Demasiado Lejos De Ti

CAPÍTULO 38 — LAS COSAS QUE ELEGIMOS

El lunes descubrí que conocer a la familia de alguien tenía consecuencias inesperadas.

La primera fue que mi madre desayunó una tostada con el aceite que Mercedes nos había regalado y declaró que aquella mujer debía de ser una santa.

La segunda fue que Marta quiso saber absolutamente todo.

Y la tercera, la más sorprendente, fue que yo llegué a Vidal Global pensando en mi trabajo.

No en Daniel.

No en Alejandro.

En mi trabajo.

A veces una revolución empieza de una forma bastante poco espectacular.

—¿Qué tal el aceite? —pregunté mientras recogía mi taza.

Mi madre cerró los ojos con expresión de experta.

—Magnífico.

—Es aceite de oliva, mamá.

—Hay aceites y aceites.

—¿Quieres que le pida a Mercedes que te adopte?

—No estaría mal. Parece que cocina mejor que tú.

Me llevé una mano al pecho.

—Eso ha dolido.

—La verdad suele hacerlo.

La besé en la mejilla antes de salir. En el ascensor miré el móvil. Daniel me había escrito hacía veinte minutos.

«Buenos días, preciosa. ¿Has descansado?»

Contesté mientras esperaba que se abrieran las puertas.

«Muy bien. Mi madre ya está enamorada de tu madre. Que tengas buen día».

Guardé el teléfono sin esperar respuesta.

No porque no quisiera hablar con él. Simplemente tenía una reunión a primera hora, una presentación que preparar y una lista de tareas que no iba a completarse sola.

Me gustó darme cuenta de que podía querer verlo y, al mismo tiempo, tener prisa por llegar a otro sitio.

***

Marta me esperaba junto a la máquina de café con dos vasos de cartón.

—Uno es para ti —anunció—. El otro también, si me cuentas lo del domingo.

—¿No podríamos empezar con un buenos días?

—Buenos días. Habla.

Cogí uno de los vasos.

—Son encantadores.

—Eso no es una historia, Clara. Eso es una reseña.

Le hablé de Mercedes, de su costumbre de ofrecer comida antes de preguntar si alguien tenía hambre, de Hugo y de la seriedad con la que había defendido su dibujo, de Lucía y de aquella facilidad suya para convertir una anécdota familiar en una comedia.

Marta sonrió varias veces. Después me preguntó por Javier.

—Más reservado —dije—. Tiene una manera muy particular de hablar. Como si estuviera acostumbrado a que los demás terminaran escuchándolo.

—¿Y lo escuchan?

Pensé en la mesa del domingo. En algunas bromas que habían quedado suspendidas durante un segundo. En Daniel cambiando de tema con una habilidad que seguramente había aprendido hacía años.

—A veces.

—¿Te incomodó?

—No exactamente. Es difícil explicarlo. No hizo nada grave.

Marta removió su café.

—Entonces no hace falta ponerle una etiqueta. Acabas de conocerlo.

La miré con sorpresa.

—¿Desde cuándo eres tan prudente?

—Desde que me he dado cuenta de que si digo cualquier cosa, me vas a acusar de querer arruinarte la vida sentimental.

—No he dicho eso nunca.

—Lo has pensado con muchísima intensidad.

Me reí.

Marta dejó el vaso sobre una mesa auxiliar.

—¿Y Daniel?

—Bien. Estaba contento de que fuera.

—¿Y tú?

—También.

—¿Sin peros?

Miré la hora.

—Con una reunión en quince minutos.

—Eso es un pero laboral. Lo acepto.

Empezamos a caminar hacia los ascensores. Antes de separarnos, Marta me rozó el brazo.

—Me alegra verte así.

—¿Así cómo?

—Con cosas tuyas en la cabeza.

No respondí. Había entendido perfectamente.

***

Elena Robles había llegado antes que todos.

Sobre la mesa de reuniones había carpetas, una pantalla encendida y tres versiones de la presentación que llevábamos días revisando.

—Buenos días, Clara —dijo—. He leído tus observaciones.

—¿Y?

—Dos son muy buenas. La tercera necesita datos que todavía no tenemos.

Aquello, viniendo de Elena, equivalía aproximadamente a recibir una medalla.

Me senté y abrí el ordenador.

—Puedo pedirlos a Finanzas esta mañana.

—Hazlo. Y quiero que seas tú quien explique el apartado de implantación.

—Alejandro me lo comentó.

—Lo sé. La decisión la hemos tomado entre los dos.

Asentí.

Elena me observó por encima de las gafas.

—¿Te preocupa hablar delante de Dirección?

—Un poco.

—Bien.

—¿Bien?

—La gente que no siente ningún respeto por una presentación suele ser la que menos la prepara.

Sonreí.

—Entonces voy por buen camino.

—No te confíes. Tendrás diez minutos, quizá menos. Necesito que expliques tres decisiones y sus consecuencias. No quiero una lectura de diapositivas.

—Entendido.

Me señaló la pantalla.

—Empieza.

—¿Ahora?

—Es el mejor momento para descubrir lo que todavía no sabes explicar.

Respiré hondo y me levanté.

Los primeros treinta segundos fueron un desastre. Hablé demasiado deprisa, confundí el orden de dos cifras y tuve que volver atrás.

Elena no me interrumpió.

Cuando terminé, cerró el bolígrafo.

—Tienes razón en el fondo y miedo en la forma.

Me quedé mirándola.

—¿Eso se arregla?

—Trabajando. Mañana lo repetimos.

Y, de pronto, la idea de volver a hacerlo dejó de parecerme una condena.

Me pareció una oportunidad.

***

A media mañana recibí una llamada de Daniel.

Vi su nombre en la pantalla mientras revisaba un correo de Finanzas. Dejé que sonara y, cuando terminé el párrafo que estaba leyendo, le envié un mensaje.

«Estoy en plena preparación. Te llamo al salir a comer».

Respondió enseguida.

«Claro. Perdona, no sabía que estabas tan ocupada».

Me quedé un momento mirando aquellas palabras.

No tenían nada de malo. Eran una disculpa normal. Aun así, sentí el impulso de explicar que no estaba enfadada, que no me molestaba que llamara, que seguía queriendo hablar con él.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.