El viernes, Daniel canceló la cena.
Clara leyó el mensaje dos veces.
Daniel:
Me ha salido una reunión horrible a última hora. Te debo una cena.
Eso fue todo.
Sin explicaciones interminables.
Sin fotografías.
Sin ubicación.
Sin intentar reorganizar la noche de Clara alrededor de la suya.
Clara: Sobreviviré.
Daniel: Lo sospechaba.
Clara: Pero acumulas deuda.
Daniel: Eso me preocupa más.
Clara sonrió.
Marta levantó la vista desde el escritorio de enfrente.
—¿Daniel?
—Sí.
—¿Qué quiere?
Clara dejó el móvil boca abajo.
—Nada.
—¿Nada?
—Ha cancelado la cena.
Marta parpadeó.
—¿Y estás sonriendo?
—Porque ha sido normal.
—Qué bajo hemos puesto el listón.
Clara suspiró.
—Marta!.
—No he dicho nada.
—Lo has dicho todo.
Marta cerró el documento que estaba revisando.
—¿Quieres que te diga lo que pienso?
—No.
—Perfecto.
Silencio.
Tres segundos.
—Está bien desde hace días —dijo Clara.
Marta siguió mirando la pantalla.
—Me alegro.
—Lo dices como si no te alegraras.
—No. Lo digo como alguien que acaba de recibir instrucciones explícitas de no decir lo que piensa.
Clara la miró.
—Eres insoportable.
—Y tú eres abogada. Estamos acostumbradas a trabajar con defectos.
Clara sonrió a pesar suyo.
—Diez días.
Marta dejó de escribir.
—¿Qué?
Clara se dio cuenta demasiado tarde.
—Nada.
Marta apoyó lentamente las manos sobre la mesa.
—Ayer eran nueve.
—No empieces.
—No he empezado nada.
—Sí.
—Solo me sorprende que sigas contando después de decir que ibas a dejar de hacerlo.
Clara frunció el ceño.
—¿Cómo sabes que iba a dejar de hacerlo?
Marta señaló su cara.
—Porque te conozco.
—Eso empieza a darme miedo.
—Debería.
Clara volvió a mirar la pantalla.
A las siete, Marta se levantó.
—¿Qué harás?
—Nada.
—Ven a cenar.
Clara levantó la cabeza.
—¿Dónde?
—A casa.
—¿Con Laura?
Marta asintió.
—Y Claudia. Aunque probablemente Claudia nos ignore porque ha descubierto que hablar con adultos reduce su esperanza de vida.
Clara sonrió.
—No quiero molestar.
—No molestas.
—Es viernes.
—Precisamente.
Marta cogió el bolso.
—Además, Laura hace una lasaña que podría solucionar conflictos internacionales.
—Eso es una afirmación bastante seria.
—Soy abogada. Tengo pruebas.
Clara dudó.
Su primera reacción fue mirar el móvil.
Marta lo vio.
No dijo nada.
Clara lo dejó sobre la mesa.
—Vale.
—¿Vale qué?
—Voy.
—Bien.
—Pero como la lasaña sea congelada, nuestra amistad termina hoy.
—Asumo el riesgo.
A las nueve menos cuarto Clara estaba sentada en el comedor de Marta escuchando a Claudia explicar durante seis minutos por qué su profesora de matemáticas tenía «claramente algo personal» contra ella.
—Me ha puesto un seis.
Laura apareció desde la cocina con una fuente.
—Porque has sacado un seis.
—Eso es discutible.
—Había diez preguntas.
—Exacto.
—Acertaste seis.
Claudia levantó un dedo.
—Según ella.
Clara intentó no reír.
—No la animes —dijo Laura.
—Yo no he hecho nada.
—Tu cara la está animando.
Marta entró con una botella de vino.
—¿Seguimos hablando de la conspiración matemática?
—Mamá, tú eres abogada.
—Precisamente por eso sé cuándo un caso está perdido.
Claudia cruzó los brazos.
—Nadie me apoya en esta familia.
Laura dejó la lasaña sobre la mesa.
—Te apoyamos muchísimo. Pero las matemáticas tienen esa manía de necesitar respuestas correctas.
—Sistema opresor.
Clara soltó una carcajada.
—¿Ves? Clara está de acuerdo conmigo.
—Clara no ha dicho nada —respondió Marta.
—Porque tiene miedo.
—Muchísimo —dijo Clara.
Claudia la señaló.
—Tú me entiendes.
—Perfectamente.
—Traición —murmuró Marta.
La cena continuó entre bromas.
Y Clara se dio cuenta de algo.
Estaba relajada.
De verdad.
No pensando en Alejandro.
No esperando un mensaje de Daniel.
No intentando decidir si algo era normal o no.
Simplemente cenando.
A las diez y treinta y siete vibró su teléfono.
Daniel.
¿Sigues en casa de Marta?
Clara miró el mensaje.
No había nada extraño en él.
Nada.
Había mencionado por la tarde que probablemente cenaría allí.
Respondió.
Clara:
Sí. La lasaña ha resultado ser una trampa. No puedo moverme.
Daniel: jajaja
Daniel: Pásalo bien.
Clara dejó el teléfono.
Marta lo había visto.
No dijo nada.
Precisamente por eso Clara habló.
—Daniel.
—No he preguntado.
—Ya.
—¿Todo bien?
—Sí.
Marta asintió.
Fin.
Clara sonrió.
—¿Qué?
—Nada.
—Ahora eres tú la que hace eso.
—Estoy sorprendida.
—¿De qué?
—De que hayas conseguido estar cinco segundos sin opinar.
Marta levantó la copa.
—Estoy madurando.
—No exageremos.
Laura miró a ambas.
—¿Me estoy perdiendo algo?
—Muchas cosas —respondió Marta.
—Perfecto. Quiero seguir así.
A las once, Claudia apareció con el pijama puesto.
—Buenas noches.
Besó a Laura.
Después a Marta.
Cuando llegó a Clara se detuvo.
—¿Tú duermes aquí?
Clara soltó una carcajada.
—No.
—Podrías.
—Claudia —dijo Marta.
—¿Qué?
—A dormir.
La niña miró a Clara.
—Hay sofá.
—Gracias por la oferta.
—Son veinte euros.
—¡Claudia!
Salió corriendo por el pasillo.
Laura cerró los ojos.