El lunes comenzó mal.
No por Daniel.
Por Alejandro.
Clara llegó a Vidal Global a las siete y cincuenta y cuatro.
Había dormido poco.
Otra vez.
El sábado finalmente no había quedado con Daniel.
Habían intercambiado cuatro mensajes durante todo el día y ninguno había provocado una discusión.
El domingo, algo parecido.
Daniel había cumplido exactamente lo que había prometido.
Espacio.
Nada de preguntas.
Nada de aparecer sin avisar.
Nada de pedir explicaciones.
Y, sin embargo, Clara había pasado buena parte del fin de semana pensando en él.
Aquello la irritaba.
Porque cuando Daniel preguntaba demasiado, le molestaba.
Y cuando no preguntaba, lo echaba de menos.
—Estupenda manera de volverte loca —murmuró.
—¿Perdón?
Clara levantó la cabeza.
Miguel la miraba desde el control de seguridad.
—Nada.
—Últimamente hablas mucho sola.
—Es la única persona razonable que encuentro a estas horas.
—Gracias.
Clara sonrió.
—Buenos días, Miguel.
—Buenos días.
Pasó los tornos.
—Clara.
Se volvió.
—¿Qué?
Miguel señaló su mano.
Clara miró.
Llevaba el vaso de café vacío.
—¿Y?
—Llevas intentando tirar eso en el lector de tarjetas desde que has llegado.
Clara miró el torno.
Después el vaso.
—No has visto nada.
—Absolutamente nada.
—Bien.
Lo tiró en una papelera y caminó hacia los ascensores.
A las ocho y cuarenta y siete Marta dejó una carpeta sobre su mesa.
—Reunión a las nueve.
Clara levantó la mirada.
—¿Qué reunión?
—Valencia.
—Era mañana.
—Era.
—¿Quién la ha cambiado?
Marta la miró.
Clara cerró los ojos.
—Vidal.
—Perfecto.
—No parece que te lo parezca.
—Porque no me lo parece.
Cogió la carpeta.
—¿Está Elena?
—Sí.
—¿Finanzas?
—También.
—¿Y por qué tengo la sensación de que esto va a ser divertido?
Marta sonrió.
—Porque todavía conservas esperanza.
A las nueve y cinco Alejandro reunió al equipo principal del proyecto.
A las nueve y siete desmontó en veinte minutos de presentación de Clara con cuatro preguntas.
A las nueve y doce pidió modificar dos escenarios financieros.
A las nueve y dieciséis cuestionó una proyección que él mismo había aprobado la semana anterior.
Y a las nueve y veintitrés Clara dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—¿Hay algún problema con mi trabajo?
La sala quedó en silencio.
Elena Robles levantó ligeramente la cabeza.
Marta dejó de escribir.
Uno de los analistas de Finanzas pareció descubrir de repente un enorme interés por sus propios zapatos.
Alejandro miró a Clara.
—Si lo hubiera, se lo diría.
—Entonces no entiendo esta reunión.
—Estamos revisando el proyecto.
—No. Está revisando mi parte del proyecto.
Alejandro apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Porque es la parte que estamos tratando ahora.
—Llevamos veintitrés minutos tratándola.
Elena intervino.
—Clara!.
Pero Alejandro levantó una mano.
—Déjela.
Clara sintió cómo se le calentaban las mejillas.
—Si hay algo mal, dígamelo.
—La previsión del tercer trimestre es demasiado optimista.
—Es exactamente la misma previsión que aprobó usted el jueves.
Silencio.
Alejandro sostuvo su mirada.
—Han cambiado variables.
—¿Cuáles?
—Clara!.
—No. Quiero saberlo.
Marta miró alternativamente a ambos.
Alejandro abrió el informe.
—Página cuarenta y siete.
Clara la abrió.
—La tengo.
—Coste de financiación.
—Actualizado el viernes.
Alejandro miró la cifra.
Silencio.
Clara esperó.
Elena también.
Alejandro pasó una página.
Volvió atrás.
Miró su copia.
Después la de Clara.
Cerró el informe.
—Tiene razón.
Nadie respiró durante aproximadamente tres segundos.
—¿Perdón? —dijo Clara.
—La cifra está actualizada. Mi copia no.
Clara se recostó en la silla.
—Entonces quizá deberíamos revisar su documentación antes que mi trabajo.
Marta bajó la cabeza.
Probablemente para esconder una sonrisa.
Elena cerró los ojos durante un instante.
Alejandro miró a Clara fijamente.
Y, contra todo pronóstico, sonrió.
Muy poco.
—Probablemente.
La tensión de la sala se desinfló.
Elena carraspeó.
—¿Podemos continuar antes de que alguno de vosotros saque un arma?
Marta levantó la mano.
—Yo he pasado el control de seguridad.
Elena la miró.
—No ayudes.
La reunión continuó.
Pero algo había cambiado.
Alejandro dejó de cuestionar cada frase de Clara.
No porque ella hubiera ganado.
Clara odiaba pensar en las reuniones como algo que se ganaba o perdía.
Simplemente volvieron a trabajar.
Como antes.
Como si durante aquellos veinte minutos no hubiera habido algo más que números encima de la mesa.
La reunión terminó a las diez y diez.
Clara salió con el portátil pegado al pecho.
Marta la alcanzó.
—Eso ha sido precioso.
—Cállate.
—«Quizá deberíamos revisar su documentación antes que mi trabajo».
—Marta!.
—He sentido orgullo.
—Era un error suyo.
—Precisamente.
—¿Qué debía hacer? ¿Pedirle perdón?
—No.
Marta pulsó el botón del ascensor.
—Pero quizá no era necesario arrancarle la cabeza delante de Finanzas.
—Sigue teniendo cabeza.
—Por poco.
Las puertas se abrieron.
—Martín.
Clara se detuvo.
Marta la miró.
—Buena suerte.
—Cobarde.
Alejandro venía detrás.
—Mi despacho.
—Tengo trabajo.
—Cinco minutos.
—Eso dicen siempre.