Demasiado Lejos De Ti

CAPÍTULO 41 — EL ESPACIO QUE NECESITO

El sábado por la mañana, Clara se despertó sin que sonara el despertador.

Durante unos segundos permaneció inmóvil, disfrutando de esa sensación maravillosa de no tener que levantarse a una hora determinada. La luz entraba por una rendija de la persiana y dibujaba una línea sobre la colcha.

Había dormido bien.

Quizá por eso le sorprendió descubrir que lo primero que recordó fue la conversación de la noche anterior con Daniel.

No la cena. No el restaurante italiano ni el camarero que se había empeñado en recomendarles un postre imposible de terminar entre dos. Ni siquiera la tarjeta que Daniel le había regalado y que continuaba sobre la mesilla.

Recordó aquella propuesta de reservar dos noches fijas a la semana.

Y su propia respuesta.

Había dicho que prefería decidir sus planes sin convertirlos en compromisos permanentes.

Daniel lo había aceptado.

Al menos, eso parecía.

Cogió el teléfono.

Tenía un mensaje suyo de las nueve y doce.

«Buenos días, preciosa. ¿Has dormido bien?».

Sonrió.

«Como una piedra. ¿Y tú?».

La respuesta llegó casi inmediatamente.

«Bien. Bruno me ha despertado a las siete. Creo que se está vengando de todo el tiempo que ha pasado con Hugo».

«Pobre Bruno. Seguro que te echaba de menos».

«Seguro que echa de menos que Hugo le dé comida debajo de la mesa».

Clara se rio.

Aquella era una de las cosas que le gustaban de Daniel: su facilidad para convertir cualquier conversación insignificante en algo divertido.

«¿Qué planes tienes hoy?», preguntó él.

Miró alrededor de su habitación.

Ninguno extraordinario.

Quería desayunar tranquilamente, acompañar a su madre a comprar algunas cosas y, si encontraba un momento, empezar la novela que llevaba dos semanas esperando sobre la cómoda.

«Voy a salir con mi madre y después quiero descansar un poco».

«Podríamos cenar juntos».

Clara se quedó mirando la pantalla.

No había nada extraño en aquella invitación.

Era sábado. Eran pareja. Habían pasado una noche agradable y Daniel quería volver a verla.

Sin embargo, después de lo hablado la víspera, sintió una pequeña resistencia.

No porque no quisiera estar con él.

Simplemente porque aquella noche le apetecía quedarse en casa.

«Hoy prefiero quedarme tranquila. Mañana hablamos, ¿vale?».

Esta vez la respuesta tardó más.

«Claro. No pasa nada».

Dejó el teléfono sobre la cama.

A los pocos segundos volvió a vibrar.

«Aunque pensé que después de la cena de ayer te apetecería verme».

Clara cerró los ojos.

Ahí estaba.

No una discusión. Ni una prohibición. Ni siquiera un reproche abierto.

Solo una frase capaz de hacerla sentir que tenía que justificar algo tan sencillo como querer pasar un sábado en casa.

Escribió una respuesta, la borró y volvió a empezar.

«Me encantó la cena de ayer, Daniel. Una cosa no tiene nada que ver con la otra».

Él contestó:

«Ya lo sé, mujer. Era una broma».

Clara observó aquellas palabras unos segundos antes de dejar el teléfono definitivamente.

Quizá lo había sido.

Quizá no.

Lo que empezaba a preocuparle era no saber distinguirlo.

***

Elena estaba en la cocina preparando tostadas.

—Buenos días, dormilona.

—Buenos días.

—He estado a punto de entrar a comprobar si seguías viva.

—Son las diez y media, mamá.

—Precisamente. Una hora indecente para una mujer de provecho.

Clara le quitó una tostada del plato.

—Una mujer de provecho necesita dormir.

—Y comprar leche. Se ha terminado.

—¿Quieres que vayamos al supermercado?

—Quiero que vayamos a la farmacia, a la mercería y al supermercado. En ese orden, porque tengo una organización impecable.

—¿Desde cuándo necesitas ir a una mercería?

—Desde que decidí arreglar una cortina.

—¿La del salón?

—No hagas preguntas incómodas.

Desayunaron entre bromas y una discusión sobre si tenía sentido reparar una cortina que llevaba quince años colgada.

Al terminar, Clara se fue a vestir.

Mientras buscaba unos vaqueros, su teléfono volvió a sonar.

Era Marta.

«¿Sigues viva después de tu cena romántica?».

«A duras penas. Daniel pidió un postre que habría alimentado a seis personas».

«Eso no responde a mi pregunta».

«La cena fue bien».

«¿Bien de bien o bien de tenemos que hablar?».

Clara sonrió.

Su amiga tenía una capacidad casi sobrenatural para detectar matices a través de una pantalla.

«Bien de verdad. Aunque hablamos de algunas cosas».

«¿Qué cosas?».

«Luego te cuento».

Marta tardó exactamente cuatro segundos en responder.

«Eso significa café».

«El lunes».

«El lunes te secuestro media hora».

«Trato hecho».

Guardó el teléfono.

Por alguna razón, tener aquel café pendiente la hizo sentirse mejor.

***

La mañana transcurrió entre calles llenas de gente, escaparates y bolsas que parecían multiplicarse a cada parada.

Su madre se empeñó en comparar tres tipos de hilo para una cortina que Clara seguía pensando que debía ir directamente a la basura.

Después entraron en una pequeña cafetería.

Elena pidió un cortado. Clara, un café con leche.

—Estás muy callada —observó su madre.

—Estoy descansando.

—Qué manera tan extraña de descansar.

Clara removió el café.

—Daniel me ha propuesto cenar hoy.

—¿Y?

—Le he dicho que no.

—¿Y?

—Pues nada.

Elena la miró con paciencia.

—Hija, cuando alguien dice «pues nada» con esa cara, normalmente hay algo.

Clara le explicó el intercambio de mensajes.

Su madre no hizo ningún comentario hasta que terminó.

—¿Tú crees que se enfadó? —preguntó Clara.

—No lo sé.

—Me dijo que estaba bromeando.

—Puede ser.




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