Demasiado Lejos De Ti

CAPÍTULO 49 — LO QUE NO PODEMOS CALLAR

El miércoles, Clara oyó reír a Alejandro antes de verlo.

La puerta de su despacho estaba abierta y él hablaba por teléfono. Tenía la chaqueta colgada del respaldo y las mangas de la camisa remangadas. Era una imagen tan conocida que Clara se preguntó por qué todavía conseguía alterarla.

—No, no voy a discutir contigo por una fotografía —decía él—. Si salgo con los ojos cerrados, será culpa del fotógrafo.

Colgó y levantó la vista. La sonrisa permaneció unos segundos más.

—Perdona. Mi hermana lleva una semana empeñada en organizar una foto familiar.

—Podrías practicar delante del espejo.

—¿Me estás diciendo que no sé salir bien en las fotografías?

—Estoy diciendo que sería una pena descubrirlo el día de la boda.

La palabra quedó suspendida entre los dos. Clara no había querido pronunciarla con aquella intención. Alejandro bajó los ojos hacia los papeles de la mesa.

—Seguramente —respondió.

Ella había ido a entregar una propuesta de reorganización de sus funciones. La dejó sobre el escritorio. Bastaron unos minutos para acordar que Administración asumiría parte de las tareas habituales y que Recursos Humanos revisaría el resto. Era importante para Clara, pero lo resolvieron sin convertirlo en otra reunión interminable.

—Has hecho un buen trabajo —dijo Alejandro.

—Lo sé.

Él alzó las cejas, sorprendido, y Clara sonrió.

—Antes habría dicho que no era para tanto. Estoy intentando dejar de hacerlo.

—Me alegro.

Clara recogió el bolígrafo. Alejandro parecía a punto de añadir algo, pero sonó su móvil. El nombre de Victoria iluminó la pantalla. Él lo miró sin cogerlo inmediatamente.

—Te dejo —dijo Clara.

—Clara.

Se volvió desde la puerta.

—¿Sí?

Alejandro tardó un instante en encontrar la frase.

—Espero que estés bien. Fuera del trabajo, quiero decir.

Había sido una pregunta sencilla. No sonó sencilla.

—Estoy intentando estarlo —contestó ella.

Él asintió. Ninguno dijo nada más.

***

A la hora de comer, Marta la encontró mirando el menú sin pasar de la primera página.

—O ese restaurante ha cometido un delito o estás pensando en alguien.

—¿No puedes saludar primero?

—Hola, Clara. ¿En qué estabas pensando, o era en alguien?

Clara soltó una carcajada que no consiguió ocultar el rubor.

—Alejandro me ha preguntado cómo estaba.

—Qué descarado. Hay que denunciarlo.

—Marta...

—Vale. Cuéntamelo bien.

Clara explicó el encuentro, la llamada de Victoria y la forma en que Alejandro había pronunciado su nombre. Su amiga escuchó sin interrumpirla.

—¿Y Daniel? —preguntó al final.

—El viernes cenaré con él.

—Eso ya lo sé. Te pregunto por Daniel, no por tu agenda.

Clara dejó el menú.

—Me gusta estar con él. Cuando se ríe, cuando me cuenta sus historias, cuando Bruno nos persigue por la casa... Hay momentos en que todo resulta fácil.

—¿Y cuando no?

—Siento que debo convencerlo de que quiero estar allí. A veces es una sensación pequeña; otras me cansa muchísimo.

Marta se inclinó hacia ella.

—No conviertas a Alejandro en la explicación de todo lo que te pasa con Daniel. Pero tampoco utilices a Daniel para demostrar que ya no sientes nada por Alejandro.

Clara no respondió. Aquella era precisamente la parte que llevaba semanas evitando.

—¿Crees que estoy siendo injusta?

—Creo que estás enamorada de alguien que no está disponible y saliendo con alguien que sí lo está. Es una situación difícil. Y se volverá peor si finges que no existe.

Clara miró por la ventana. En la acera de enfrente una pareja se besaba antes de separarse. Un gesto corriente, sin testigos importantes ni preguntas pendientes.

—A veces desearía que todo fuera tan sencillo —murmuró.

—No conozco a nadie que haya conseguido simplificar el amor a base de pensarlo mucho.

—Gracias por tu gran sabiduría.

—De nada. Ahora pide algo. Necesito una amiga alimentada para seguir siendo insoportable.

***

El jueves por la tarde, Daniel la llamó cuando ella salía del metro.

—Tengo una propuesta indecente —anunció.

—Me preocupa que la presentes así.

—Pasta, un postre que no he hecho yo y un paseo con un perro que cree que las farolas son obras de arte.

—Eso no es indecente. Eso es publicidad engañosa.

—El resto de la propuesta depende de cómo vaya la cena.

Clara sonrió de verdad. A Daniel se le daba bien hacerla reír cuando no intentaba averiguar qué significaba cada silencio.

—Me apetece verte mañana —dijo.

—A mí también.

—Pero el sábado quiero desayunar tranquilamente con mi madre.

—Entonces no secuestraré tu sábado. Ni siquiera para que Bruno te vea.

—Puedes mandar una fotografía.

—Bruno no firma cesiones de derechos de imagen.

Colgaron entre risas. Clara siguió andando con una ligereza que no sentía desde hacía días.

Al llegar a casa, encontró a Elena preparando una tortilla.

—Tienes cara de haber recibido buenas noticias.

—Daniel estaba haciendo el tonto por teléfono.

—Eso suele ser una buena noticia.

Clara se apoyó en la encimera.

—Mamá, ¿alguna vez quisiste a dos personas de maneras distintas?

Elena dejó el tenedor.

—Querer a dos personas no siempre significa querer una vida con las dos.

—No he dicho que las quiera.

—No hacía falta.

Clara bajó los ojos. Elena no insistió.

—Cuando conocí a tu padre, yo todavía estaba intentando convencerme de que mi relación anterior funcionaba —añadió—. Tardé en comprender que el cariño y las ganas de quedarse no son exactamente lo mismo.

—¿Y cómo lo supiste?

—Dejé de preguntarme a quién iba a decepcionar y me pregunté con quién podía ser yo.

Clara se quedó pensativa. Su madre deslizó un plato hacia ella.

—No pretendo resolverte la vida con una tortilla, cariño.




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