Dentro De La Máscara De Papel.

Mi Primer Beso. Parte. — 3.

Joaquín caminaba hacia el colegio acompañado de su pequeña hermana, quien miraba a su alrededor con rabia en los ojos.
—Hay muchas chicas aquí —dijo ella.
—No te preocupes, él rechaza a todas las que se le declaran. Parece como si lo hubieras entrenado —respondió Alma, que se les apareció de repente.
—Hola, Alma —saludó la niña, cambiando de actitud de inmediato. Se acercó hasta ella y la abrazó.
—¿Cómo estás? ¿Es tu primer día en secundaria, verdad? —preguntó Alma.
—¿Cómo que muchas chicas se le declararon? —insistió la pequeña, ignorando la pregunta.
—No importa, él las rechazó a todas. Puedes estar tranquila.
—¡Quiero saber!
—Pero qué linda te ves enojada. ¿No es tierna tu hermana? —preguntó Alma a Joaquín.
Llegaron hasta la entrada del colegio; todo estaba muy animado, el ambiente rebosaba de comentarios al azar. Una chica se paró tímidamente frente a Joaquín, con una carta en la mano que no le daba vergüenza mostrar. Intentó hablar, pero fue interrumpida por la hermana de él, que lo tomó del brazo para alejarlo. No le importó nada la situación y se lo llevó del lugar, pero antes de alejarse tomó la carta de la muchacha, mostrando una sonrisa brillosa.
—¿Qué haces, Viole? —preguntó Joaquín.
—No voy a dejar que ninguna de estas chicas fáciles se te acerque. Son todas lujuriosas.
—¿Lujuriosas? ¿Dónde aprendiste esa palabra?
—No te importa. ¡Dame la carta, ahora!
—Lo siento, pero no.
Su hermana se enfureció demasiado; la ira se reflejaba en su rostro. Él, con una sonrisa, la abrazó y le dio un pequeño beso en la cabeza.
—Eres un idiota. Ahora me acompañarás hasta mi curso.
Él aceptó el capricho de su pequeña hermana sin pensarlo dos veces.
Isabella estaba en la hora de gimnasia. Destacaba en cualquier deporte, era muy atlética —desde pequeña siempre había jugado con varones y sus hermanos— y era popular entre la mayoría de sus compañeros, tanto chicas como chicos. Pero no de la manera que ella quería serlo: nunca estuvo cerca de que alguien le dijera que era linda, ni con palabras prestadas llegó a sentirlo. Solo su numerosa familia se lo decía, aunque eso no le bastaba para sentirse segura de sí misma.
Luego de la gimnasia, todas se fueron a cambiar para terminar el día. Isabella caminaba junto a Rocío y Carla cuando un chico se paró frente a ellas. Ninguna se sintió incómoda, solo la curiosidad las alertaba: querían saber qué necesitaba.
—¿Isabella podemos hablar?
—¿Claro, de qué?
—Necesito decirte algo importante, quiero que estemos solo nosotros dos.
Las ideas irreales comenzaron a apoderarse de ella en un instante; la curiosidad la dominaba y creaba diferentes situaciones para saciar la gigante intriga que se había generado.
—Mañana en la hora del almuerzo nos vemos detrás del colegio, quiero decírtelo ahí.
—Espera, ¿por qué no ahora?
—Mañana será más cómodo. ¿Sí?
Ella asintió con un movimiento brusco de cabeza y el chico se fue. Una sonrisa traviesa apareció en su rostro; las ideas de una confesión no se hicieron esperar.
—¿No será que él se te va a confesar, Isa?
—Rocío, no le des tan…
—¿Verdad que sí? Puede que mañana sea mi gran día.
—Chicas, no cre…
Carla no logró terminar su oración, porque Isabella y Rocío saltaban de alegría. La tomaron de la mano y la hicieron saltar junto a ellas.
Todas juntas entraron en el vestuario para cambiarse e irse a casa. Estaban alborotadas por las palabras del chico; debatían a gritos, tratando de convencerse de que sería una confesión. Su imaginación se vio interrumpida con el fuerte cierre de un casillero.
—¡Callense! ¿En serio crees que se te van a confesar? Nadie en su sano juicio diría que le gustas, eres un varón más en este colegio —dijo Paula, acercándose a ellas.
—¿Y a ti qué te importa lo que pase mañana, Paula? —replicó Rocío.
—No te metas en nuestra conversación.
—Cállate, Rocío. No defiendas algo irreal. Fíjate cómo se viste, Dios. Mira cómo caminas, cómo te sientas, cómo hablas… Nadie se atrevería a confesar lo que siente por ti, porque a nadie le pasa lo que piensas, tonta.
Ella seguía atacándola con sus palabras, sin dejar espacio al silencio. Isabella solo apretaba el puño con ira; cada frase que escuchaba era una puñalada en su corazón que la destrozaba. No podía hacer nada más que observar. Paula se calló al oír un ruido: el tacho de basura se había movido porque Joaquín se había tropezado. Ella se alejó rápidamente, sintiendo que él había escuchado todo. Isabella tomó sus cosas y salió caminando rápido.
—No necesitaba tu ayuda, Joaquín —dijo al pasar junto a él.
Él vio que sus ojos estaban cristalizados, que estaba al borde del llanto. Solo pudo ser un espectador sin derecho de intervenir.
Las tres caminaban afuera del colegio en silencio; no podían decir nada ante una situación tan delicada.
—¿Creen que me ilusioné demasiado? ¿Piensan que él se confesará mañana? Solo de ustedes aceptaría la realidad —preguntó Isabella.
—Creo que él no va a confesarse, estás mezclando las cosas, Isa —dijo Carla con dolor, tratando de hacerla volver a la realidad.
—Yo pienso que sí, eres muy linda y tienes una personalidad maravillosa —apoyó Rocío.
—Gracias.
—Vamos a comer algo, estómago lleno, corazón contento.
—No creo que sea así el refrán, Rocío —comentó Carla.
Alex M. Martinez.




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