Dentro De La Máscara De Papel.

Mi Primer Beso. Parte. — 4.

Al día siguiente, Isabella no podía dejar de creer que aquel chico la confesaría. Por más que tratara de evitarlo, la ilusión estaba presente: quería conocer a alguien que la aceptara tal como era, sin prejuicios. Sus horas pasaron en un mundo imaginario, pensando cada minuto en lo que podría suceder, preparándose para su primer paso. Había creado el guión perfecto para cualquier situación; hoy al fin era la protagonista de su propia historia.
Al llegar la hora del almuerzo, todo el mundo salió entusiasmado para aliviar la mañana. Isabella salió con velocidad hacia el lugar indicado, llevando consigo su almuerzo para compartirlo con él. Se había entregado por completo a esa ilusión que le regalaba sonrisas, y al llegar vio que él ya estaba allí, parado en la pared. Tomó aire y se acercó despacio, tratando de verse más femenina de lo habitual.
—Perdón por llegar tarde, ¿Esperaste mucho? —preguntó ella.
—No te preocupes, acabo de llegar —respondió él.
Los dos se quedaron en silencio, mirando hacia direcciones diferentes, dominados por los nervios.
—Tenías algo que decirme, ¿verdad? —preguntó Isabella.
—S-Si, me da un poco de vergüenza decirlo —balbuceó el chico.
—No te preocupes, yo estoy igual —la tranquilizó ella, aunque su propia voz temblaba.
—¡Yo... Emm... A mí me gusta Alma! —terminó de decir, y Isabella sintió cómo se desvanecían todas sus esperanzas en un instante. Quedó en silencio; sabía que algo no iba bien, pero quería mantener la ilusión viva por si acaso.
—Se que eres su prima y quería preguntarte si podrías ayudarme —continuó el chico—, es muy linda y en serio me gusta. ¿Me darías una mano?
Ella memorizó las palabras, pero no estaba presente en el momento; la palabra equivocada resonaba en su cabeza, haciendo ruido. Se sintió sumamente triste, pero la ira la venció al darse cuenta de que se había ilusionado de nuevo.
—¿Me ayudarías? —insistió el chico.
—¿Eh? S-Si, claro, ¿por qué no? —respondió ella, aunque no quería hacerlo.
—¡Gracias! —exclamó él, abrazándola y dándole las gracias. Ese momento marcó un punto de quiebre en ella: se detuvo, suspiró y se quedó unos segundos hasta que él se alejó, luego salió corriendo. Al llegar a la salida, se topó con Joaquín, que la esperaba.
—Otra vez te ilusionaste, ¿verdad? —preguntó él.
—No quiero hablar de ello, estoy bien sola —respondió ella.
—A mí me gustaría verte con alguien que te aprecie tal como eres. No tienes que cambiar por nadie; cada persona es distinta, tonta.
—Me conformo con estar así —dijo Isabella, mientras él la acariciaba la cabeza y le regalaba una sonrisa. Su presencia la hacía sentir bien y le permitía mostrar su verdadera personalidad.
—Yo también encontraré a alguien algún día. Vamos, te invito a comer algo para que te sientas mejor.
—Estoy bien.
—Yo sé que en el fondo esperabas que fuera diferente.
Isabella caminaba hacia su escondite habitual y, cada vez que giraba la cabeza, veía parejas por todas partes. Era como si todos se hubieran puesto de acuerdo para molestarla. Frustrada, aceleró el paso hasta llegar a su árbol favorito, donde se sentó para tomar aire fresco y repasar su día, creando escenarios ficticios donde su sueño se cumpliera. Giraba la cabeza y vio a alguien asomándose por la pared divisoria; se asustó y se inclinó hacia atrás buscando algo para defenderse, pero sus temores desaparecieron al oír la voz:
—Hola, Isabella.
—¡Qué susto me diste, Joaquín!
Él se rió mientras bajaba de la pared para sentarse al lado de ella.
—Vi que estabas triste, vine a ver cómo te sentías —comenzó él.
—Parece que la suerte no está de mi lado, seguro que todos se ríen de mí —dijo ella.
—No es así, solo tienes que encontrar a alguien que te valore tal como eres. ¿Y tú no has encontrado a nadie?
—¡¿Qué?! No, no me gusta pensar en eso. No me agrada la idea de abrirme y luego ser rechazada, aunque parece que a otros les gusta jugar con eso. No sé por qué.
—¿Y no has tenido ningún avance con nadie?
—No, todos piensan que no soy suficiente.
Él se rió mientras escuchaba sus palabras. La madre de Isabella salió al patio, interrumpiendo la conversación:
—Hola, Joaquín —saludó ella.
—Hola, señora. Me dijo que Isabella estaba aquí —respondió él.
Ella se puso de pie.
—Ten cuidado con lo que deseas, hija —le dijo su madre antes de regresar a la casa. Isabella se quedó en silencio, pensando en las palabras de su madre. Jamás se le había cruzado la idea de que alguien la quisiera realmente; más bien, le parecía imposible, se reía mientras se imaginaba tal cosa.
Alex M. Martínez.




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