Demasiado cerca para ser enemigos

PROLOGO

(Años atrás – Último año de colegio)

Nunca fue odio.

Si alguien nos hubiera visto discutir en el salón de debates, habría jurado que nos detestábamos. Emilia Rivas y Matthew Velasco: los mejores promedios del curso, los más competitivos, los que siempre tenían la última palabra.

Ese día empezó igual que todos.

—No puedes sostener ese argumento —dijo él, apoyándose en el escritorio con esa seguridad irritante—. Es débil.

—Es lógico —respondió Emilia, cruzándose de brazos—. Que no lo entiendas es diferente.

Las risas alrededor encendieron algo más que orgullo.

Siempre era así: palabras afiladas, miradas que duraban más de lo necesario, una electricidad incómoda que ninguno quería nombrar.

Pero esa tarde no estaban en el salón.

Estaban solos.

La discusión continuó después de clases, bajo las gradas del coliseo vacío. El sol entrando por las ventanas altas, el silencio demasiado pesado.

—Siempre tienes que ganar, ¿no? —murmuró él, más cerca de lo que debería.

—¿Y tú no? —replicó ella, sosteniéndole la mirada.

Por primera vez no había público.

No había risas.

No había competencia.

Solo respiraciones aceleradas.

matthew dio un paso más. Emilia no retrocedió.

—No sabes callarte —dijo él en voz baja.

—No contigo.

El espacio entre ellos desapareció sin que ninguno lo planeara. La tensión ya no era discusión. Era algo más peligroso. Más honesto.

Sus miradas bajaron a los labios del otro casi al mismo tiempo.

Y por un segundo —solo uno— el mundo dejó de importar.

Matthew levantó la mano, dudando apenas, rozándome la mejilla. Emilia sintió cómo el corazón le golpeaba el pecho con una fuerza nueva, desconocida.

Estaban a centímetros.

Demasiado cerca.

Y entonces…

Pasos.

Voces acercándose.

Matthew se apartó primero.

Demasiado rápido.

Demasiado brusco.

Como si aquello hubiera sido un error.

—Olvídalo —dijo él, recuperando esa expresión fría que Emilia odiaba.

Y se fue.

Al día siguiente, actuó como si nada hubiera pasado.

Peor aún.

Empezó a ser más sarcástico.

Más provocador.

Más insoportablemente distante.

Se reía con otras chicas.

La interrumpía en clase.

La miraba como si nunca hubiera estado a punto de besarla.

Y Emilia aprendió algo ese año:

El orgullo puede doler más que el rechazo.

Se graduaron sin despedirse.

Sin explicaciones.

Sin saber que lo que casi empezó bajo esas gradas iba a perseguirlos años después.

Porque hay cosas que no se olvidan.

Aunque finjas que sí.




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