Demasiado Lejos De Ti

CAPÍTULO 43 - UNA DECISIÓN PROPIA

El martes, Clara llegó a Vidal Global con una sensación que llevaba mucho tiempo sin experimentar.

No tenía prisa por llegar a la planta treinta y dos.

No porque hubiera dejado de importarle su trabajo. Tampoco porque aquella mañana le esperase una jornada especialmente tranquila. De hecho, sabía que tenía pendientes varios documentos, dos reuniones que organizar y una presentación que revisar antes del día siguiente.

La diferencia era otra.

Por primera vez en mucho tiempo, no sentía que todas sus obligaciones girasen alrededor de Alejandro Vidal.

El pensamiento la sorprendió mientras esperaba el ascensor.

Había pasado cuatro años pendiente de sus horarios, sus reuniones, sus viajes y sus prioridades. Sabía cuándo necesitaba un café antes de que lo pidiera, qué clientes prefería recibir personalmente y cuáles podían esperar. Había aprendido a interpretar sus silencios, sus gestos y hasta la forma en que dejaba una carpeta sobre la mesa.

Durante mucho tiempo había considerado aquella complicidad profesional una especie de privilegio.

Ahora empezaba a preguntarse si no había terminado convirtiéndose en algo demasiado parecido a una costumbre.

—Buenos días, Clara.

Se volvió.

Miguel se acercaba desde el mostrador de seguridad.

—Buenos días, Miguel.

—Hoy tienes cara de haber dormido bien.

—Pues he dormido bastante bien.

—Eso es sospechoso. Aquí normalmente entráis todos con cara de querer volver a la cama.

Clara sonrió.

—Igual estoy aprendiendo a organizarme.

—Pues cuando descubras el secreto, me lo cuentas.

El ascensor llegó antes de que pudiera responder.

Durante el trayecto hasta la planta treinta y dos, consultó la agenda en su teléfono.

A las nueve y media tenía una reunión con el departamento financiero para resolver dos cuestiones relacionadas con el proyecto de expansión.

A las once, Alejandro recibiría a unos representantes de una empresa con la que Vidal Global llevaba semanas negociando.

A las doce y cuarto, Elena Robles quería revisar con ella los últimos datos de la presentación del miércoles.

Y después estaba todo lo demás.

Lo habitual.

La vida de una oficina que parecía no detenerse nunca.

Cuando llegó a su mesa, encontró una carpeta azul junto al teclado.

Encima había una nota.

Clara, cuando tengas un momento, revisa estas cifras. Creo que nos servirán para mañana. Elena.

Sonrió.

No era una orden urgente.

Ni una petición formulada como si todo dependiera de ella.

Era una invitación a participar.

Y, aunque pudiera parecer una diferencia insignificante, para Clara empezaba a tener mucha importancia.

Dejó el bolso en el cajón y encendió el ordenador.

—Buenos días, mujer importante.

Marta apareció con dos vasos de café.

—Como vuelvas a llamarme así, voy a empezar a cobrarte por cada vez que lo hagas.

—Entonces tendré que buscar otra expresión.

—Podrías probar con Clara. Llevo bastante tiempo respondiendo a ese nombre.

Marta le entregó uno de los vasos.

—Qué poco agradecida eres con tus admiradores.

—¿Desde cuándo eres admiradora mía?

—Desde que descubrí que podrías acabar teniendo un despacho propio y, por tanto, una cafetera mejor que la nuestra.

Clara soltó una carcajada.

—No tengo ningún despacho propio.

—Todavía.

—Marta.

—Vale, vale. No digo nada.

Se sentó sobre el borde de una silla.

—¿Qué tal ayer?

—Bien.

—¿Solo bien?

—Muy bien, en realidad. Estuve bastante ocupada con lo de la reunión del miércoles.

—Eso ya lo sé. Te pregunto por lo demás.

Clara bebió un poco de café.

—Cené con mi madre, hablamos un rato y después me acosté pronto.

—¿Y Daniel?

—También hablamos.

Marta levantó las cejas.

—¿Y?

—Y nada. ¿Qué tiene que pasar?

—Absolutamente nada. Esa sería una novedad agradable.

Clara sonrió.

—Estuvo bien. Me preguntó por el trabajo, le conté lo de Elena y se alegró.

—Me alegro.

—Además, hemos quedado para cenar el jueves.

—¿Ya tenéis restaurante?

—No. Creo que esta vez cocinaremos en su casa.

—Entonces espero que cocine él.

—¿Por qué?

—Porque si te invita y terminas cocinando tú, tenemos que revisar el concepto de invitación.

Clara volvió a reír.

—Cocina bastante bien.

—Pues estupendo.

Marta miró la carpeta azul.

—¿Eso también es de Expansión?

—Sí.

—Vas a necesitar una segunda mesa.

—Voy a necesitar que los días tengan treinta horas.

—No digas eso muy alto. Alguien de dirección podría tomarlo como una sugerencia.

Se levantó para regresar a su sitio, pero antes de marcharse añadió:

—Por cierto, me alegra verte así.

Clara frunció ligeramente el ceño.

—¿Así cómo?

—Contenta con algo que es tuyo.

No esperó respuesta.

Y quizá fue mejor.

Porque Clara se quedó mirando la carpeta durante unos segundos, pensando que su amiga acababa de expresar algo que ella todavía no había sabido explicar.

⸻

Alejandro llegó a las nueve y siete.

Clara lo supo por el sonido de sus pasos antes de levantar la cabeza.

—Buenos días.

—Buenos días, Alejandro.

Él dejó el abrigo sobre el respaldo de una silla.

—¿Tenemos confirmada la reunión de las once?

—Sí. Vendrán tres representantes. He reservado la sala pequeña y he enviado la documentación a todos los participantes.

—Perfecto.

Alejandro miró la agenda que llevaba en la mano.

—¿Y la llamada con Lisboa?

—La han trasladado a las cuatro. Te envié la actualización ayer.

—Es verdad.

Pareció recordar algo.

—Mañana tienes la reunión con Elena Robles, ¿no?

—A las diez.

—¿Vas a presentar tú?

—Eso me ha pedido.

Alejandro asintió.




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