Demasiado tarde... O tal vez no.

Demasiado tarde... o tal vez no.

No sabía si lo que iba a hacer me convertiría en la definición perfecta de idiota según la RAE. Pero ya lo había decidido. Tenía que hacerlo.
El corazón estaba en mi garganta, amenazando con escaparse por la boca, y mis pies parecían atornillados al suelo. ¿Estaba respirando siquiera? No tenía la menor idea.
Y mis ojos… mis ojos me castigaban, porque no dejaban de mirar ese lugar que, para cualquiera, no era más que una casa común. Pero para mí se había convertido en la torre del dragón que mantenía confinada a mi princesa.
—Vamos, Lucas —me recriminé en voz baja—. Ya estás aquí. Solo da un paso más.
Antes pensaba que mis pies estaban atornillados al suelo. Ahora estoy seguro de algo peor: son las mismas cadenas del infierno las que me están arrastrando hacia adelante.

Empecé a trepar por las ramas del árbol junto a la casa. No era la primera vez que lo hacía. De hecho, después de tantos años ya sabía exactamente dónde poner cada pie para no caerme como un idiota.
El tic-tac de mi reloj de pulsera me estaba volviendo loco. Cada segundo caía como un martillazo en mi cabeza, haciendo dueto con los latidos de mi corazón para ver cuál de los dos me mataba primero.
Bajé la mirada hacia la muñeca, intentando ignorarlo.
12:00 a.m.
No sabía si ella seguiría despierta.
Me impulsé hasta el balcón que daba acceso a su ventana y, al levantar la vista, noté que la luz de su mesa de noche estaba encendida. En ese instante mi corazón empezó a golpearme las costillas como si quisiera escapar, y mis manos comenzaron a sudar.
Tomé una gran bocanada de aire, reuní todo el valor que me quedaba… y finalmente toqué la ventana.
Ahora solo quedaba esperar.
El tiempo avanzó. Quizás solo un par de segundos, pero ese silencio momentáneo abrió las puertas a mis mil dudas. Para cuando me di cuenta, ya era demasiado tarde para echarme atrás.
Finalmente la ventana se abrió y mis pensamientos se desordenaron por completo. Una oleada de calor me inundó las mejillas al verla frente a mí, con su pijama de ositos que la hacía ver tan tierna y esos dulces ojos color miel todavía adormilados.
—Lucas… —susurró ella, acompañando su voz con un bostezo—. ¿Qué haces aquí a esta hora? Mañana tienes que irte muy temprano.
—Sí, Chris… lo sé.
Por un momento ninguno de los dos dijo nada.
Yo había venido hasta aquí para decirle algo importante. Algo que llevaba años atorado en mi garganta… y ahora que finalmente la tenía frente a mí, las palabras parecían haberse escondido en algún lugar de mi cerebro.
Abrí la boca.
Nada.
La cerré otra vez.
Genial, Lucas. Justo ahora decides quedarte sin idioma.
—¿Lucas? —preguntó ella, inclinando un poco la cabeza.
Tragué saliva.
—Yo… vine porque…
Y entonces me detuve.
Cerré los ojos un segundo. Solo eso. Sabía que mis nervios eran evidentes; Christina me conoce desde que éramos niños.
—¿Puedo pasar? —pregunté, intentando calmar el temblor en mi voz.
—Sí…
Ella se hizo a un lado y me dejó entrar a su habitación, tan ordenadita como siempre. En cuanto crucé la ventana, mil recuerdos me golpearon al mismo tiempo: risas, tardes interminables hablando de nada, secretos compartidos en voz baja. Una oleada que, de alguna manera, terminó dándome el valor que me faltaba.
—Lucas… estás actuando extraño. ¿Estás bien?
Su voz dulce me hipnotizó por un segundo, y me quedé embobado viendo sus labios moverse mientras hablaba.
Entonces, un chispazo de claridad atravesó mi mente y, por un momento, todos los nervios desaparecieron.
—Christina… mañana me voy a ir muy lejos. Pero antes de eso yo…
Me quedé en silencio un instante, ordenando las palabras que estaban a punto de escapar de mi boca.
—Yo… bueno… este… no vine solo a despedirme.
Genial, Lucas. Qué genio eres. Seguro te darán un premio por esa excelente introducción.
Tragué saliva, obligando a mis cuerdas vocales a escupir de una vez las palabras que había venido a decir.
—Lo que quiero decir es que… —hice una pausa, sintiendo cómo el corazón volvía a golpearme el pecho— llevo años queriendo decirte algo.
Otra pausa.
Me detuve de golpe.
Perfecto. Ahora sí que sonaba como un completo idiota.
Suspiré y me pasé una mano por el cabello.
—Olvida todo eso —murmuré—. Lo que intento decir es que… creo que llevo demasiado tiempo enamorado de ti.
Vi sus ojos adormilados abrirse de par en par. Un segundo después soltó una risa, ligera, casi burlona.
—Lucas… ¿solo viniste a hacerme una última broma antes de irte? —dijo entre risas.
Durante un instante no supe qué hacer.
Había pasado años imaginando su reacción: sorpresa, silencio, tal vez incomodidad… pero nunca esto.
Curiosamente, después de decirlo en voz alta me sentía más valiente que nunca.
—Christina, mírame a los ojos.
