Pria miró la puerta de Dante...
Pero finalmente entró a su departamento con Lucio.
No significaba que lo perdonara.
Mucho menos que quisiera volver con él.
Simplemente había decidido escucharlo.
Lucio entró y miró a su alrededor.
-Tenés un lindo departamento...
Pria no respondió.
Dejó el ramo sobre la mesa, buscó un florero y puso las flores en agua. Los jazmines y las rosas llenaron de color la habitación.
Después se volvió hacia él.
-Bien. ¿A qué viniste, Lucio?
-A verte. Ya te lo dije... no quiero perderte.
Lucio inspiró profundamente.
Por un instante cerró los ojos.
-Vaya... extrañaba este aroma.
Pria lo observó sin decir nada.
Su casa siempre había tenido ese olor tan particular: una mezcla de pinturas, arcilla fresca y óleos.
Era el olor de su vida.
Lucio sonrió con nostalgia.
-Hice una reserva.
Pria frunció ligeramente el ceño.
-¿Una reserva?
-Vine a invitarte. Mañana a la noche. En nuestro restaurante.
Hizo una pausa.
-En nuestra mesa.
A Pria se le estrujó el corazón.
Aquella frase fue un golpe bajo.
Porque él sabía perfectamente lo que significaba para ella.
El lugar donde se habían conocido.
Donde habían compartido tantas noches.
Donde habían contado las monedas para poder ir al cine y después terminaban caminando juntos de regreso a casa.
Pria bajó la mirada.
-No sé...
-Vamos, Pria. Una cena.
Lucio dio un paso hacia ella.
-Dame esa oportunidad. Dejame arreglar todo.
Ella permaneció en silencio.
-Sé que fui un tonto -continuó él-. Sé que hice cosas estúpidas. Pero ¿vas a tirar todo lo que teníamos por eso?
Pria levantó la mirada.
-¿Todo?
-Los años que pasamos juntos. Los sacrificios que hicimos. Los planes que teníamos...
Lucio abrió las manos.
-¡Todo, Pria!
Su voz se quebró.
-Volvé a casa, por favor.
Pria sintió un nudo en la garganta.
-Están tus amigos. Mi familia... -continuó él-. Yo te estoy esperando.
Lucio respiró hondo y bajó la voz.
-No voy a presionarte. Solo dame una cena y te voy a demostrar que cambié. Que estoy acá y que no me voy a rendir.
Pria lo miró fijamente.
-Dejame cuidarte como antes.
Ella no respondió.
-¿Te acordás? -continuó él-. Iba todas las noches a buscarte al restaurante y volvíamos caminando a casa. A veces comprábamos helado para llevar.
Pria sintió que los recuerdos empezaban a aparecer uno detrás de otro.
Las caminatas.
Las risas.
Los domingos de cine.
Las noches en las que apenas tenían dinero, pero eran felices igual.
-Antes contábamos las monedas para poder ir juntos al cine algún domingo al mes -dijo Lucio-. Ahora todo es distinto.
Se acercó un poco más.
-Vos podrías pintar. Hacer tus enormes esculturas maravillosas. Yo puedo ayudarte con el atelier, administrarlo... y juntos crecer.
Pria tragó saliva.
-Podríamos hacer ese viaje que siempre quisimos. Conocer todos esos lugares de los que hablábamos.
Lucio sonrió.
-Juntos, Pria.
Ella cerró los ojos por un instante.
Y se perdió en aquellos recuerdos.
En el hombre que había amado.
En el joven que la esperaba todas las noches.
En la vida que alguna vez habían imaginado.
Por unos segundos, casi pudo volver a verla.
La casa pequeña.
Los sueños.
Las caminatas.
El helado compartido.
Los dos creyendo que tenían toda la vida por delante.
Pria abrió los ojos.
Miró hacia la puerta.
No sabía si estaba tomando una buena decisión.
Tal vez solo estaba vulnerable.
Tal vez necesitaba cerrar algo que había quedado abierto.
Tal vez simplemente quería saber si el hombre que tenía delante realmente había cambiado.
Y entonces habló en voz baja.
-Solo una cena, Lucio.
La sonrisa de él apareció inmediatamente.
-¡Sí! Perfecto.
Parecía aliviado.
-Va a ser una gran cena. Los dos, como siempre. En nuestro lugar.
Pria no respondió.
-¿Te espero ahí mañana a las ocho?
Ella asintió.
Lucio sonrió una vez más.
Pria caminó hasta la puerta para despedirlo.
Antes de salir, él se acercó y le dio un beso en la mejilla.
Después tomó suavemente su mano.
-Gracias.
Pria lo miró.
-No te vas a arrepentir de darme esta oportunidad.
Soltó su mano lentamente.
-A las ocho. No llegues tarde.
Hizo una pequeña pausa.
-Y llevá el vestido azul. Ese que tan lindo te queda.
Pria lo miró sorprendida.
Iba a decir algo.
Pero entonces, de reojo, vio movimiento en el pasillo.
Dante estaba parado en la puerta de su departamento.
Inmóvil.
Con sus clásicos lentes negros.
Pria se quedó quieta.
No sabía cuánto había escuchado.
No sabía cuánto había visto.
Dante no dijo una palabra.
Simplemente giró y volvió a entrar a su departamento.
Lucio se marchó.
Pria permaneció unos segundos en el umbral.
Después cerró lentamente su puerta.
Del otro lado del pasillo, Dante hizo lo mismo.
Dos puertas cerrándose.
Dos personas quedándose a solas con sus pensamientos.
Y una cena que podía cambiarlo todo.