Demasiado Lejos De Ti

CAPÍTULO 36 — UNA FAMILIA NORMAL

La primera vez que Daniel me habló de su familia, pensé que estaba intentando explicarme de dónde venía.

La segunda, empecé a sospechar que también quería enseñarme adónde esperaba llegar.

Y las dos cosas, aunque parecieran lo mismo, no lo eran.

Aquella noche, Bruno decidió que mi presencia en el sofá de su dueño constituía un acontecimiento extraordinario.

Lo demostró colocando la cabeza sobre mis rodillas, cerrando los ojos y negándose a moverse incluso cuando Daniel intentó recuperar el espacio que le correspondía.

—Creo que he perdido mi sitio —comentó.

—Tu perro tiene buen gusto.

—Mi perro es un interesado.

Bruno levantó una oreja.

—No le hables así —protesté—. Es muy sensible.

—Hace diez minutos ha intentado comerse el envoltorio de un queso.

—Nadie es perfecto.

Daniel sonrió.

Me gustaba verlo así. Sin la preocupación que a veces aparecía detrás de sus preguntas. Sin esa necesidad de saber exactamente dónde estaba yo, con quién había hablado o por qué había tardado en responder a un mensaje.

Aquella noche parecía tranquilo.

Y yo también.

—Mi hermana te va a adorar —dijo de pronto.

—Eso es mucho suponer.

—Lucía adora a cualquiera que consiga que Bruno se quede quieto.

—Entonces tengo posibilidades.

—Y Hugo probablemente querrá casarse contigo.

Lo miré.

—¿Tu sobrino?

—Tiene seis años. Todavía no entiende demasiado bien el concepto de matrimonio.

—Me parece que tu familia tiene unas expectativas bastante preocupantes.

Daniel se echó a reír.

Después me apartó un mechón de pelo de la cara.

Fue un gesto sencillo. De esos que empiezan a resultar familiares antes de que una se dé cuenta.

—Hablo en serio, Clara. Me hace ilusión que los conozcas.

—Lo sé.

—¿Y a ti?

Miré a Bruno. Era una pregunta fácil. O debería haberlo sido.

—Me apetece —contesté—. Pero también me pone un poco nerviosa.

—¿Por qué?

—Porque conocer a la familia de alguien significa algo.

—Claro que significa algo.

Lo dijo sin vacilar. Y aquella seguridad me produjo una mezcla extraña de ternura y vértigo.

—Daniel…

—No estoy pidiéndote que te cases conmigo.

—Menos mal. No he traído la documentación.

Se rio.

—Solo quiero que conozcas a las personas que quiero.

Me quedé observándolo. Había algo profundamente atractivo en un hombre capaz de decir aquello sin avergonzarse.

—Entonces iré encantada.

Daniel me besó. Fue un beso lento, tranquilo, sin ninguna urgencia.

Cuando nos separamos, Bruno abrió los ojos y dejó escapar un gruñido que sonó sospechosamente a protesta.

—Está celoso —dije.

—Muchísimo.

—Deberías hablar con él.

Daniel me miró con una sonrisa.

—Créeme, Clara. En esta casa ya hay suficientes conversaciones sobre celos.

No respondí inmediatamente. Porque no sabía si estaba haciendo una broma. Y porque, por primera vez en toda la noche, me acordé de algunas de nuestras conversaciones anteriores.

Pero Daniel volvió a acariciarme la mejilla y el momento desapareció.

O decidí dejarlo desaparecer.

***

Aquella noche regresé a casa con una sensación extraña. Había pasado unas horas agradables con Daniel, nos habíamos reído y habíamos hablado de su familia. Sin embargo, aquella broma sobre los celos seguía rondándome la cabeza.

Me dije que estaba exagerando. Que no tenía sentido buscar significados ocultos en cada comentario.

A la mañana siguiente, el trabajo consiguió apartar aquellas dudas de mis pensamientos. Tenía bastante documentación pendiente y Elena Robles esperaba que avanzáramos con el proyecto antes del viernes.

A las once y diecisiete, Alejandro Vidal me pidió que entrara en su despacho.

Llevaba toda la mañana concentrada en la documentación de un proyecto que Elena Robles quería revisar antes del viernes.

Habíamos avanzado bastante durante las últimas semanas y, aunque todavía me sorprendía pensar en ello, empezaba a sentir que mi trabajo ya no consistía únicamente en organizar la agenda de otra persona.

Estaba aprendiendo. Y me gustaba. Mucho.

Alejandro estaba de pie junto a la ventana cuando entré.

—¿Me necesitaba?

Se volvió. Durante un instante tuve la impresión de que iba a decir algo distinto de lo que finalmente dijo.

—Sí, Clara. Siéntese, por favor.

El trato de usted. Otra vez.

Había días en que parecía utilizarlo para recordarme que existía una distancia entre nosotros. Otros, para recordárselo a sí mismo.

Me senté.

—He hablado con Elena Robles —comenzó—. Está satisfecha con su evolución.

—Me alegro.

—Y yo también.

No supe qué contestar.

Alejandro dejó una carpeta sobre la mesa.

—Quiero que participe en la presentación del proyecto de la próxima semana.

Lo miré sorprendida.

—¿En la presentación?

—Sí.

—Pensaba que asistiría únicamente Elena.

—Elena dirigirá la reunión. Pero usted ha trabajado en una parte importante de la documentación y me parece razonable que pueda explicarla.

Sentí una alegría inmediata. De esas que aparecen antes de que una tenga tiempo de disimularlas.

—Muchas gracias.

—No tiene que agradecérmelo. Se lo ha ganado.

Sonreí. Y él también.

Fue una sonrisa pequeña. Pero durante un segundo me recordó al Alejandro de antes. Al hombre que, sin proponérselo o quizá proponiéndoselo demasiado, había conseguido que me enamorara de él.

—Prepararé todo lo necesario —dije.

—Estoy seguro.

Recogí la carpeta.

Ya estaba levantándome cuando volvió a hablar.

—Clara.

Me detuve.

—¿Sí?

Alejandro pareció dudar.

—¿Está bien?

La pregunta me sorprendió.

—Sí, claro.

—Me alegro.

Esperé. No añadió nada.

—¿Alguna cosa más?

Negó con la cabeza.




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