El jueves, Clara llegó a Vidal Global con la agradable sensación de que, por una vez, no tenía que demostrar nada extraordinario.
La reunión del miércoles había terminado.
La presentación había salido bien.
Elena Robles había confirmado que quería seguir contando con ella para el proyecto de expansión y, aunque todavía quedaban muchas cuestiones por resolver, Clara empezaba a imaginar su futuro profesional de una manera diferente.
Eso no significaba que pudiera relajarse.
Tenía un informe que actualizar antes del viernes, varios datos pendientes de recibir y una agenda de Alejandro que continuaba necesitando atención.
Pero aquella mañana no había entrado en el edificio pensando en cómo conseguir que alguien valorara su trabajo.
Sabía que lo había hecho bien.
Y aquella certeza resultaba sorprendentemente agradable.
—Buenos días, Clara.
Miguel levantó la mano desde recepción.
—Buenos días.
—Hoy tienes cara de estar contenta.
—¿Eso es malo?
—En este edificio es sospechoso.
Clara sonrió.
—Pues tendrás que acostumbrarte.
—Ojalá. Así igual se contagia.
El ascensor llegó mientras todavía estaban riéndose.
Clara entró y pulsó el botón de la planta treinta y dos.
Durante el trayecto consultó su teléfono.
Tenía un mensaje de Daniel.
«Buenos días, preciosa. Bruno quiere saber si sigues viniendo esta noche. Lleva toda la mañana vigilando la cocina.»
Clara sonrió.
«Dile que sí. Y que espero que no se coma mi cena antes de que llegue.»
La respuesta fue inmediata.
«No prometo nada. Es un delincuente reincidente.»
Clara guardó el teléfono.
Le apetecía aquella cena.
Después de varios días dedicados casi por completo al trabajo, agradecía tener un plan sencillo para el jueves.
Iría a casa de Daniel.
Cenarían juntos.
Probablemente acabarían en el sofá viendo alguna película que ninguno terminaría de seguir porque Bruno insistiría en colocarse entre los dos.
Y después regresaría a casa.
No necesitaba más.
***
Marta estaba hablando con una compañera cuando Clara llegó a su mesa.
Al verla, terminó la conversación y se acercó con un vaso de café.
—Buenos días, estrella corporativa.
Clara dejó el bolso.
—Buenos días, exagerada.
—¿Has dormido bien después de conquistar el mundo empresarial?
—Como una persona normal.
—Qué decepción.
Clara encendió el ordenador.
—¿Tú qué tal?
—Mi vecino ha decidido que las siete de la mañana son una hora estupenda para utilizar un taladro.
—Qué considerado.
—Estoy pensando en regalarle una alfombra. Para que tenga algo más blando que perforar.
Clara se echó a reír.
Marta apoyó el vaso sobre la mesa.
—¿Mucho trabajo hoy?
—Bastante. Tengo que actualizar el informe de Expansión y coordinar las correcciones con otros departamentos.
—¿Y lo de Alejandro?
—Lo habitual.
—Eso ya son demasiadas cosas.
—Voy a organizarme.
Marta levantó una ceja.
—¿Organizarte tú? Qué concepto tan revolucionario.
—No empieces.
—Lo digo porque tienes tendencia a considerar que dormir es una actividad opcional.
Clara sonrió.
—Ayer me fui a una hora razonable.
—Un día histórico.
—Y hoy también pienso hacerlo.
—¿Por Daniel?
—Entre otras cosas.
Marta sonrió.
—La famosa cena de los champiñones.
—Exactamente.
—Espero un informe gastronómico completo mañana.
—¿Con fotografías?
—Sería lo mínimo.
Clara negó con la cabeza, divertida.
Marta se alejó hacia su mesa.
Y Clara comenzó a trabajar.
***
A las nueve y media tuvo una llamada con Financiero.
La analista con la que había hablado el día anterior le explicó que todavía necesitaban confirmar una de las previsiones de costes.
—Puedo enviarte el resto de las cifras esta mañana —le dijo—, pero esa partida dependerá de la información del proveedor.
—Perfecto. Envíame lo que tengas confirmado y dejaré la otra pendiente de validación.
—¿No prefieres esperar y recibirlo todo junto?
Clara miró su calendario.
Habría sido lo más cómodo desde el punto de vista administrativo.
Pero también retrasaría otras tareas.
—No hace falta. Así puedo avanzar con la revisión y después incorporamos el dato definitivo.
—De acuerdo.
Cuando terminó la llamada, abrió el documento de expansión.
Había varias modificaciones que realizar.
La primera afectaba a la distribución de responsabilidades entre departamentos.
La segunda, a los criterios para autorizar la siguiente fase.
La tercera, a los riesgos relacionados con proveedores externos.
Comenzó por la parte que conocía mejor.
Durante casi una hora trabajó sin interrupciones.
Hasta que Alejandro apareció junto a su mesa.
—Clara, ¿tienes un momento?
Ella levantó la cabeza.
—Sí, claro.
—Necesito revisar contigo algunos cambios en la agenda de la próxima semana.
Clara consultó el reloj.
—Tengo una reunión con Operaciones dentro de quince minutos. ¿Te parece si lo vemos después?
Alejandro se detuvo.
No era una respuesta que Clara soliera darle.
Habitualmente habría cerrado lo que estuviera haciendo para atenderlo inmediatamente.
Pero él asintió.
—Por supuesto. Avísame cuando termines.
—Perfecto.
Alejandro regresó a su despacho.
Clara volvió a mirar la pantalla.
Solo entonces se dio cuenta de lo que acababa de suceder.
Había establecido una prioridad.
Sin disculparse.
Sin dar explicaciones innecesarias.
Sin sentir que estaba incumpliendo ninguna obligación.
Y Alejandro la había aceptado.
No parecía una gran conquista.
Pero para ella tenía un significado especial.