Demasiado Lejos De Ti

CAPÍTULO 46 — LO QUE TODAVÍA NO SABEMOS

El viernes comenzó con una pregunta que Clara llevaba toda la noche intentando responder.

¿Qué quería realmente?

No se refería a Alejandro.

Por una vez, aquella pregunta no tenía nada que ver con él.

Se refería a su trabajo. A lo que esperaba conseguir. A la posibilidad de que, después de cuatro años organizando la vida profesional de otra persona, estuviera empezando a construir algo que le pertenecía.

Había escrito cuatro frases en su cuaderno la noche anterior. Las había leído antes de acostarse y había vuelto a leerlas aquella mañana, mientras desayunaba.

Su madre la observaba desde el otro lado de la mesa.

—Vas a gastar el papel de tanto mirarlo.

Clara levantó la cabeza.

—Estoy pensando.

—Eso ya lo veo.

—En el trabajo.

Elena dejó la taza sobre la mesa.

—¿Lo de ese proyecto?

—Sí.

—¿Y qué te preocupa?

Clara cerró el cuaderno.

—Que no sé exactamente qué quiero pedir.

—Pues empieza por decir lo que no quieres.

—Mamá, estoy hablando de una reunión con Recursos Humanos.

—Y yo también. ¿Quieres seguir llegando a casa agotada todos los días?

—No.

—¿Quieres continuar haciendo el trabajo de tres personas cobrando por una?

—No hago el trabajo de tres personas.

Su madre la miró.

—Bueno —admitió Clara—. Depende del día.

—¿Quieres aceptar otra responsabilidad sin saber exactamente qué van a exigirte?

—Tampoco.

—Pues ya tienes por dónde empezar.

Clara se quedó pensativa. Elena continuó desayunando con absoluta tranquilidad.

—A veces complicas demasiado las cosas, hija.

—Porque las cosas son complicadas.

—Algunas. Otras las complicamos nosotros.

Clara sonrió.

—¿Desde cuándo eres experta en organización empresarial?

—Desde que llevo treinta y dos años organizándote la vida sin cobrar un céntimo.

—Eso es explotación laboral.

—Y sin vacaciones.

Las dos se echaron a reír.

Clara guardó el cuaderno en el bolso. Antes de marcharse, besó a su madre en la mejilla.

—Esta noche cenamos juntas.

—Eso espero. Últimamente tengo que pedir cita para verte.

—No exageres.

—Ayer llegaste casi a medianoche.

—A las once y media.

—Exactamente. Una hora indecente para una mujer de mi edad.

Clara sonrió y se dirigió hacia la puerta.

—Hasta luego, mamá.

—Y no regales tu trabajo, cariño.

Clara se detuvo. Elena ya había regresado a la cocina.

A veces su madre conseguía resumir en cinco palabras cosas que a ella le costaban días enteros comprender.

⸻

Miguel estaba hablando con uno de los empleados de mantenimiento cuando Clara atravesó las puertas de Vidal Global.

—Buenos días.

El vigilante levantó la cabeza.

—Hombre, nuestra futura directora.

—¿Perdona?

—Me han dicho que has conquistado el departamento de Expansión.

—¿Quién te ha dicho eso?

—Tengo mis fuentes.

—Miguel.

—No puedo revelar información confidencial.

Clara negó con la cabeza.

—No he conquistado nada.

—Todavía.

—Ni siquiera sabemos si habrá un cambio de puesto.

—Pues cuando lo haya, acuérdate de los pobres.

—¿Quieres un aumento?

—Un despacho con ventana.

Clara soltó una carcajada.

—Eso tendrás que negociarlo con alguien más importante.

—Entonces háblale bien de mí al señor Vidal.

Alejandro. Siempre Alejandro.

Durante cuatro años, su nombre había sido suficiente para alterar el ritmo de los pensamientos de Clara. Últimamente, sin embargo, empezaba a descubrir que podía escucharlo sin sentir que todo su mundo giraba alrededor de aquel hombre.

No siempre. Pero algunas veces.

Y aquella mañana fue una de ellas.

—Que tengas buen viernes, Miguel.

—Y tú, futura directora.

Clara entró en el ascensor y pulsó el treinta y dos.

⸻

Marta apareció junto a su mesa cuando Clara todavía estaba encendiendo el ordenador. Llevaba dos cafés y dejó uno delante de ella.

—Te he traído esto.

Clara la miró con sospecha.

—¿Qué has hecho?

—Nada.

—Cuando eres tan amable, normalmente necesitas algo.

—Qué poca confianza.

—Marta.

Su amiga sonrió.

—Necesito que me cambies el turno de la reunión del lunes.

—Lo sabía.

—Tengo dentista a las once. Una caries.

—Eso te pasa por comer chocolate a escondidas.

—No puedes demostrarlo.

—Te vi ayer con una tableta en el cajón.

—Pruebas circunstanciales.

Clara abrió la agenda.

—Puedo intercambiar tu participación con la de Raquel, si a ella le va bien.

—Te adoro.

—No te acostumbres.

Marta se apoyó sobre la mesa.

—Por cierto, ¿qué tal la cena?

Clara levantó los ojos.

—Muy bien. Daniel cocinó pasta con champiñones.

—¿Y sobrevivisteis?

—Estaba buenísima. Después vimos una película y jugué con Bruno.

—¿Y tú cómo estás con él?

La pregunta era sencilla. La respuesta, menos.

—Cómoda.

Marta asintió.

—Eso es bueno.

—Sí.

—¿Pero?

—No hay ningún pero.

Su amiga esperó sin decir nada.

Clara suspiró.

—Me gusta estar con Daniel. Es atento, divertido, nos llevamos bien… Pero no quiero pasarme la vida comparando lo que siento por él con lo que llevo años sintiendo por Alejandro. No sería justo.

—No —concedió Marta—. Y tampoco tienes que decidir ahora si Daniel es el hombre con el que vas a pasar el resto de tu vida.

—Ya lo sé.

—Pues a veces parece que te examinas después de cada cita. Si estás bien, disfruta. Si algo no te gusta, dilo. Y si algún día descubres que no quieres seguir, también podrás decirlo.

—Parece fácil.

—No he dicho que lo sea.

Marta recogió su vaso vacío.

—Y otra cosa: no confundas sentirte tranquila con sentirte enamorada. A veces coinciden. A veces no.




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