De aquella primera vez que había salido Tomás por la puerta.

De cómo había conocido a Dante.

De su carácter.

De sus silencios.

De los lentes negros.

De cómo había descubierto que era ciego.

Le contó también lo ocurrido con Lucio.

Cómo Dante la había defendido.

Cómo había fingido ser su novio.

Cómo había terminado ella dentro del departamento de Dante.

Y, finalmente, le contó lo ocurrido la noche anterior.

La conversación.

La mujer que él había amado.

La forma en que Dante había terminado desmayado en su sillón.

Roma escuchó sin interrumpir.

Hasta que Pria terminó.

Durante unos segundos permaneció en silencio.

—Ay, amiga...

Pria la miró.

Roma negó lentamente con la cabeza.

—Qué difíciles están los hombres hoy en día.

Pria soltó una carcajada.

—No sabés.

—¿Y qué vas a hacer?

Pria dejó la taza sobre la mesa.

—No lo sé.

—¿Vas a hablar con Dante sobre lo que pasó?

Pria bajó la mirada.

Esa era justamente la pregunta que llevaba toda la mañana intentando evitar.

—¿Debería?

Roma esperó.

—No sé... —continuó Pria—. Quizás debería darle espacio. Después de todo, tampoco tiene por qué darme explicaciones.

Roma la miró durante unos segundos.

Y entonces sonrió.

—Yo que vos...

Pria levantó la mirada.

—¿Qué?

—Voy, toco su puerta hasta que me abra...

Pria ya sabía que lo que venía no podía ser bueno.

—...y cuando salga, lo beso apasionadamente.

—¡Roma!

—¡Sí! —continuó, riéndose—. Le hacés olvidar a su novia perdida y, de paso, vos te olvidás del idiota de Lucio para siempre.

Pria abrió los ojos.

—Estás completamente loca.

Roma se levantó entre risas.

—¡Pero funcionaría!

—¡Andá a trabajar!

—Eso hago.

Roma regresó al mostrador todavía riéndose.

Pria negó con la cabeza.

Pero cuando volvió a mirar su cuadro...

la idea ya no le pareció tan absurda.

No iba a besar a Dante.

Por supuesto que no.

Pero quizá...

quizá sí quería hablar con él.

Quizá quería saber qué había detrás de aquella tristeza que había pintado sin siquiera proponérselo.

---

Al terminar la jornada, Pria regresó a casa caminando despacio.

Tenía demasiado en qué pensar.

En Dante.

En Lucio.

En Roma.

En aquella extraña sensación que había empezado a crecer dentro suyo.

Subió hasta su piso.

Y cuando llegó al pasillo, se detuvo.

Había alguien sentado en el suelo frente a su puerta.

Pria sintió que el corazón se le detenía.

Lucio.

Se levantó lentamente al verla.

En sus manos llevaba un enorme ramo de flores.

Jazmines.

Rosas rojas.

Rosas amarillas.

Pria lo miró sin decir una palabra.

Lucio sonrió.

—Hola, Pria.

Le extendió el ramo.

Ella dudó unos segundos antes de tomarlo.

—Gracias.

Lucio la observó.

—¿Podemos pasar y hablar, por favor?

Pria quedó sorprendida.

No había gritos.

No había reproches.

No había enojo.

Solo aquella sonrisa tranquila.

Miró las flores.

Después lo miró a él.

Y, casi sin querer, desvió los ojos hacia un costado.

La puerta de Dante.

Cerrada.

Silenciosa.

A pocos pasos de ella.

Pria volvió a mirar a Lucio.

Él esperaba una respuesta.

Ella apretó suavemente el ramo entre sus manos.

Dos puertas.

Dos hombres.

Un pasado que insistía en volver...




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