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Adem
Estoy recostado sobre el sofá que adorna mi amplia oficina y donde me paso la mayor parte del tiempo atendiendo los asuntos y negocios de la empresa que le pertenece a mi familia. Mi padre es el dueño de la cadena de casinos más famosa de toda Turquía y yo soy quien se encarga de todo, mientras él y mi madre disfrutan su vida; cosa que ambos merecen, porque han trabajado toda su vida en el negocio. Cuando terminé mis estudios en Nueva York y volví, no desaprovecharon la oportunidad para dejar el negocio en mis manos y retirarse.
Me mensajeo como un tonto adolescente con Defne, quien es mi novia hace cuatro años y mi prometida hacía solo seis meses. Paso el pulgar por la pantalla, revisando nuestra conversación por quinta vez. Me descubro sonriendo como un idiota mientras espero su respuesta. Estoy perdidamente enamorado de ella; no tengo ojos ni pensamientos para nadie más. Lo que siento, nunca lo había experimentado antes. Recordar su angelical rostro, que se ilumina cada vez que sonríe, hace que el corazón me palpite sin control. Al irme a la cama cada noche, su imagen es lo último que veo antes de cerrar mis ojos y lo primero al abrirlos, aunque no la tenga conmigo.
Sus bellos ojos marrones, que de cerca tienen ese destello de verde olivo, están tatuados en mis pensamientos y ni siquiera un borrador mágico podría deshacerlos.
Desde que la vi la primera vez en aquella fiesta de inauguración, con aquel vestido rojo, supe que sería la mujer con la que terminaría casado. Defne es hermosa en toda la extensión de la palabra y su belleza me resulta algo inefable. Me gusta saber que todos los hombres que la conocen darían hasta lo que no tienen por estar en mi lugar y por poseer la dicha de tener el amor de alguien como ella.
Viernes 10 de agosto de 2018
¿Nos vemos esta tarde?
Tecleo con la enorme sonrisa de enamorado que no puedo ocultar ni siquiera de mí mismo, aunque lo intentara una y otra vez. Me quedo expectante a su respuesta, la cual no demora en aparecer en la pantalla de mi teléfono; junto al sonido tintineante de aquella notificación que me acelera el corazón y hace que se me retuerzan las entrañas de alegría, como un pobre chiquillo que por primera vez habla con la persona que le ha gustado toda la vida.
Me parece una excelente idea. Tenemos que hablar sobre algo importante.
¿Puedo saber sobre qué?
No, prefiero que lo hablemos en persona. No quiero hacerlo por teléfono, Adem.
—¿Adem?
Mi ceño se frunce al percatarme de que no está hablándome como de costumbre, no hay emojis ni palabras cariñosas. Todos sus mensajes están acompañados de esos puntos al final de cada oración que me parecen rudos y me indican que no se trata de nada bueno. Desvío la mirada de la pantalla del aparato y repaso en mi cabeza algunos escenarios en donde está ella, tratando de recordar o hallar algo que la haya incomodado; algo que yo haya dicho o hecho mal, pero no encuentro nada.
¿Estás bien? ¿Pasó algo? ¿He hecho algo que te ha incomodado?
Pulso la tecla enviar en el teléfono y me quedo observando la pantalla, pero las respuestas a mis preguntas no llegan. Me incorporo en el sofá sin apartar la mirada de la pantalla y me peino la barba con la mano libre, para después soltar un bufido. Aprieto el botón de bloqueo y la pantalla queda en negro, meto el aparato en el bolsillo de mi pantalón y me estrujo el rostro de arriba abajo con ambas manos, mientras pienso en qué he podido hacer para molestarla o qué es eso importante que tiene para decirme.
Los toques suaves y sutiles que solo pueden ser obra de mi secretaria me sacan de mi ensoñación y me hacen llevar los ojos hasta la puerta.
—Adelante —expreso en voz alta, y segundos después la puerta se abre, dejándome ver a Elif.
—Señor Erkök, su amigo está aquí, ¿quiere que lo haga pasar o…?
La interrumpo enseguida.
—Déjalo pasar, por favor —digo al mismo tiempo en que me pongo de pie—. Y tráenos té, por favor.
Me acomodo el cuello de la camisa, sintiendo la tela fresca por la temperatura fría de la oficina. Me aliso la barba y el cabello, un hábito que no puedo dejar cuando me encuentro ansioso, mientras Elif desaparece para avisarle a Enver que puede pasar a mi oficina.
Enver es más que un amigo para mí, lo considero como a un hermano. Nos conocemos prácticamente de toda la vida. Sus padres son íntimos amigos de los míos desde que tengo memoria.
—¡Adem! —exclama mi nombre mientras cruza la puerta con una enorme sonrisa y los brazos abiertos hacia mí.
Veo por el rabillo de mi ojo cómo Elif se tropieza en su camino a cerrar la puerta y me guardo la sonrisa que amenaza con salir de mi boca.
—¡Enver! —digo con una sonrisa y estrechando mis brazos hacia él.
Nos apretamos y nos palmeamos las espaldas, como si no nos hubiésemos visto en años, cuando solo han pasado semanas desde la última vez. Él ha viajado a Ankara por unos negocios que hemos empezado a hacer juntos y ayer me ha llamado para avisarme que volvería con buenas noticias al respecto.
—Parece que hemos dejado de vernos en años —agrega en tono de broma y nada más sonrío.