Joaquín estaba detrás del colegio, en un lugar bien apartado de todo. A duras penas llegaban las voces de los alumnos que gritaban en las canchas; él se encontraba con una chica que parecía muy nerviosa. Mientras ella evitaba su mirada, él apoyaba la espalda en la pared, sintiendo un déjà vu en su mente. Trató de verla a los ojos, pero ella desvió la vista de inmediato, dominada por la vergüenza de tenerlo cerca. Él suspiró como si ya supiera lo que se aproximaba y miró el cielo en busca de inspiración.
—Y-y-y-yo quería decirte algo —balbuceó la chica.
Él asintió con un simple movimiento de cabeza.
—¡Me pareces muy lindo y a-a-ami me gustas! —terminó de decir, con la voz entrecortada.
Justo en ese momento, el ambiente se vio interrumpido por la llegada de Alma, que gritaba su nombre. Al ver la situación, se quedó en silencio y se retiró como si nunca hubiera aparecido.
—Gracias por lo que me dices, pero yo no siento lo mismo. Perdón —dijo Joaquín con calma.
—Está bien, no importa. No te preocupes por mí —respondió ella, aunque su voz se notaba quebrada. Se había ilusionado mucho con la idea de que él le daría una oportunidad. Comenzó a llorar y se fue a pasos rápidos. Él la vio alejarse, suspiró y se quedó unos segundos hasta que ella ya no era visible, luego se fue también. Al salir, se topó con Alma, que lo esperaba.
—Otra chica que rechazas. ¿Por qué no le das a alguien una oportunidad de conocerte? ¿O por qué no te das la oportunidad a ti mismo de conocer a alguien? —preguntó ella.
—No quiero hacerlo, estoy bien solo —respondió él.
—A mí me gustaría verte con alguien de la mano. No va a pasar lo mismo que les pasó a tus padres; cada persona es un mundo distinto, tonto.
—Me conformo con estar solo contigo —dijo Joaquín, acariciándole la cabeza y regalándole su mejor sonrisa. La presencia de ella lo hacía sentir bien y le permitía mostrar su verdadera personalidad.
—Yo también algún día voy a encontrar a alguien. Vamos, te invito a tomar algo para que no te sientas mal.
—Yo estoy bien.
—Yo sé que en el fondo estás arrepentido de haber rechazado a una chica tan linda como ella.
Isabella caminaba hacia su casa y, cada vez que giraba la cabeza, veía una pareja. Era como si todos se hubieran puesto de acuerdo para molestarla. Frustrada, aceleró el paso.
Al llegar a su casa, todo era un caos, pero ella ya estaba acostumbrada. Era la única hija de ocho hermanos; cinco aún vivían en casa. El hogar no era para nada lujoso y era pequeño para la cantidad de personas que lo habitaban, pero ella era feliz. Era la única mujer del hogar —aparte de su madre y su sobrina— que no compartía cuarto con nadie.
Agotada, salió al patio para tomar aire fresco y repasar su día, creando escenarios ficticios donde se cumpliera el pequeño sueño de su corazón. Giraba la cabeza hacia la pared que dividía las dos casas y vio a alguien asomándose. Se asustó y se inclinó hacia atrás buscando algún objeto para defenderse, pero todos sus temores desaparecieron al oír la voz:
—Hola prima.
—¡Qué susto me diste, Alma!
Ella se rió mientras se subía a la pared para bajarse al patio de Isabella. Una vez en el suelo, se sentó al lado de ella.
—Hoy a Joaquín se le confesaron dos chicas —comenzó Alma.
—Parece que él tiene las cosas fáciles. Seguro que las rechazó —dijo Isabella.
—Sí, como siempre. Es costumbre en él: no se toma tiempo ni para pensar, una vez que terminan de hablar les dice que no, como si estuviera en automático. ¿No quieres confesarte tú?
—¡¿QUÉ?! No, no me gusta. No me agrada su actitud de sobrante, aunque parece que a las chicas les gusta eso. No sé por qué.
—¿Y tú no tuviste ningún avance con nadie?
—No, todos piensan que me gustan las mujeres.
Ella se rió mientras escuchaba esas palabras. La madre de Isabella salió al patio, interrumpiendo la conversación:
—Hola, tía —saludó Alma.
—Hola, mi amor. Te busca tu madre; me dijo que te escapaste de casa porque no querías cocinar.
Alma se puso de pie.
—Piensa en lo que te dije, prima —le dijo antes de irse, escoltada por su tía hacia la salida.
Isabella se quedó en silencio, pensando a qué se refería con esas palabras. Jamás se le había cruzado por la cabeza confesarse a Joaquín; más bien, le parecía absurda la idea. Se reía mientras se imaginaba tal escena.
Alex M. Martínez.