Clara apenas tuvo tiempo de escuchar la llave girando.
Daniel abrió la puerta y, antes de que pudiera decir hola, algo grande, oscuro y extraordinariamente entusiasmado apareció detrás de él.
—¡Bruno, quieto!
Bruno no estuvo quieto.
El perro salió disparado hacia Clara y ella retrocedió por puro instinto.
—¡Hostia!
Daniel consiguió agarrarlo por el collar justo antes de que le plantara las dos patas delanteras encima.
—¡Bruno!
Clara empezó a reír.
—¡Pero bueno, Bruno! ¿Así saludas a las viejas amigas?
—Este delincuente lleva días preparando su gran regreso —dijo Daniel.
El perro movía la cola con tanta fuerza que parecía utilizar todo el cuerpo para hacerlo.
Clara lo miró.
—Un momento.
Después miró a Daniel.
—He estado aquí varias veces desde aquella primera cena. ¿Dónde demonios se había metido este animal?
Daniel sonrió.
—En casa de mi hermana.
—¿Tu hermana? Me habías hablado de ella, pero no sabía que Bruno estaba allí.
Daniel sonrió.
—Sí. Lucía. Ya te contaré más de ella.
—Pues podrías haberme dicho dónde estaba Bruno.
—Cuando dejaras de interrogarme sobre el perro.
Clara señaló a Bruno.
—Primero el perro.
Daniel soltó finalmente el collar.
—Mi sobrino se llama Hugo y tiene seis años. Está enamorado de Bruno y llevaba semanas pidiéndome que se lo dejara unos días.
Bruno volvió a acercarse a Clara, esta vez con algo menos de violencia.
Ella extendió una mano.
El perro la olfateó.
—Además —continuó Daniel—, estas últimas semanas he tenido bastante trabajo. Algunos días llegaba tardísimo y preferí que estuviera con Lucía y Hugo antes que dejarlo aquí solo doce horas.
Clara empezó a acariciarlo.
—¿Y Hugo es el niño de la moneda en el coche?
—El mismo. Mi sobrino.
—Así que tu hermano sigue en Valencia, tu hermana se llama Lucía, tu sobrino Hugo y llevas semanas sin decirme que Bruno estaba con ellos.
—Bruno sigue pesando veintiocho.
Clara levantó la mirada.
—Eso es lo que te preocupa de toda la frase.
—Me gusta ser preciso.
Bruno apoyó la cabeza contra la pierna de Clara.
Ella sonrió.
—Hola, guapo.
Daniel arqueó una ceja.
—Llevas aquí treinta segundos y ya vuelves a faltarme al respeto en mi propia casa.
—No hablaba contigo.
—Eso es precisamente lo preocupante.
Clara se agachó.
Bruno aprovechó para lamerle la mejilla.
—¡Puaj! ¡Bruno!
Daniel comenzó a reír.
—No se ha olvidado de ti.
—Tiene buen gusto.
—No sabes hasta qué punto vas a arrepentirte de haber dicho eso.
Clara siguió acariciándolo.
Entonces levantó la mirada hacia Daniel.
—Espera.
—¿Qué?
—¿Cómo puede ser que, aparte de lo que contaste aquella noche en casa de mi madre, yo sepa tan poco de tu familia?
Daniel dejó de sonreír.
No completamente.
Pero lo suficiente.
Y Clara se dio cuenta de algo que hasta aquel momento no se había planteado.
Daniel conocía a Elena.
Había cenado en su casa.
Conocía a Marta.
Sabía dónde trabajaba Clara.
Quién era su jefe.
Conocía sus horarios, sus costumbres y muchas cosas de su vida.
Sabía que Daniel tenía un hermano en Valencia, una hermana y un sobrino. Pero hasta aquella tarde no había puesto nombres ni historias a buena parte de esa familia, y por fin entendía dónde había estado Bruno.
—Daniel.
—¿Qué?
Clara se incorporó.
—Creo que tú y yo tenemos una conversación pendiente.
Daniel la observó durante un instante.
Después miró a Bruno.
—La has cagado.
Bruno movió la cola.
—No intentes implicar al perro —dijo Clara.
—Ha empezado él.
—Daniel.
—Vale.
Se apartó de la puerta.
—Pasa.
Clara entró.
Bruno la siguió.
Daniel cerró detrás de ellos.
—¿Quieres beber algo?
—Quiero información.
—Eso no está en la nevera.
—Pues busca.
Daniel sonrió.
—Cerveza, vino, agua…
—Vino.
—Esto va en serio.
—Muchísimo.
Daniel caminó hacia la cocina.
Clara lo siguió.
Bruno también.
Daniel abrió la nevera.
Bruno se sentó.
—Mira qué obediente ahora —dijo Clara.
—Porque sabe que aquí está el jamón.
—Inteligente.
Daniel sacó una botella.
—¿Blanco?
—Sí.
Sirvió dos copas.
Clara cogió la suya.
—Empieza.
—¿Por dónde?
—Hermana.
—Lucía. Treinta y dos años.
—¿Mayor o menor?
—Menor.
—¿Cuántos años os lleváis?
—Tres.
—¿Os lleváis bien?
—Ahora sí.
Clara levantó una ceja.
—Ese «ahora» tiene historia.
Daniel bebió.
—De pequeños nos odiábamos.
—Eso dicen todos los hermanos.
—Lucía me abrió la ceja con un mando a distancia.
Clara soltó una carcajada.
—¿Qué le hiciste?
—¿Por qué asumes que hice algo?
—Porque ya te conozco.
—Me parece ofensivo.
—¿Qué le hiciste?
Daniel pensó.
—Creo que le escondí una muñeca.
—Te lo merecías.
—Tenía once años.
—Te lo merecías con once años.
—Me pusieron cuatro puntos.
Clara se rio todavía más.
—No tiene gracia.
—Muchísima.
Daniel señaló una pequeña cicatriz junto a la ceja.
—Aquí.
Clara se acercó.
—Nunca la había visto.
—Porque soy extremadamente atractivo y distraigo la atención.
—Claro.
Clara pasó suavemente un dedo por la cicatriz.
Daniel dejó de bromear.
Sus miradas se encontraron.
Durante un segundo ninguno dijo nada.
Bruno ladró.
Los dos se separaron.
Clara miró al perro.
—Gracias.
Daniel negó con la cabeza.
—Te dije que ibas a arrepentirte.
—¿Hugo es hijo de Lucía?
—Sí.
—¿Y su padre?