El domingo empezó con una pregunta que mi madre formuló mientras yo intentaba decidir si una blusa blanca era demasiado seria para conocer a los padres de Daniel.
—¿Tú estás contenta?
Me volví con la percha en la mano.
—¿Con la blusa?
—Con Daniel, hija. La blusa no me preocupa tanto.
Mi madre estaba sentada en el borde de mi cama, doblando una toalla que no necesitaba doblarse. Era una de sus maneras de acompañarme sin parecer que estaba vigilándome.
—Sí —respondí—. Estoy contenta.
—Entonces ponte la azul.
—¿Qué tiene que ver una cosa con la otra?
—Nada. Pero te queda mejor.
Dejé escapar una carcajada. Elena Martín tenía sesenta años, una paciencia limitada para las indecisiones y la desconcertante capacidad de resolver conversaciones sentimentales con una recomendación sobre ropa.
—¿Estás nerviosa? —preguntó.
—Un poco.
—Eso es normal. Vas a entrar en una casa donde todos se conocen desde hace años y tú eres la nueva.
—Gracias. Ahora estoy muchísimo más tranquila.
—Escúchame, Clara. No tienes que conseguir que te quieran todos en una tarde.
Me senté a su lado.
—¿Y si no les gusto?
—Entonces será una pena para ellos.
Lo dijo con tanta naturalidad que tuve que abrazarla.
—Te quiero, mamá.
—Ya lo sé. Pero ponte la azul antes de que llegues tarde.
***
Daniel me esperaba junto a su coche con dos cafés de cartón y una expresión que interpreté como una mezcla de ilusión y falta de sueño.
—Uno sin azúcar —dijo, ofreciéndome el mío.
—Empiezas bien.
—Llevo días estudiando para este examen.
—¿El de conocer a tus padres?
—El de no ponerme nervioso mientras tú los conoces.
Le di un beso. Después me fijé en una bolsa de papel colocada en el asiento trasero.
—¿Qué llevas ahí?
—Una tarta. Mi madre ha dicho que no lleve nada y he decidido desobedecerla.
—Eso suele funcionar muy bien con las madres.
—La tuya me dio de cenar como si llevara una semana sin comer.
—Y todavía piensa que te quedaste con hambre.
Arrancamos entre bromas. Al principio hablamos de Hugo, que el día anterior me había explicado durante diez minutos por qué algunos dinosaurios tenían plumas. Luego Daniel me contó que Lucía le había escrito para decirle que le había caído bien.
—¿Solo bien? —pregunté.
—En su idioma eso significa que te adoptaría.
—¿Y tú qué has contestado?
—Que se busque a otra persona a quien adoptar. Yo te conocí primero.
Sonreí, aunque noté una pequeña punzada de incomodidad que no supe explicar. Daniel debió de advertir algo en mi silencio.
—Es una broma, Clara.
—Lo sé.
—No quería sonar posesivo.
—No has dicho nada terrible.
—A veces pienso demasiado en cómo digo las cosas contigo.
Miré la carretera. No me gustaba que se sintiera obligado a medir cada frase, pero tampoco quería ser yo quien tuviera que tranquilizarlo siempre.
—Podemos hablar con normalidad —dije—. Si algo me molesta, te lo diré.
Daniel asintió.
—Eso me gusta de ti.
Y continuamos el trayecto escuchando una emisora en la que un locutor parecía convencido de que todas las canciones mejoraban si hablaba encima de ellas.
***
La casa de Mercedes y Javier estaba en una calle tranquila, con árboles a ambos lados y un pequeño jardín delantero que alguien cuidaba con una dedicación admirable.
Antes de llamar, Daniel me cogió la mano.
—¿Preparada?
—Si tu padre me pregunta de fútbol, voy a fingir una urgencia médica.
—Le gustan más las noticias.
—Eso puede ser peor.
No llegamos a tocar el timbre. La puerta se abrió y una mujer de pelo corto, canoso en las sienes, apareció secándose las manos con un paño de cocina.
—¡Por fin! —exclamó—. Ya pensaba que os habíais perdido.
Daniel miró el reloj.
—Mamá, faltan diez minutos para la hora.
—Pues habéis llegado diez minutos antes de que me preocupe de verdad.
Me miró y sonrió de una manera que me hizo olvidar parte de los nervios.
—Tú debes de ser Clara. Soy Mercedes. Pero llámame Merche, por favor.
Me dio dos besos y me tomó de las manos un instante, como si quisiera asegurarse de que estaba cómoda.
—Encantada. Gracias por invitarnos.
—Gracias a ti por venir. Pasa, que se nos enfría todo.
—Todavía no es hora de comer —protestó Daniel.
—Por eso he dicho que pases, no que te sientes.
Me reí. Merche también.
En el recibidor había fotografías familiares, una planta enorme y un paragüero lleno de paraguas que, por su aspecto, llevaban años esperando una tormenta. En una de las fotos reconocí a Daniel mucho más joven, con Lucía a su lado y un niño que debía de ser su hermano de Valencia.
—No mires esa —dijo Daniel a mi espalda.
—¿Por qué? Estás guapísimo.
—Llevaba un flequillo espantoso.
—Era la moda —intervino Merche.
—Mamá, no me ayudes.
Desde el salón llegó una voz masculina.
—¿Habéis terminado de discutir en la puerta?
Javier apareció con unas gafas en la mano y una camisa remangada. Tenía los mismos ojos oscuros que Daniel y una manera de observar a las personas que me recordó a mi pareja antes incluso de que sonriera.
—Clara, bienvenida —dijo, estrechándome la mano—. Por fin conocemos a la mujer de la que tanto habla este muchacho.
—Papá —murmuró Daniel.
—¿Qué? Es verdad.
—Encantada —respondí—. Prometo no pedirle un informe completo.
Javier soltó una risa breve.
—Tiene sentido del humor. Nos vendrá bien.
***
Lucía y Hugo llegaron poco después. Hugo entró anunciando que había llevado un dinosaurio nuevo, aunque nadie se lo había preguntado.
—¡Clara! —gritó al verme—. ¡Mira!
Me mostró una figura verde con una mandíbula desproporcionada.
—Impresionante.
—Es un carnotauro. Tiene cuernos.