Demasiado Lejos De Ti

CAPÍTULO 42 - LAS COSAS QUE CAMBIAN

El lunes comenzó con una noticia que Clara no esperaba.

Había llegado a primera hora de la mañana, cuando todavía estaba de camino a la oficina, y la esperaba en su bandeja de entrada entre una convocatoria de reunión y tres documentos pendientes de revisar.

Elena Robles le había escrito.

Asunto: Seguimiento del proyecto de expansión.

El mensaje era breve.

Buenos días, Clara:

Me gustaría que participaras en la reunión de seguimiento del miércoles y que fueras tú quien expusiera las conclusiones de la última presentación. Conoces el trabajo mejor que nadie y considero importante que puedas explicar personalmente los criterios utilizados.

Hablamos cuando llegues.

Elena.

Clara lo leyó dos veces.

Después una tercera.

No porque hubiera nada difícil de comprender, sino porque aquellas palabras suponían algo que llevaba mucho tiempo deseando.

Que alguien valorara su trabajo.

No su capacidad para organizar la agenda de Alejandro. Ni su habilidad para resolver problemas antes de que llegaran a convertirse en problemas. Ni siquiera su eficacia para encontrar documentos que otros habían extraviado.

Su trabajo.

El que había desarrollado durante semanas, revisando informes, comparando cifras y dedicando horas a comprender un proyecto que inicialmente parecía demasiado grande para ella.

—Tienes cara de haber ganado la lotería.

Clara levantó la vista.

Marta estaba junto a su mesa, sujetando dos vasos de café.

—Buenos días a ti también.

—Buenos días. ¿Has ganado la lotería?

—No.

—Entonces es algo relacionado con el trabajo.

Clara giró ligeramente la pantalla.

Marta se inclinó para leer el mensaje.

—¡Pero bueno!

—No grites.

—¡Que no grite! ¡Te han invitado a defender tus conclusiones ante el comité!

—Es una reunión de seguimiento.

—Con el comité.

—Marta.

—Con el comité, Clara.

Su amiga dejó uno de los cafés sobre la mesa y se sentó en la silla de visitas.

—¿Sabes lo que significa esto?

—Que tengo que preparar otra presentación.

—Significa que Elena Robles empieza a verte como alguien capaz de asumir responsabilidades propias.

Clara volvió a mirar el correo.

—Eso espero.

—Pues empieza a creértelo.

Marta dio un sorbo a su café.

—Por cierto, ¿qué tal el fin de semana?

—Bien.

—Qué respuesta tan sospechosamente breve.

—Estuve en casa.

—¿Los dos días?

—Prácticamente.

Marta levantó las cejas.

—¿Y Daniel?

—También está bien.

—No te he preguntado por su salud.

Clara sonrió.

—El sábado me propuso salir a cenar. Le dije que prefería quedarme en casa y lo aceptó. El domingo estuve con mi madre.

—¿Y no hubo problemas?

—Ninguno.

Marta la observó unos segundos.

—Me alegro.

Clara sabía que aquella respuesta era sincera.

También sabía que su amiga tenía más preguntas.

—Puedes decirlo.

—¿El qué?

—Lo que estás pensando.

Marta dejó el vaso sobre la mesa.

—Estoy pensando que me alegro de que hayas pasado un fin de semana haciendo lo que te apetecía.

—Pero…

—Pero nada. No tengo por qué encontrarle un problema a todo.

Clara soltó una carcajada.

—Eso sí que es una novedad.

—No te acostumbres.

Las dos rieron.

Durante unos minutos hablaron de asuntos sin importancia. Del restaurante al que Marta había ido con unas amigas, de una película que ninguna de las dos tenía intención de ver y de la inexplicable desaparición de las cucharillas de la zona de descanso.

Después Marta se levantó.

—Bueno, futura directora de expansión, te dejo trabajar.

—No empieces.

—¿Directora general?

—Marta.

—¿Presidenta?

Clara le lanzó una servilleta.

Su amiga consiguió esquivarla antes de salir riendo.

Cuando volvió a quedarse sola, Clara abrió el documento de la presentación.

Por primera vez en mucho tiempo, el lunes no le parecía una prolongación inevitable del fin de semana.

Le parecía el principio de algo.

⸻

Alejandro llegó a las nueve y diecisiete.

Clara reconoció sus pasos antes de levantar la cabeza.

Había algo familiar en su manera de caminar, en el sonido de sus zapatos sobre el suelo y en esa costumbre de detenerse un instante junto a la mesa antes de entrar en su despacho.

—Buenos días.

—Buenos días, Alejandro.

Él llevaba el abrigo doblado sobre el brazo y una carpeta bajo la mano izquierda.

—¿Cómo ha ido el fin de semana?

—Bien, tranquilo. ¿Y el tuyo?

Alejandro tardó apenas un segundo en responder.

—Bien.

Clara no preguntó más.

En otro momento quizá habría intentado averiguar si había pasado el domingo con Victoria, si habían avanzado en los preparativos de la boda o si aquella respuesta escondía alguna preocupación.

Pero estaba aprendiendo que no necesitaba conocer todos los detalles de la vida de Alejandro.

Especialmente aquellos que él no compartía.

—Tienes la reunión de presupuestos a las diez —le recordó—. Después, a las doce, la videollamada con Lisboa. Y he dejado sobre tu mesa los documentos que solicitaste el viernes.

—Perfecto.

Alejandro se quedó mirando la pantalla de su ordenador.

—¿Elena Robles te ha escrito?

Clara levantó la cabeza.

—Sí. Esta mañana he visto su correo.

—Bien.

—Me ha pedido que participe en la reunión del miércoles.

—Lo sé.

Clara parpadeó.

—¿Lo sabes?

—Habló conmigo el viernes, después de revisar los resultados de la presentación.

Aquello la sorprendió.

—No me dijo nada.

—Quería comentártelo ella.

Alejandro dejó la carpeta sobre la mesa.

—Elena considera que has hecho un trabajo excelente.

Clara sintió una satisfacción difícil de disimular.




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