El viernes, a las ocho y seis de la mañana, Clara recibió un mensaje de Daniel.
«Buenos días, campeona. He reservado para las nueve. Esta noche celebramos lo tuyo».
Sonrió antes de terminar de leerlo.
Lo suyo.
Le gustaba que lo llamara así. No «la reunión con Alejandro», ni «el proyecto de tu jefe», ni siquiera «el ascenso», que todavía no existía. Lo suyo.
«Gracias. Pero no me llames campeona. Parece que haya ganado una carrera popular».
La respuesta llegó casi enseguida.
«Para mí la has ganado».
Se quedó mirando la pantalla con una sonrisa un poco tonta. Después guardó el teléfono en el bolso y salió hacia la cocina.
Su madre estaba buscando una tapa que llevaba años sin corresponder a ninguna de sus ollas.
—¿Tú sabes dónde está la tapa pequeña?
—¿La de cristal?
—La que encaja.
—Entonces no tenemos ninguna.
La miró por encima de las gafas.
—Hoy estás graciosa.
—Hoy es viernes.
—Eso no explica nada. Los viernes también se estropea la lavadora.
Le contó lo de la reserva de Daniel mientras le servía café.
—¿Vas a cenar con él?
—Sí. Quiere celebrar lo de ayer.
Su madre dejó de buscar tapas.
—Me parece bonito.
—A mí también.
—¿Y tú qué quieres celebrar?
No entendió la pregunta.
—Lo mismo.
—Ya. Pero ayer, cuando llegaste, estabas hablando de pedirle más responsabilidades a Elena. Esta mañana solo hablas de la cena.
—Una cosa no quita la otra.
—Claro que no.
Volvió al armario y encontró por fin una tapa que tampoco encajaba.
—Solo digo que no se te olvide lo contenta que estabas antes de que nadie te felicitara.
Le dio un beso en la mejilla.
—No se me olvida.
Y mientras bajaba en el ascensor pensó que, probablemente, era verdad.
***
En Vidal Global los viernes tenían una manera particular de engañar a todo el mundo.
A las nueve parecían tranquilos. A las once alguien descubría un documento urgente. A las dos, otro alguien anunciaba que lo necesitaba revisado antes del lunes.
Aquella mañana el documento urgente fue una tabla de previsiones que había dejado de coincidir con el informe principal.
Elena Robles apareció en su mesa con dos carpetas y la expresión de quien había desayunado problemas.
—¿Tienes veinte minutos?
—Tengo treinta si me dejas terminar el café.
—Quince, entonces.
La siguió hasta una sala pequeña.
No le habló de la presentación del día anterior hasta que localizaron el error. Era una fórmula arrastrada desde una versión anterior, nada espectacular. Pero bastaba para que una cifra importante apareciera mal en el resumen.
—Bien visto —dijo cuando Clara lo corrigió.
—Era eso o empezar a desconfiar de las matemáticas.
Elena cerró el archivo.
—Ayer hiciste un buen trabajo.
—Gracias.
—Y hoy has encontrado un fallo sin esperar a que te diga dónde mirar. Eso también cuenta.
Sintió la tentación de quitar importancia al comentario. Había pasado demasiado tiempo respondiendo a los elogios con alguna explicación que los redujera.
Esta vez no lo hizo.
—Me gustaría seguir participando en el proyecto —dijo—. No solo preparando documentación. También en las reuniones de seguimiento, cuando tenga sentido.
Elena se recostó en la silla.
—¿Lo has pensado bien?
—Sí.
—Implica trabajo. Y habrá días aburridísimos.
—Eso ya lo sospechaba.
—También implica decir que no sabes algo delante de gente que parece saberlo todo.
—Ayer descubrí que puedo sobrevivir a eso.
Sonrió apenas.
—Hablaré con Recursos Humanos para revisar cómo encajar las funciones. No voy a prometerte un cambio de puesto inmediato.
—No te lo estoy pidiendo para mañana.
—Bien. Porque mañana es sábado.
Se rio.
Cuando salió de la sala llevaba una lista de tareas, ninguna garantía y una satisfacción enorme.
No necesitaba que le abrieran todas las puertas de golpe.
Necesitaba empezar a llamar a algunas por su cuenta.
***
Marta apareció poco después con una bolsa de galletas.
—Traigo provisiones para una mujer de negocios.
—No soy una mujer de negocios.
—Pues devuelve las galletas.
Cogió una.
—Estoy negociando.
Se sentó en el borde de su mesa.
—¿Cómo va la fama?
—Me han encargado corregir una fórmula.
—La fama es cruel.
Le contó la conversación con Elena. Marta escuchó sin interrumpirla, algo tan excepcional que llegó a pensar que estaba enferma.
—¿Qué? —preguntó al terminar.
—Que llevas cuatro años trabajando aquí y por fin empiezas a hablar de lo que quieres tú.
—Siempre he sabido lo que quería.
—Saberlo no es lo mismo que decirlo.
No pudo discutirle aquello.
Marta abrió la bolsa.
—¿Y esta noche?
—Cena con Daniel.
—Muy bien.
—Ha reservado un restaurante.
—Mejor todavía.
—¿Por qué me miras así?
—Porque estoy esperando a que añadas «pero».
—No hay ningún pero.
—Entonces disfruta.
Mordió la galleta.
—A veces pienso que estás esperando que Daniel haga algo mal.
Marta tardó unos segundos en responder.
—No, Clara. Estoy esperando que tú puedas contarme lo que te pasa sin sentir que tienes que defenderlo.
La frase le molestó un poco.
Precisamente porque no sonó como una acusación.
—Las cosas van bien —dijo.
—Me alegro. De verdad.
Se levantó y le dejó la bolsa.
—Y, por favor, si esta noche celebráis tu presentación, pide el postre más caro. La igualdad también se construye con chocolate.
***
A mediodía tuvo que llevar unos documentos al despacho de Alejandro.
Alejandro estaba revisando una agenda con dos reuniones marcadas para la semana siguiente. La hizo pasar y señaló la silla de enfrente.
—¿Cómo van las correcciones?