Su risa se apagó poco a poco. Me miró fijamente, y yo le sostuve la mirada sin apartarla ni un segundo.
—Estoy enamorado de ti.
El silencio se apoderó de la habitación.
La expresión en su rostro cambió por completo. La risa desapareció y en su lugar quedó algo distinto… confusión, tal vez incredulidad.
—Te comprendo… no esperabas que saliera con esto, pero—
Christina dio un paso hacia mí.
Y entonces me golpeó.
No pude terminar la frase.
La bofetada llegó a mi mejilla antes de que pudiera decir una palabra más.
Giré el rostro por el golpe y, cuando volví a mirarla, vi algo que no esperaba.
Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
Aún estaba procesando el golpe, sintiendo un ligero ardor en la mejilla. No sabía exactamente qué acababa de ocurrir, pero lo más seguro era que mi foto podría aparecer perfectamente en una enciclopedia bajo la definición de idiota.
Entonces su dulce voz me sacó de mis torpes pensamientos.
—¡Eres un idiota, Lucas!
Confirmando mis sospechas.
Sí, definitivamente soy un idiota.
Su voz temblaba, pero no parecía rabia. Era algo distinto… algo más frágil.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó de repente.
Parpadeé un momento. Mi cerebro estaba demasiado frito como para procesar esa pregunta de inmediato.
—Chris… yo… —hice una pausa—. Lo noté hace dos años.
Mi confesión llenó la habitación con un silencio abrumador. No entendía cómo todo había terminado así.
Entonces su voz, quebrada y ligeramente sarcástica, volvió a escucharse.
—Lo peor de todo… es que yo también soy una idiota.
Mi confusión no hacía más que crecer con cada palabra que salía de su boca.
—Chris, yo no—
—¡Claro que sí! —me interrumpió—. Porque yo también estuve enamorada de ti.
Por un momento, el único sonido en la habitación fue el canto lejano de un grillo.
Espera… ¿qué?
¿Dijo que estuvo enamorada de mí?
Aún sin entender del todo lo que estaba pasando, ella continuó.
—Durante años, Lucas.
Bajó la mirada.
—Pero tú nunca dijiste nada… y yo pensé que solo me veías como tu amiga.
Se le escapó una pequeña risa sin humor.
—Así que hace unos días decidí algo.
Volvió a mirarme.
—Decidí que tenía que olvidarme de ti.
Sus ojos se llenaron de lágrimas otra vez.
—Y ahora vienes aquí, a medianoche, trepando por mi ventana como siempre… y me dices que estás enamorado de mí.
Su voz se quebró un poco.
—¿Te parece justo eso?
Su pregunta quedó suspendida en el aire por unos segundos. Yo no sabía qué responder con certeza, hasta que mi cerebro terminó de reiniciarse.
Ella tenía razón. Esa verdad era innegable. Pero no me rendiría tan fácil; no había venido hasta aquí solo para decirle que la amo.
—No… —murmuré finalmente—. Para nada es justo.
Christina me miró fijamente, frunciendo el ceño, como tratando de entender mi respuesta.
—Pero tampoco es justo para mí… mañana me voy.
Hice una pausa, eligiendo bien mis palabras.
—Así que… no quiero vivir arrepintiéndome.
Mis ojos se clavaron directamente en los suyos.
—Christina, yo te amo.
Mis manos se cerraron con nerviosismo.
—Durante años me convencí de que era mejor no arriesgar nuestra amistad. Pensé que si decía algo… podía perderte.
Solté una pequeña risa amarga.
—Llevo días ensayando cómo decirte esto.
Di un paso hacia ella.
—Al final resulta que igual voy a perderte por cinco años.
Sus ojos brillaron con lágrimas.
—Chris… no vine a pedirte que me esperes.
Ella levantó la mirada, sorprendida.
—Cinco años es demasiado tiempo para pedirle algo así a alguien.
El silencio volvió a envolver la habitación.
—Solo… —hice una pequeña pausa— quería que supieras la verdad antes de irme.
Entonces Christina dio un paso hacia mí, y antes de que pudiera decir otra palabra sus brazos se enrollaron alrededor de mi cuerpo.
Un abrazo fuerte. Desesperado. Como intentando retenerme.
Apoyó su frente en mi pecho, y sentí la humedad de sus lágrimas mojar mi suéter.
—Idiota —murmuró contra mi pecho.
—Sí… supongo que lo soy.
Sonreí mientras la rodeaba con mis brazos.
No supe cuánto tiempo estuvimos así, pero ese momento, donde nos fusionamos en ese abrazo, se sintió mucho más corto de lo que habría deseado. Quería quedarme allí para siempre.
—¿Volverás? —preguntó ella.
La pregunta me tomó por sorpresa.
—Claro que sí.
—Entonces… —susurró— vuelve a buscarme cuando regreses.
Mi corazón dio un salto dentro del pecho.
—¿Eso significa que…?
Christina levantó la cabeza y me miró con esos ojos color miel que siempre habían sido mi debilidad.
—Significa que si dentro de cinco años todavía sientes lo mismo…
Sus labios se curvaron en una pequeña sonrisa.
—Entonces podremos empezar desde donde debimos hacerlo hace mucho tiempo.
La abracé un poco más fuerte.
Porque mañana me iría…
pero por primera vez en mucho tiempo sabía exactamente
a qué ventana quería volver dentro de cinco años.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.