Demasiado Lejos De Ti

CAPÍTULO 50 — CUANDO TODO EMPIEZA A CAMBIAR

El sábado, Clara todavía estaba en pijama cuando sonó el timbre.

Su madre asomó la cabeza desde la cocina.

—Si es el cartero, dile que no vuelvo a aceptar paquetes de tu tía. La última vez me envió ocho tarros de mermelada.

—Eran seis.

—Los otros dos se los comió tu primo antes de llegar aquí.

Clara abrió la puerta esperando a un repartidor. En el rellano estaba Daniel, con una bolsa de papel en una mano y la correa de Bruno en la otra. El perro la reconoció al instante y se abalanzó hacia ella con entusiasmo.

—Buenos días —dijo Daniel—. Antes de que me eches, esto es una entrega a domicilio. Sin obligación de invitarme a entrar.

Le tendió la bolsa. Olía a cruasanes recién hechos.

—¿Has venido hasta aquí para traerme el desayuno?

—Bruno tenía una consulta urgente con una farola de tu calle y he aprovechado el desplazamiento.

—Qué casualidad.

—Extraordinaria.

Clara se echó a reír. El perro trató de entrar, convencido de que aquella visita le daba derecho a inspeccionar toda la casa.

—Bruno, tú no estás invitado —protestó Daniel, sujetándolo.

—¿Quién no está invitado? —preguntó Elena desde dentro.

Al descubrirlos, su rostro se iluminó.

—¡Daniel! Pasa, hombre.

Clara miró a su madre con una mezcla de cariño y resignación.

—Ha dicho que venía solo a dejar el desayuno.

—Y es verdad —intervino Daniel—. No quería interrumpir vuestros planes.

Elena observó las zapatillas de Clara, el abrigo de Daniel y la impaciencia de Bruno.

—Entonces tendréis que prometerme que un día venís los dos a comer. Y el perro también, si aprende a no llevarse las servilletas.

Bruno movió la cola, aparentemente dispuesto a aceptar cualquier condición.

Daniel miró a Clara, no a Elena, antes de responder.

—Si a Clara le apetece, encantado.

A ella le gustó que lo hiciera. No era una gran declaración ni resolvía sus dudas, pero sí demostraba que había escuchado lo que hablaron la noche anterior.

—Me apetece —dijo—. Ya buscaremos un día.

Él sonrió y se inclinó para besarla. Fue un beso breve, cálido, de esos que pueden darse en un rellano sin necesidad de fingir que no significan nada.

Cuando se marchó, Clara permaneció un segundo con la mano sobre el pomo.

—Es un buen chico —comentó Elena, a su espalda.

—Lo sé.

—Y los cruasanes huelen estupendamente.

—Mamá.

—¿Qué? Una cosa no quita la otra.

Desayunaron juntas. Clara le contó lo divertido que había sido el paseo con Bruno y cómo Daniel había recordado un detalle insignificante sobre la salsa de tomate. No habló de Alejandro. Por una vez quiso concederle a la noche anterior el derecho a existir por sí misma.

***

Alejandro apenas había dormido.

Oyó a Victoria moverse en la cocina antes de levantarse. La encontró junto a la ventana, con una taza entre las manos y los ojos cansados. Sobre la mesa estaban las invitaciones que habían estado eligiendo el jueves. Ninguno las había recogido.

—Buenos días —dijo él.

—No sé si tienen algo de buenos.

Alejandro aceptó la respuesta y se sirvió café. Quiso acercarse, pero comprendió que no podía actuar como si una noche de sueño hubiera borrado la conversación del restaurante.

—Dijiste que hoy hablaríamos —recordó Victoria.

—Estoy aquí.

—Eso espero.

Ella se sentó frente a él.

—He pasado la noche pensando en lo que me dijiste. En que hay alguien en quien piensas más de lo que deberías.

Alejandro no apartó la mirada.

—Lo sé.

—¿Es alguien de tu trabajo?

La pregunta lo sorprendió por su precisión. Podía haber intentado esquivarla, pero ya había hecho suficiente daño con las medias respuestas.

—Sí.

Victoria cerró los ojos un instante.

—¿Lo sabe esa persona?

—No.

—¿Ha pasado algo entre vosotros?

—No. Nunca.

—¿Y estás enamorado?

Alejandro se quedó inmóvil. Había palabras que todavía no se atrevía a pronunciar ni a solas. Sin embargo, el silencio se había convertido en una forma de respuesta que Victoria ya conocía demasiado bien.

—Siento algo que no he sabido manejar —dijo—. Y sería injusto asegurarte que no importa.

Victoria dejó la taza con cuidado.

—¿Desde cuándo?

—No podría decirte una fecha.

—Eso significa que llevas tiempo llegando a casa y sentándote conmigo mientras tenías a otra persona en la cabeza.

—Sí.

La franqueza no alivió el dolor; al contrario, hizo que por fin adquiriera una forma concreta.

—¿La has comparado conmigo? —preguntó Victoria.

—No quiero que pienses que esto tiene que ver con algo que te falta.

—No te he preguntado eso.

Alejandro se pasó una mano por el pelo.

—He pensado en lo que siento cuando estoy con ella. También he pensado en lo que hemos dejado de sentir nosotros. Y me avergüenza haber tardado tanto en hablarte.

Victoria se levantó y caminó hasta la encimera. Tardó varios segundos en volver.

—Llevo meses creyendo que era el estrés de la boda. Que estabas cansado, que necesitabas vacaciones, que después de octubre volveríamos a ser los de antes. Hasta llegué a pensar que el problema era yo, que estaba demasiado pendiente de los preparativos.

—Victoria...

—Déjame terminar. No quiero que me pidas perdón cada vez que te digo algo. Quiero que lo escuches.

Él asintió.

—Yo también he dejado de preguntarme si éramos felices —continuó ella—. Era más sencillo reservar un hotel, elegir un menú y discutir por las mesas. Todo parecía avanzar y yo confundí ese movimiento con estar bien.

Alejandro sintió que las palabras de Victoria abrían una herida que no dependía únicamente de Clara. Se habían ido alejando mucho antes de que él fuera capaz de reconocerlo.

—¿Qué quieres hacer? —preguntó.

Victoria miró las invitaciones.

—Hoy no quiero decidir si me caso contigo. No sería una decisión libre, sería una respuesta al miedo. Me iré unos días con mi hermana y hablaremos el martes. Mientras tanto, no confirmaremos nada nuevo de la boda.




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