El martes, Clara llegó a Vidal Global con diez minutos de adelanto y una sensación extraña: por primera vez en semanas, no había repasado mentalmente todo lo que podía salir mal antes de cruzar la puerta.
Miguel levantó la cabeza desde el mostrador de seguridad.
—Buenos días. ¿Cómo va esa conquista del edificio?
—De momento, sigo necesitando la tarjeta para entrar.
—Entonces aún te queda trabajo.
Clara sonrió y se dirigió a los ascensores. La conversación con Recursos Humanos del día anterior no había resuelto su futuro, pero había cambiado algo más pequeño y quizá más importante. Ahora conocía las preguntas que debía hacer antes de aceptar nuevas responsabilidades. Y había descubierto que podía hacerlas en voz alta.
Cuando llegó a la planta treinta y dos, el despacho de Alejandro estaba vacío. Sobre la mesa de Clara había una carpeta que había dejado preparada el lunes: tareas habituales, incidencias recurrentes, contactos de proveedores y una columna nueva que había añadido aquella misma tarde, «responsable propuesto».
La abrió y comenzó a revisar las anotaciones. Durante cuatro años había resuelto muchas cosas porque sabía cómo resolverlas. No siempre porque fueran responsabilidad suya.
A las nueve, Alejandro apareció con el abrigo doblado sobre el brazo.
—Buenos días, Clara.
—Buenos días. Te he dejado el listado de tareas en la carpeta compartida. He distinguido lo que puede pasar a Administración de lo que aún necesita una decisión tuya.
—Lo miraré esta mañana.
Alejandro se detuvo un momento, como si fuera a añadir algo.
—¿Has desayunado?
—Sí. Con mi madre.
—Bien. Yo voy a prepararme un café antes de la primera llamada.
Clara agradeció que no hubiera convertido aquello en una broma ni en una ceremonia. Habían pasado demasiados años repitiendo gestos sin pensar en ellos. Era suficiente con que uno de esos gestos empezara a ser distinto.
—Hay otra cosa —dijo él—. Beatriz me ha escrito. Quiere que el inventario de funciones esté listo el jueves para empezar a estudiar la redistribución. No significa que se apruebe ese mismo día.
—Perfecto. Así podremos discutirlo con información delante.
—Y podremos hacerlo sin que tengas que quedarte después de tu jornada.
Clara levantó una ceja.
—Voy a anotarte esa frase por si se te olvida.
Alejandro rio.
—Me parece justo.
Lo vio entrar en su despacho y encendió el ordenador. La bandeja de entrada empezó a llenarse de mensajes. Entre ellos había uno de Elena Robles, enviado pocos minutos antes.
«Buenos días, Clara. Gracias por el trabajo de ayer. Cuando puedas, revisa el cuadro de riesgos con los comentarios de Tecnología. El proveedor sigue sin confirmar el volumen que necesitamos. No avances conclusiones como definitivas. A primera hora de la tarde quiero revisar contigo las preguntas pendientes para Operaciones».
Clara abrió el documento. Había tres comentarios nuevos y una cifra marcada en amarillo. No eran cambios grandes, pero afectaban a la viabilidad de una fase concreta del proyecto. Antes habría intentado resolverlos por su cuenta y entregar una versión impecable. Aquella mañana respondió con dos preguntas: quién debía validar la capacidad técnica y qué plazo razonable podía fijarse para recibir la confirmación.
Elena contestó casi enseguida.
«Bien visto. Que Tecnología asuma la validación. Tú coordina el seguimiento y deja visible el riesgo. Lo comentamos luego».
Clara leyó el mensaje dos veces. Coordinar no significaba cargar con todo. Parecía una diferencia sencilla. No estaba acostumbrada a que lo fuera.
***
A media mañana, Marta apareció con una expresión sospechosamente satisfecha.
—Tengo una noticia extraordinaria.
—¿El dentista ha descubierto que no tienes dientes?
—Mucho mejor. He sobrevivido. Y hoy puedes invitarme a comer, como prometiste.
Clara miró su agenda.
—Tenemos una hora.
—Una hora es prácticamente una escapada romántica con menú del día.
—Voy a empezar a preocuparme por tu manera de pedir comida.
Marta apoyó los codos sobre el borde de la mesa y bajó la voz.
—¿Estás bien de verdad? Ayer te vi contenta, pero también como si hubieras estado conteniendo la respiración toda la mañana.
Clara cerró el documento que tenía abierto.
—Estoy bien. La reunión fue mejor de lo que esperaba. Lo que me cuesta es creer que de verdad puedo pedir que me definan el trabajo antes de empezar a hacerlo.
—Eso no es pedir demasiado. Es pedir que dejen de aprovechar que siempre sabes arreglar las cosas.
—No creo que Alejandro haya querido aprovecharse de mí.
—No he dicho que lo hiciera a propósito.
Clara se quedó pensativa. Marta tenía esa forma de hablar que a veces la irritaba porque dejaba las respuestas incómodas en mitad de la conversación.
—Ya lo sé —admitió.
—¿Y Daniel? —preguntó su amiga—. ¿Hablasteis después del domingo?
—Me llamó anoche. Quería vernos y celebrar lo del trabajo. Le dije que estaba cansada y que no quería hacer planes para hoy sin saber cómo terminaría.
—¿Cómo se lo tomó?
—Primero dijo que últimamente era difícil encontrar un hueco conmigo. Luego se disculpó.
Marta no hizo el gesto de desaprobación que Clara esperaba. Se limitó a preguntar:
—¿Y tú qué quieres?
—No lo sé exactamente. Me gusta pasar tiempo con él. El domingo, con Bruno en el parque, estuvimos bien. Pero cada vez que digo que necesito una tarde para mí, parece que también tengo que explicar cuánto le quiero.
—Eso debe de ser agotador.
—Lo es. Y luego me siento injusta. Daniel tiene detalles muy bonitos conmigo.
—Puedes agradecer los detalles y seguir necesitando que te respete un no.
Clara tomó un bolígrafo de la mesa, lo hizo girar entre los dedos y lo dejó donde estaba.
—Me preocupa empezar a analizar cada frase suya. No quiero convertir nuestra relación en una prueba constante.