Daniel no escribió aquella tarde.
Ni aquella noche.
Tampoco a primera hora de la mañana siguiente.
Clara comprobó el móvil más veces de las que estaba dispuesta a admitir.
A las siete y doce.
Nada.
A las siete y cuarenta.
Nada.
A las ocho y cinco, mientras esperaba el ascensor de Vidal Global.
Nada.
Guardó el teléfono.
Lo volvió a sacar antes de que abrieran las puertas.
—Esto es ridículo.
—¿Qué?
Clara dio un pequeño salto.
Miguel estaba detrás del mostrador.
—¿Tú apareces de la nada?
—Llevo aquí diez minutos.
—Pues haz ruido.
—Buenos días.
—Buenos días.
Miguel miró el teléfono que Clara todavía tenía en la mano.
—¿Problemas?
Ella lo guardó.
—Ninguno.
—Perfecto.
Clara lo señaló.
—¿Tú también?
—¿Yo también qué?
—Nada.
Miguel la observó entrar en el ascensor.
—Necesitas vacaciones.
—Muchísimo.
A las once y cuarto recibió finalmente un mensaje.
Daniel: ¿Podemos hablar?
Clara lo leyó.
No respondió inmediatamente.
Cinco minutos después llegó otro.
Daniel: Cuando quieras. No voy a aparecer allí.
Aquello consiguió exactamente el efecto que probablemente pretendía.
Clara se sintió culpable.
Y se enfadó por sentirse culpable.
Clara: Después del trabajo.
Daniel: Gracias.
Quedaron en una cafetería a tres calles de Vidal Global.
Lugar público.
Terreno neutral.
Clara se dio cuenta de que había pensado esas dos expresiones y se enfadó consigo misma.
No iba a encontrarse con un desconocido peligroso.
Era Daniel.
El hombre que había cenado con su madre.
El que podía hacerla reír hasta que le dolía el estómago.
El que recordaba cómo tomaba el café.
El que se había equivocado varias veces.
Y también el que parecía estar intentando corregirse.
Las dos cosas podían ser verdad.
Aquello era lo complicado.
Daniel ya estaba sentado cuando llegó.
Se levantó.
No intentó besarla.
—Hola.
—Hola.
Clara se sentó.
Daniel había pedido agua.
Nada más.
—No voy a darte un discurso —dijo.
—Bien.
—Porque creo que ya hemos hablado suficiente.
Clara esperó.
Daniel miró sus manos.
—Ayer sentí celos.
—Lo sé.
—Y reaccioné mal.
Clara permaneció callada.
—Cuando vi a Vidal salir del ascensor…
Se detuvo.
—Me entró miedo.
—Eso ya me lo dijiste.
—Sí.
Daniel levantó la mirada.
—Pero ayer no supe explicarlo.
—Inténtalo ahora.
Daniel respiró.
—No sé quién es ese hombre para ti.
—Mi jefe.
Daniel sonrió ligeramente.
—Clara.
—¿Qué?
—Los dos sabemos que no me refiero a eso.
Ella sintió tensión en los hombros.
—Ten cuidado.
—No estoy diciendo que haya ocurrido nada.
—Porque no ha ocurrido.
—Lo sé.
Aquello era nuevo.
Lo sé.
No «eso dices».
No «seguro».
No una pregunta disfrazada.
—Pero sé que hay algo.
Clara no respondió.
Daniel tampoco insistió.
—No necesito saber qué —añadió.
—Entonces ¿qué necesitas?
Él pensó unos segundos.
—Aprender a vivir con que quizá haya partes de ti que todavía no entiendo.
Clara lo miró.
Aquella respuesta no era la que esperaba.
—Eso ha sonado muy maduro.
—Llevo toda la noche ensayando.
Ella soltó una pequeña risa.
—Idiota.
—Muchísimo.
Daniel volvió a ponerse serio.
—Lo que necesito aprender es que sentir miedo no me da derecho a convertirlo en un problema tuyo.
Clara permaneció inmóvil.
Aquello era exactamente lo que habría querido escuchar.
—¿Quién eres y qué has hecho con Daniel?
Él sonrió.
—Lo tengo encerrado en un sótano.
Clara se rio.
La tensión disminuyó ligeramente.
—No vuelvas a aparecer cuando te digo que prefiero ir yo.
—No lo haré.
—Y no quiero interrogatorios sobre Alejandro.
Daniel tardó un segundo.
—Vale.
—Ni sobre Marta.
—Vale.
—Ni sobre cuánto tardo en volver a casa.
Esta vez fueron dos segundos.
—Vale.
Clara lo observó.
—¿Seguro?
—No.
La respuesta la sorprendió.
Daniel continuó:
—Seguro no. Me costará.
—Eso no me tranquiliza demasiado.
—Déjame terminar.
Clara hizo un gesto con la mano.
—Adelante.
—Que me cueste no significa que tenga derecho a hacerlo. Significa que tendré que aprender.
Clara sintió que algo se ablandaba dentro.
—Eso está mejor.
—Gracias. He pagado mucho por el curso.
Ella sonrió.
Daniel alargó una mano sobre la mesa.
No tocó la suya.
La dejó allí.
Esperando.
Clara miró aquella mano.
Después colocó la suya encima.
Daniel entrelazó los dedos.
—¿Seguimos?
Clara lo miró.
—Seguimos.
Él sonrió.
—¿Cena el viernes?
—Sí.
—¿Elijo yo?
—Depende.
—¿De qué?
—De si has aprendido que la tortilla lleva cebolla.
Daniel cerró los ojos.
—Joder.
Clara comenzó a reír.
—No aprendes.
—Dame tiempo.
—Eso estoy haciendo.
Daniel levantó la mirada.
La frase había salido sin intención.
Pero ambos la escucharon.
Dame tiempo.
Daniel apretó ligeramente sus dedos.
—Gracias.
Clara no respondió.
⸻
El resto de la semana fue sorprendentemente normal.
El miércoles Daniel envió dos mensajes.
El jueves, tres.
Ninguno preguntando dónde estaba.
Ninguno sobre Alejandro.
El viernes por la mañana Clara encontró una fotografía en su teléfono.
Una tortilla.
Con una cantidad absurda de cebolla.
Daniel: Estoy estudiando.
Clara: Eso es una ensalada de cebolla.