1. No te importo.
La última clase del día había sido una de las menos pesadas, pero por seguro la más aburrida.
—¿Te vas a quedar ahí toda la vida? —preguntó mi amigo recogiendo su bolso.
—Por supuesto que no.
Tomé mis cosas lo más rápido que pude y salimos juntos.
Las decenas de adolescentes saliendo de sus clases fue lo único que pude ver, a los cuales, por supuesto, no tenía ninguna intención de saludar. No como mi amigo, que se detuvo con el primero que vio. Aquel de cabeza café caramelo a quien vagamente podía prestarle atención.
—Te presento a Sophiet. Sophiet, ella es Jana.
¿Debería darle la mano? No, no debería. A menos que quisiera que él notara cómo me sudan cuando conozco a extraños.
Asentí con la cabeza junto a una sonrisa incómoda y él me respondió igual.
Agradecí en ese momento que a él no le importara mi existencia y a mí tampoco la suya.
Pero, aun así, cuando acabé mi jornada de clases en la universidad y me subí a una ruta de bus inusual, no pude evitar escoger el asiento junto al suyo.
Porque nada malo podía pasar si por un día intentaba ser social.
Además, quería demostrarle a mi madre que sí podía hacer amigos.
Aunque la mayoría de las personas nuevas me cayeran mal.
Pero él no.
Él era agradable.
Incluso parecía querer hablar conmigo y yo, que soy una persona completamente reacia a socializar, pude responderle perfectamente y mantener una conversación fluida con alguien que recién acababa de conocer.
Y lo mejor: ni siquiera me importaba decir algo mal, ser imprudente o humillarme terriblemente con mis chistes de porquería.
Porque lo acababa de conocer.
Porque después de hoy probablemente volveríamos a ser extraños.
Y porque, si él se llevaba una mala impresión de mí, realmente no importaba.
Éramos dos extraños haciéndose compañía en un bus, nada más.
En la universidad éramos agua y aceite.
Él tenía como treinta amigos.
Yo tenía dos.
Y honestamente prefería mi pequeño manantial.
Y entonces, antes de bajarse, me dijo:
—Te veo en la clase.
Y descubrí que ya estábamos mezclados y ni siquiera me había dado cuenta.
Y nada había explotado.
Claro que no me había dado cuenta, no lo noté ni el día de la clase porque estaba con el tipo de gente que yo ignoraba por completo, porque ni siquiera me saludó cuando entró, porque él y yo somos irrelevantes y porque no me interesa nada que tenga que ver con socializar.
O quizá porque no pude mirarlo mientras entraba por la puerta, porque por mi frente bajaba esa gota nerviosa de sudor, porque lo trataría como un completo desconocido y por eso no me gusta conocer nuevas personas.
Gracias al destino que pudimos haber vuelto a ser dos completos extraños después de eso ese día, gracias al destino que pudimos volver a ser dos personas que no se importan entre sí.
Gracias al destino que no te importo.
Porque no estoy preparada para ti.
***
Pov Sophiet
Avellana
En el bus
AC/DC empezó a sonar en mis oídos justo cuando la última persona de la parada se subió al bus.
Me quedé mirando por la ventana mientras sonaba la intro, hasta que una sombra se detuvo a mi lado. Dirty Deeds Done Dirt Cheap retumbaba en mis audífonos y un golpeteo contra el piso del bus terminó haciéndome levantar la vista.
Converse. Jean azul. Camisa rosada. Unos ojos avellana mirándome desde arriba.
Jana.
Parpadeaba lento detrás de sus pestañas enormes, sin decir una palabra.
Sus cejas gruesas y esa mirada seria la hacían imposible de confundir, la misma que llevaba a todas las clases de teoría, como si estuviera permanentemente molesta con el mundo.
Se sentó justo a mi lado antes de que el bus arrancara. Inclinó apenas la cabeza hacia mí y sonrió un poco.
—Hola.
Jana apenas me había dirigido la palabra más temprano, así que verla sentándose a mi lado se sentía... inesperado.
Saqué los audífonos de mis oídos y le sonreí de vuelta.
—Hola, Jana.
—No creo que nos hayan presentado apropiadamente antes.
—Yo tampoco lo creo.
Me giré un poco para hablar mirándola a la cara, pero ella solo miraba hacia el frente, como si hablara con el aire y no conmigo.
Sonreí de lado. Estaba incómoda y, por alguna razón, eso me parecía un poco gracioso.
Me vio de reojo y sonrió apenas, lo suficiente para descubrir unos hoyuelos en sus cachetes.
—Pensé que sería grosero no sentarme junto a ti cuando todo el bus está vacío y ya nos conocemos.
Continuó:
—Jana. —Estiró su mano en mi dirección viéndome apenas un segundo.
—Sophiet. —Respondí estrechando su mano.
—¿Cómo se escribe?
—Como lo quieras escribir.
—Odio cuando las personas no saben escribir mi nombre.
Saqué mi libreta del bolso y escribí mi nombre en una página.
—Sophiet. Como Sofía, mis papas querían una niña y no se les ocurrió una mejor idea cuando no sucedió. —Sonreí mirándola.
Soltó una carcajada inesperada, estruendosa, suficiente para hacer que el chofer nos mirara, aunque claramente ella no se dio cuenta.
—Sabía que era gracioso, pero tampoco tanto.
Tomó una bocanada de aire intentando controlar la risa antes de responder:
—Fue divertido, pero jamás halagaría a un hombre.
Enarqué una ceja.
—¿Qué te ha hecho mi género?
—De hecho, nada todavía. Pero men just disappoint.
—Soy muy malo con el inglés.
Volvió a reír.
—Los hombres solo decepcionan. Nunca confíes cien por ciento en uno. Eso me ha enseñado la vida.
—Dijiste que no te habían hecho nada.
—No a mí, pero es cuestión de tiempo. —Levantó los hombros.
—No puedo defender a todo el equipo. No todos pueden ser tan perfectos como yo.
—Creo que...