Demasiado Lejos De Ti

Capítulo 31 - Demasiado perfecto

Daniel llevaba nueve días sin equivocarse.

Clara lo sabía porque, aunque le avergonzara reconocerlo, había empezado a contar.

Nueve días.

Nueve días sin una pregunta fuera de lugar.

Sin un «¿con quién estás?».

Sin un «¿por qué no me has contestado?».

Sin comentarios sobre Marta.

Sin bromas acerca de Alejandro Vidal.

Sin fotografías tomadas cuando ella no estaba mirando.

Sin aquella forma extraña de hacer una pregunta que parecía una pregunta pero que, en realidad, ya contenía la respuesta que esperaba recibir.

Daniel simplemente estaba.

Y estar, descubrió Clara, podía ser tremendamente agradable.

El jueves por la mañana había recibido un mensaje suyo a las siete y veintidós.

Daniel: Buenos días.

Clara: Buenos días.

Daniel: Hoy tengo intención de comportarme como una persona normal.

Clara: Eso quiero verlo.

Daniel: Confía en mí.

Clara: Ese mensaje ha reducido bastante mis posibilidades de hacerlo.

Daniel: jajaja

Nada más.

Ni «¿ya estás trabajando?».

Ni «¿con quién desayunas?».

Ni siquiera preguntó qué haría aquella noche.

Clara guardó el móvil dentro del bolso mientras atravesaba los tornos de Vidal Global.

—Milagro.

Levantó la cabeza.

Miguel, el vigilante de seguridad, la miraba desde su puesto.

—¿Qué?

—No estabas mirando el teléfono.

—A veces ocurre.

—Últimamente poco.

Clara le enseñó el bolso.

—Guardado.

—Muy bien.

—Gracias, papá.

Miguel se llevó una mano al pecho.

—Después de todo lo que hago por ti.

—Abrirme un torno.

—Y darte conversación.

—Eso no siempre lo considero un servicio.

Miguel soltó una carcajada.

Clara caminó hacia los ascensores.

Cuando las puertas se abrieron había cuatro personas dentro.

Y Alejandro.

Por supuesto.

Clara entró.

—Buenos días.

Los demás respondieron.

Alejandro hizo un ligero gesto con la cabeza.

—Señorita Martín.

Aquello otra vez.

Señorita Martín.

Llevaba varios días haciéndolo.

Después de semanas en las que había empezado a utilizar Clara con una naturalidad peligrosa, había vuelto al apellido.

A la distancia.

A los treinta y dos pisos que supuestamente debían existir entre ellos.

Clara se colocó junto a la puerta.

Piso nueve.

Dos personas salieron.

Piso catorce.

Otra.

En el diecinueve quedaron solos.

Clara miró los números iluminados.

Veinte.

Veintiuno.

—¿Ha revisado el informe de Valencia? —preguntó Alejandro.

—Sí.

—¿Completo?

Clara giró la cabeza.

—No. Solo he mirado las fotografías.

Alejandro la observó.

—Era una pregunta.

—Y esa era una respuesta.

Durante un instante pareció que iba a sonreír.

No lo hizo.

—Necesito la revisión antes de las doce.

—La tendrá a las once.

—Perfecto.

Silencio.

Veintiséis.

Clara se mordió el interior de la mejilla.

—¿Algo más?

—No.

—Perfecto.

Veintiocho.

—Dice mucho «perfecto» últimamente.

Alejandro la miró.

—¿Perdón?

—Nada.

—Entonces procure no empezar conversaciones que no quiere terminar.

Clara soltó una pequeña risa.

—Curioso consejo.

—¿Por qué?

Las puertas se abrieron.

Piso treinta y dos.

Clara salió.

—Por nada.

Caminó hacia su mesa sin mirar atrás.

Marta ya estaba allí.

La vio llegar.

—¿Otra vez?

Clara dejó el bolso.

—¿Qué?

—Esa cara.

—¿Qué cara?

—La de querer empujar a alguien por una ventana.

—Las ventanas aquí no se abren.

—Vidal Global piensa en todo.

Clara encendió el ordenador.

—Tengo trabajo.

—Eso es un sí.

—Buenos días, Marta.

—Buenos días, asesina.

A las once menos cuarto Clara envió el informe.

A las once y tres recibió respuesta.

Alejandro:

Recibido. Gracias.

Eso fue todo.

Clara miró el correo durante cinco segundos.

—¿Esperabas una declaración de amor? —preguntó Marta.

Clara giró la cabeza.

—¿Tú trabajas alguna vez?

—Muchísimo. Pero observarte requiere pocos recursos.

—Pues redistribúyelos.

Marta sonrió.

—¿Daniel?

Clara volvió a la pantalla.

—¿Qué pasa con Daniel?

—Nada. Pregunto.

—Está bien.

—¿Bien de verdad o bien de «no quiero hablar contigo de esto»?

Clara suspiró.

—Bien de verdad.

Marta asintió.

—Me alegro.

Clara la miró.

—¿Eso es todo?

—¿Qué esperabas?

—No sé. Una teoría.

—Me has pedido que deje de tenerlas.

—Tenerlas puedes. Lo que te he pedido es que no me las recites.

—Entonces estamos progresando.

Clara sonrió.

—Nueve días.

Marta dejó de escribir.

—¿Qué?

—Nada.

—Has dicho nueve días.

—Lleva nueve días sin hacer nada raro.

Marta se quedó mirándola.

Clara se arrepintió inmediatamente de haberlo dicho.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—Esa.

—No estoy haciendo ninguna.

—Marta.

—Solo estaba pensando que en una relación normal nadie cuenta los días que la otra persona lleva comportándose bien.

Clara apoyó la espalda en la silla.

—Sabía que no debía decírtelo.

—No he dicho que Daniel sea un psicópata.

—Gracias por la precisión.

—He dicho que tú estás contando.

Aquello la molestó porque era verdad.

—Quizá cuento porque tú me has metido cosas en la cabeza.

Marta la miró.

No respondió.

Clara bajó la mirada.

—Eso ha sido injusto.

—Un poco.

—Perdón.

—Aceptado.

Marta volvió a trabajar.

Clara también.

A las siete y cuarto de la tarde, Daniel apareció en el vestíbulo.

No le había avisado.




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