Demasiado Lejos De Ti

CAPÍTULO 47 — EL DÍA DE LA REUNIÓN

El sábado, Elena llamó a la puerta de su habitación a las nueve.

—¿Estás despierta?

—No.

—Entonces estoy hablando con un fantasma.

Clara se tapó la cabeza con la almohada.

—Cinco minutos.

—Diez. Pero después salimos.

—Mamá…

—Las buenas verduras no esperan.

—Eso no tiene ningún sentido.

—Ya lo tendrá cuando pruebes la comida.

Después del desayuno fueron al mercado y pasaron por el supermercado. Elena saludó al pescadero, preguntó por la mujer del frutero y discutió amablemente el precio de unos tomates. Más tarde dedicó varios minutos a comparar dos envases de detergente.

—Este está de oferta —dijo.

—Pero es más pequeño.

—Ya lo sé.

—Entonces no es una oferta tan buena.

—Por eso estoy mirando.

Clara suspiró.

—Llevamos aquí una eternidad.

—La economía doméstica exige paciencia.

—Y conocimientos matemáticos avanzados, por lo visto.

Su madre eligió finalmente uno de los envases.

—Perfecto. Ahora vamos a por el suavizante.

—Voy a necesitar vacaciones después de esto.

Elena comenzó a reír y Clara también.

Compraron fruta, pan y una pequeña caja de pasteles que su madre insistió en llevar para la merienda.

—Nos vamos a comer fuera —le recordó Clara.

—Precisamente. Los pasteles son para después.

—¿Cuánta comida piensas que podemos consumir?

—Toda la necesaria.

A mediodía se acercaron al restaurante pequeño al que solían ir con José Martín.

Elena se detuvo un momento en la entrada. Clara la miró.

—¿Estás bien?

—Sí, cariño.

Las acompañaron hasta una mesa junto a la ventana. En una de las paredes seguían colgadas varias fotografías antiguas de la ciudad.

Elena señaló un rincón.

—Tu padre siempre quería sentarse allí.

—Porque decía que desde aquella mesa veía la cocina.

—Y estaba convencido de que nos servirían antes.

Las dos sonrieron.

—¿Te acuerdas de cuando cumpliste dieciocho años? —preguntó Elena.

—Vinimos aquí. Papá pidió vino y yo dije que ya era mayor de edad.

—Y pusiste una cara horrible al probarlo.

—Estaba malísimo.

—Era un vino excelente.

—Pues tenía gustos muy raros.

Elena rio. Después bajó la mirada hacia la carta y por un instante pareció entristecerse.

Clara extendió la mano sobre la mesa.

—Le echas de menos.

—Todos los días.

—Yo también.

Se quedaron calladas un momento. Habían aprendido que recordar a José no siempre significaba llorar. A veces era reírse de sus manías, de aquella camiseta que Elena odiaba y de las reformas que nunca llegó a terminar.

—Estaría orgulloso de ti —repitió su madre.

—Eso me dijiste ayer.

—Porque es verdad todos los días.

Clara le apretó la mano.

La camarera regresó para tomar nota y la conversación continuó por caminos más ligeros: una excursión que querían hacer, una vecina con demasiada afición a aparcar mal y la posibilidad de pintar el comedor antes de Navidad.

Al salir, Elena se cogió del brazo de su hija.

—Gracias por venir.

—¿Por qué me das las gracias?

—Porque me ha gustado mucho este sábado.

Clara apoyó un instante la cabeza en su hombro.

—A mí también.

⸻

A las doce, Alejandro había llegado al hotel donde se celebraría la boda. Victoria conversaba con la organizadora frente a un plano del salón.

—Alejandro, pensaba que llegarías tarde.

Él se acercó y la besó.

—He llegado cinco minutos antes.

Victoria sonrió.

—Entonces siéntate. Tenemos algunas cosas que resolver.

Revisaron la distribución de las mesas, dos cambios en el alojamiento de los invitados y los horarios de la ceremonia. La organizadora ofrecía soluciones con una seguridad admirable, pero cada decisión parecía abrir otras tres.

—Mi madre cree que deberíamos acercar la mesa de los Aranda a la principal —comentó Victoria.

Alejandro miró el plano.

—¿No estaba cerrada esa distribución?

—Prácticamente. Pero hay un par de cambios que merece la pena estudiar.

Él asintió, aunque le costaba conceder a aquello la importancia que parecía tener para Victoria.

La reunión terminó una hora después. Salieron juntos y caminaron hasta un restaurante cercano.

—Estás distraído —dijo ella cuando se sentaron.

—Ha sido una semana complicada.

—Últimamente siempre tienes una semana complicada.

Alejandro dejó la carta.

—Victoria…

—No te lo digo como reproche. Pero a veces siento que estoy organizando todo esto prácticamente sola.

—Lo siento.

—No quiero que lo sientas. Quiero que participes.

Alejandro bajó la mirada. La organización de la boda había recaído principalmente sobre ella y no podía negarlo.

—Tienes razón. Debería implicarme más.

Victoria suspiró.

—No te estoy pidiendo que te apasionen las flores.

Él sonrió.

—Menos mal.

—Solo quiero sentir que estamos haciendo esto juntos.

Alejandro alargó la mano por encima de la mesa. Victoria la aceptó.

—Lo estamos haciendo juntos —dijo él—. Y voy a intentar estar más presente.

Ella sonrió ligeramente.

—Eso me gustaría.

El camarero se acercó y hablaron del menú, de sus familias y de un viaje que estaban pensando organizar después de la boda.

Poco a poco recuperaron aquella comodidad que había caracterizado su relación durante años. Sin embargo, cuando Victoria comenzó a enumerar los cambios que quería introducir en el viaje, Alejandro se descubrió preguntándose cuándo habían tomado juntos su última decisión sin que uno se limitara a aceptar la propuesta del otro.

No encontró una respuesta inmediata.

No dijo nada. No quería que una duda confusa se convirtiera en una acusación injusta contra la mujer con la que había decidido casarse.

⸻

Esa tarde, Clara se sentó junto a la ventana de su habitación con el cuaderno sobre las rodillas.




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