Demasiado Lejos De Ti

CAPÍTULO 39 — LA PRESENTACIÓN DE CLARA

El jueves me desperté siete minutos antes de que sonara el despertador.

No fue una decisión consciente. Abrí los ojos, vi la claridad que empezaba a dibujarse detrás de la persiana y supe que no iba a volver a dormirme.

Aquel día tenía que hablar delante de personas que, hasta hacía muy poco, apenas sabían quién era.

Y lo curioso era que eso me preocupaba menos que otra cosa.

Me preocupaba decepcionarme a mí misma.

En la cocina encontré a mi madre poniendo agua a calentar.

—¿Has dormido? —preguntó.

—Lo suficiente.

—Eso significa que no.

—Significa que he contado las diapositivas tres veces mientras intentaba dormirme.

—¿Y cuántas hay?

—Diecisiete.

—Pues ya las sabes.

Me reí a pesar de los nervios.

Mi madre dejó una taza delante de mí y se sentó al otro lado de la mesa.

—¿Qué es lo peor que puede pasar?

—Que me quede en blanco.

—Entonces beberás agua y seguirás.

—Que me hagan una pregunta que no sepa responder.

—Dirás que tienes que comprobarlo.

—Que Alejandro piense que no estoy preparada.

Mi madre levantó una ceja.

Ahí estaba. Había pronunciado su nombre sin querer.

—¿Y tú qué piensas? —preguntó.

Miré la taza.

—Que sí lo estoy.

—Pues empieza por ahí.

No añadió nada sobre Alejandro. Agradecí que no lo hiciera.

Antes de salir me arregló el cuello de la blusa como cuando iba al colegio.

—Mamá, tengo treinta y dos años.

—Y el cuello torcido.

Me dio un beso.

—Que te escuchen, Clara.

***

Llegué a Vidal Global con veinticinco minutos de adelanto.

Miguel estaba en la entrada, hablando con un repartidor. Al verme levantó la mano.

—Hoy viene usted elegante.

—¿Los demás días no?

—Los demás días viene con prisa. Hoy viene con propósito.

—Eso suena a frase de calendario.

—Pues apúntela, que es gratis.

Subí sonriendo.

En el ascensor comprobé por última vez que llevaba la carpeta, el ordenador y el pequeño dispositivo con una copia de la presentación. Elena me había enseñado a no confiar nunca en una sola versión de un archivo.

Marta apareció cuando estaba dejando el bolso.

—He traído refuerzos.

Me ofreció un bollo envuelto en una servilleta.

—No tengo hambre.

—Precisamente por eso. El hambre aparecerá a mitad de la diapositiva nueve y entonces ya será tarde.

—¿Por qué la nueve?

—Porque la nueve tiene cara de traicionera.

Lo acepté.

Marta me miró con una sonrisa que esta vez no escondía ninguna broma.

—Vas a hacerlo bien.

—Eso espero.

—No. Lo has preparado. Son cosas distintas.

Me abrazó brevemente y volvió a su mesa antes de que yo pudiera emocionarme.

A las nueve, Elena Robles me llamó a la sala pequeña para comprobar el material.

—Buenos días —dijo sin levantar la vista del ordenador—. ¿Lista?

—Nerviosa.

—No he preguntado eso.

—Entonces sí. Lista.

Elena asintió.

Repasamos la conexión, las cifras y el orden de intervención. Ella abriría la reunión, explicaría el contexto general y me cedería la palabra para presentar el análisis operativo y las recomendaciones.

—Si alguien te interrumpe, escucha la pregunta entera —me recordó—. No te precipites a demostrar que sabes la respuesta.

—De acuerdo.

—Y no me mires buscando permiso para hablar. Esa parte es tuya.

Fue la última frase la que se me quedó dentro.

Esa parte es tuya.

***

La sala de reuniones estaba casi llena cuando entramos.

Reconocí a varios responsables de área y a dos personas con las que solo había intercambiado correos. Alejandro estaba junto a la cabecera de la mesa, conversando con uno de los asistentes.

Al verme, se acercó.

—Buenos días, Clara.

—Buenos días.

—¿Todo preparado?

—Sí.

Miró la carpeta que llevaba en las manos.

—No necesita sujetarla tan fuerte. No va a escaparse.

Bajé los ojos. Tenía los dedos blancos.

Solté un poco la presión y me reí.

—Es por si decide hacerlo.

Alejandro sonrió.

—Confío en su trabajo.

Me habría gustado responder algo ingenioso. Pero Elena nos llamó para comenzar y me limité a asentir.

La reunión empezó con la naturalidad desconcertante con la que empiezan las cosas que una lleva días imaginando como acontecimientos extraordinarios.

Alguien pidió agua. Otra persona preguntó si todos tenían la última versión del documento. Elena presentó el objetivo y pasó a las primeras diapositivas.

Yo escuchaba, pero también podía oír mi propio corazón.

Entonces llegó mi turno.

—Clara —dijo Elena—, cuando quieras.

Me levanté.

Vi las caras al otro lado de la mesa. Vi a Alejandro. Vi una libreta abierta, un bolígrafo suspendido y una pantalla con mi nombre en la esquina inferior.

Durante un instante pensé que se me había olvidado la primera frase.

Bebí un sorbo de agua.

Y empecé.

—Buenos días. Voy a explicar qué hemos encontrado al revisar el funcionamiento actual y, sobre todo, qué cambios proponemos para que el proceso sea más sencillo de ejecutar y de comprobar.

Mi voz sonó más firme de lo que esperaba.

En la segunda diapositiva dejé de mirar las notas.

En la cuarta, alguien hizo una pregunta sobre una diferencia entre dos cifras.

La respondí.

En la sexta tuve que volver atrás para mostrar de dónde salía un dato.

También pude hacerlo.

Poco a poco dejé de pensar en cómo estaba hablando y empecé a pensar en lo que quería explicar.

Aquello cambió todo.

No estaba recitando un trabajo ajeno.

Conocía las tablas. Recordaba las reuniones. Sabía qué propuesta había descartado Elena y por qué. Había pasado horas buscando una forma clara de mostrar problemas que, sobre el papel, parecían más complicados de lo que eran.




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