El miércoles, Clara llegó a Vidal Global a las ocho y veintidós de la mañana.
Había dormido mejor de lo que esperaba. Se había despertado un par de veces durante la noche, pero había conseguido descansar lo suficiente para levantarse sin aquella sensación de agotamiento que solía acompañarla cuando tenía algo importante por delante.
Se había preparado con calma. Una ducha, un café con su madre y unos minutos frente al armario hasta decidirse por un pantalón azul marino, una blusa blanca y una americana del mismo color.
Nada extraordinario. Ropa que había utilizado en otras reuniones. Sin embargo, mientras se observaba en el espejo, había comprendido que aquella mañana no estaba intentando parecer alguien diferente. Quería sentirse cómoda siendo ella misma.
Antes de salir, Elena la había detenido en la puerta.
—Clara.
—¿Qué pasa, mamá?
—Ven aquí.
Le había colocado bien el cuello de la americana. Un gesto que llevaba haciendo desde que era pequeña.
—Ya está.
—Gracias.
—Y acuérdate de una cosa: no tienes que demostrar que sabes más que todos los que estarán allí. Tienes que demostrar que sabes de lo que estás hablando.
Clara le había dado un beso.
—Lo intentaré.
—No. Lo harás.
Y había salido antes de que su madre pudiera añadir otra recomendación.
Ahora, frente a los ascensores, recordó aquella conversación y sonrió. Le quedaba poco más de una hora y media para la reunión. Tenía tiempo. Y por primera vez desde que Elena Robles le había encargado la presentación, no deseaba que el reloj se detuviera.
Quería que llegaran las diez. Quería entrar en aquella sala. Y quería descubrir si era capaz de defender algo que había construido con su propio trabajo.
***
Marta apareció a las ocho y cuarenta y cinco con un café en cada mano y una bolsa de papel entre los dientes.
—¿Pero qué haces? —preguntó Clara.
Marta dejó la bolsa sobre la mesa.
—Salvar tu futuro profesional.
—¿Con un cruasán?
—Con un cruasán y un café. No infravalores el poder de un buen desayuno.
—Ya he desayunado.
—Pues desayunas otra vez.
Marta ocupó la silla frente a ella.
—¿Nerviosa?
—Un poco.
—Bien. Si no estuvieras nerviosa, pensaría que te han sustituido por una impostora.
Clara abrió la bolsa.
—¿De chocolate?
—Por supuesto. Hoy no es día para tomar decisiones saludables.
Clara se echó a reír y partió un trozo.
—Está buenísimo.
—Lo sé. Tengo un talento especial para encontrar alimentos que deberían estar prohibidos.
Marta miró la carpeta abierta.
—¿Vas a repasarlo otra vez?
—Estaba comprobando los datos de la segunda alternativa.
—¿Han cambiado desde ayer?
—No.
—¿Y desde antes de ayer?
—Tampoco.
—Entonces cierra la carpeta.
—Marta...
—Llevas días estudiando ese proyecto. Has hablado con Financiero, con Operaciones y con Elena Robles. Si alguien te despierta a las tres de la mañana y te pregunta por los costes de implantación, probablemente le contestes antes de abrir los ojos.
—Eso no significa que no pueda equivocarme.
—Claro que puedes equivocarte. También puede equivocarse el director financiero y no creo que por eso deje de cobrar a final de mes.
—Qué manera tan particular tienes de dar ánimos.
—Es uno de mis encantos.
Clara cerró la carpeta. Durante unos minutos hablaron de asuntos corrientes: una compañera que había vuelto de vacaciones, las obras de una sala de reuniones y un correo enviado por error a todo un departamento.
Cuando Marta se levantó, ya eran las nueve y diez.
—Que te salga muy bien.
—Gracias.
Su amiga se inclinó para darle un beso en la mejilla.
—Y cuando estés allí dentro, no pienses que te están haciendo un favor dejándote hablar. Te han invitado porque tienes algo que aportar.
Marta se marchó antes de que pudiera contestar. Clara observó la carpeta cerrada. No volvió a abrirla.
***
Alejandro llegó unos minutos después.
—Buenos días.
—Buenos días.
—¿Preparada?
—Estoy preparada. Otra cosa es lo que pueda pasar cuando empiecen a preguntar.
—Precisamente para eso te has preparado.
Dejó una carpeta sobre su mesa.
—Tengo una reunión a las diez y media. No podré pasarme después a preguntarte cómo ha ido, pero me gustaría que me lo contaras cuando tengas un momento.
—Claro.
—Por cierto, he hablado con Recursos Humanos sobre la posibilidad de redistribuir algunas funciones del departamento.
Clara lo observó con sorpresa.
—¿Ya?
—Solo una conversación preliminar. Hay procedimientos que convendría revisar en cualquier caso. No tiene demasiado sentido que todo pase por tu mesa.
—Llevo cuatro años diciendo eso.
Alejandro levantó una ceja.
—Lo sé.
—Y cuatro años escuchando que era más sencillo hacerlo así.
—También lo sé. Podrías disfrutar de la ocasión sin recordarme todos mis errores.
—Sería desperdiciar una oportunidad magnífica.
Ambos se echaron a reír.
—Clara, lo de ayer iba en serio. No tienes que preocuparte ahora por cómo organizaremos las cosas aquí. Concéntrate en la reunión.
—Gracias.
Alejandro se dirigió hacia su despacho, pero antes de entrar volvió la cabeza.
—Y no permitas que nadie te haga defender una cifra que no consideras correcta.
—No lo haré.
Cuando se cerró la puerta, Clara regresó a la pantalla. Había recibido un consejo útil y podía quedarse simplemente con eso, sin buscar significados que Alejandro no había expresado.
***
A las nueve y cincuenta, Clara llegó a la sala de reuniones de la planta veintinueve. Elena Robles ya estaba allí, con el ordenador abierto y varias carpetas ordenadas sobre la mesa.
—Buenos días, Clara. Has llegado con tiempo.
—Prefería comprobar que todo funcionaba.