Demasiado cerca para ser enemigos

CAPITULO 1

Comenzaba una nueva etapa de mi vida, una donde debo mostrar que todo lo que me proponga lo puedo cumplir, estudiar la carrera de derecho es algo que a mis padres le emocionó demasiado, o eso creo no hubo abrazos exagerados ni celebraciones, solo esa mirada de aprobación que siempre he intentado ganarme.

Desde pequeña he entendido que debo esforzarme para que mis padres estén orgullosos de mí. También he aprendido su manera extraña de amar. Esa en la que no hay abrazos, ni celebraciones, ni palabras que digan “estoy orgullosa de ti”. En casa, el cariño se demuestra con una leve inclinación de cabeza y un “bien hecho” dicho sin emoción.

Puede parecer que somos la familia perfecta.

La hija responsable.

Los padres exitosos.

La casa es impecable.

Pero nada que ver.

Somos personas viviendo bajo el mismo techo, cumpliendo con lo que se espera de nosotros.

Hace diez años, mamá quedó embarazada. Sofí cumplirá diez el próximo mes. Y, aunque su llegada cambió muchas cosas, no puedo negar que estoy realmente feliz de tenerla. Ser hija única, en una casa como la mía, habría sido insoportable.

Con ella todo es distinto.

Papá presta atención.

Mamá sonríe más.

Hay abrazos. Hay risas.

A veces siento celos. Sería mentira decir que no. Nunca fueron así conmigo.

Pero luego la veo correr por la sala, libre de expectativas imposibles, y entiendo algo que me cuesta admitir:

Ella merece una infancia mejor.

Es por eso que estudiar derecho es el mejor plan para mi.

O eso parecía.

La universidad representaba independencia, nuevos comienzos y la oportunidad de construir algo propio. Algo que no estuviera marcado únicamente por expectativas ajenas.

No sabía que también sería el lugar donde el pasado decidiría regresar.

Y mucho menos que tendría el rostro de alguien que juré no volver a mirar.

Caminaba por el pasillo buscando mi salón cuando me topé con una cara inquietantemente familiar.

Por un segundo pensé que estaba alucinando. La noche anterior me quedé despierta hasta tarde con Renata, escribiendo una carta ridículamente cursi para el tarado de su novio —al que, por cierto, odio con todo mi ser— así que no sería raro que mi cerebro estuviera jugándome una mala pasada.

Pero no.

Porque cuando lo tuve frente a frente, justo afuera de la puerta de mi aula, entendí que no era un sueño.

Era él.

Matthew Velasco.

Nuestra mirada se sostuvo más de lo necesario. No sabía nada de él desde hacía años. Años suficientes para convencerme de que lo había superado. Y definitivamente hoy no era el día para reencontrarlo.

—Vaya, pero si es nuestra querida Riva… —dijo con esa voz segura, ligeramente burlona.

La forma en que pronunció mi apellido me hizo apretar la mandíbula.

Sonreí.

De esas sonrisas que no llegan a los ojos.

—Pero si tenemos a Velasco… —respondí con la misma suavidad venenosa.

Sé que odia que lo llamen por su apellido. En el colegio más de uno terminó con un ojo morado por hacerlo. Pero yo no soy “más de uno”.

Y aunque lo fuera…

Dudo que se atreva a tocarme.

¿O sí?

Matthew inclinó ligeramente la cabeza, estudiándome. Como si intentara descifrar si era la misma chica de hace años.

Yo hice lo mismo.

Más alto. Más serio. Más peligroso.

Pero sus ojos seguían siendo los mismos.

Y eso era lo que más me molestaba.

—No sabía que estudiabas aquí —dijo finalmente.

—Tampoco sabía que el destino tenía tan mal sentido del humor.

Su sonrisa se ensanchó.

Y supe, en ese instante, que nada de esto iba a ser fácil.

Entramos al salón a regañadientes. Desde el colegio me cae súper mal, y encontrármelo aquí es un fastidio. Cuando entramos, la mayoría ya tenía puestos; solo quedaban dos al final de la fila.

Renata, por el contrario, no entró hoy a clases porque estaba enferma y por eso faltaba hoy. Al parecer, escribir cursilerías para su novio le afectó el cerebro o algo así. Así que no estaba para guardarme un puesto, y mucho menos para sentarme con ella como siempre lo hemos hecho.

Nos fuimos a sentar. El idiota iba murmurando algo que no se le entendía, pero seguro me andaba maldiciendo. Lo conozco perfectamente.

Al sentarnos, el maestro llegó para darnos nuestra primera clase. Sé que recién empezamos, pero de verdad ahora quiero salir de vacaciones. Venía con toda la actitud, pero al encontrarme con este imbécil todo cambió.

—Bueno, estudiantes, soy su profesor de Introducción al Derecho. Me llamo Augusto.




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